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Las denominadas “súper bandas” llegaron hace algunos años y lo hicieron para quedarse. Entre los casos exitosos está el debut de “Chickenfoot” (agrupación conformada por Sammy Hagar de ‘Van Halen’, Chad Smith de ‘Red Hot Chili Peppers’ y el virtuoso guitarrista Joe Satriani), derrochando Hard Rock y mucha energía en su primer trabajo. “Them Crooked Vultures” es otro ejemplo de calidad, donde Josh Homme (‘Queen Of The Stone Age’) se une a su amigo Dave Grohl (‘Nirvana’ y ‘Foo Fighters’), e invitan a John Paul Jones de Led Zeppelin y al chileno Alain Johannes, para sacar un disco que rompía cabezas el año 2009, destrozando toda clase de arquetipos musicales.

En esos casos de éxito está el primer disco de “The Winery Dogs”, donde Mike Portnoy (‘Dream Theater’) se reúne el año 2012 con Richie Kotzen y Billy Sheehan (ambos ex ‘Mr. Big’), reunión que trajo consigo un disco lleno de metal, hard rock y mucha técnica, una especie de clínica de rock en trece tracks.

Este nuevo material repasa la fórmula y sazona la olla con nuevos ingredientes que dejan con gusto a poco.

“Oblivion” se la entregan a Mike Portnoy para su divertimento personal sobre su batería, mientras Richie Kotzen se entretiene haciendo gala de su calidad vocal, seguido de manera grandiosa por líneas de bajo intensas de parte de Sheehan. Un gran comienzo.

“Captain Love” retoma la senda del primer disco, conservando el buen gusto, pero a un nivel un tanto menor al primer track. “Hot Streak” es la primera bofetada funk, que rompe el matiz rocanrolero y nos advierte lo que se viene: “How Long”, otra con un marcado bajo funkero, al igual que su seguidora, “Empire”, que refuerza quizás una tendencia compositora. Saque sus propias deducciones.

Antes de que uno se haga una falsa idea del disco, “Fire” se encarga de sopesar todo con un aire fresco, desenchufado, sensible y delicado. Llena el ambiente con arreglos que jamás esperé oír en tipos con apariencia de rudos (como el sonido de un palo de agua de fondo) y algunos solos de guitarra acústica. Es un tema digno de escuchar frente al mar en la terraza de algún hotel. Sin duda, dará vueltas en tu cabeza por un tiempo. Recomendadísima.

“Ghost Town” es otra salida más de la olla luego de mirar la receta. Buena, pero simple. Mismo caso: “The Bridge”, que no escatima en capacidad interpretativa de cada uno de los integrantes, pero descansa en aquello. “War Machine” vuelve a impactar con los quiebres propios del funk que podríamos deducir que provienen de manos de Richi Kotzen (su pasado lo condena).

En “Spiral” nuevamente la receta se queda en casa, donde la intervención de nuevos elementos a la composición y los arreglos, entregan una interesante mezcla electrónica. Una sola crítica: el coro a ratos rememora ínfimamente partes de “We are one”, uno de los cortes conocidos del primer disco. ¿Auto plagio? Aún así es una interesante canción.

“Devil you know” nos devuelve a la velocidad, la fuerza y el hard rock, dando paso a “Think it over”, que entrega pistas de una búsqueda por agradar, sorprender y pisotear la fórmula secreta, quizás para no cansar. El disco cierra con “The Lamb”, con prometedor comienzo, pero presumiendo inocencia y alegando perdón.

Raya para la suma: resta. Porque si bien no es un mal disco, sus matices son lo más agradable y la formula funciona cuando se sigue al pie de la letra. Redunda en lo “funk”, resintiéndolo gravemente, y hace preguntarse si hay obsesión en insertar el estilo, o si faltó tiempo para dedicar a lo innovador, donde el disco promete y encanta.

La saga continúa con dudas y esperanzas; Promesas y rencores. ¿Será momento para que “The Winery Dogs” se reformule, saliéndose de la formula? ¿Habrá que esperar una tercera parte que despeje estas dudas? Un disco que siembra dudas, pero confirmando que material hay. Es hora de que los perros se pongan a olfatear la bodega, quizás encuentren más en este yacimiento rockero que aún puede ser explotado.

Esta historia… ¿continuará?