París, la Ciudad Luz, ha sido sacudida por una serie de atentados terroristas protagonizados por el islamismo radical. Espanto, miedo y desolación por un acto criminal injustificable cuyas víctimas son, como siempre, ciudadanos inocentes una noche de viernes… Los autores están inspirados en otro mundo muy distante de la capital francesa, este viento de muerte viene de las cálidas arenas del desierto de Iraq y Siria. Así, mientras el presidente de Francia dispone decretos y fuerzas de seguridad de la República, los terroristas reivindican alguna Sura del Corán como fundamento de su acción. París, la Capital de la Modernidad, debe confrontar a fanáticos provenientes de otro espacio y de otro tiempo.

Más allá, no obstante, de los reclamos fundamentalistas, lo cierto es que la acción perpetrada en París es parte de una estrategia militar en el contexto de una guerra declarada. Lo mismo podría afirmarse del atentado con bomba a un avión ruso de pasajeros en Egipto. El terror yihadista escenificado en las grandes ciudades occidentales – inaugurado en Nueva York el 11 de septiembre de 2001, con graves secuelas en Madrid y Londres – es la forma que han elegido los insurgentes de la yihad para responder a la intervención militar de las potencias occidentales y Rusia en la zona de conflicto.

Las acciones del extremismo islámico desafían toda la racionalidad política occidental. El Estado Islámico no es de izquierdas ni de derechas, más bien es una de las formas más virulentas del fanatismo religioso que anhela restituir una modalidad arcaica de gobierno, un Califato. Desde una perspectiva racional, el único calificativo que cabe ante las acciones político militares de tales grupos es “barbarie”. De algún modo, sus militantes exhiben las formas más sangrientas y crueles de la guerra, decapitaciones, asesinatos masivos, terrorismo.

La acción terrorista en sí misma no admite racionalidad ni justificación alguna. Al analizar tal acción, empero, como acción militar, advertimos que su propósito último es sembrar el miedo en las grandes capitales europeas, mostrando su vulnerabilidad. El terrorismo es una de las formas de la guerra y, tras su apariencia de fanatismo extremo y cruenta irracionalidad, consigue su propósito: diseminar el pavor en la opinión pública a través del impacto mediático, convirtiendo la muerte en un espectáculo de masas.

Desde hace décadas, todo el Oriente Medio fue administrado desde la racionalidad impuesta por la llamada Guerra Fría, este orden poscolonial se expresó en gobiernos y movimientos de izquierdas y de derechas. Sin embargo, ese orden ha sido desmantelado por un proceso que ha culminado en la “primavera árabe”, abriendo una caja de Pandora que ha permitido a la irrupción del islamismo radical.

No seamos ingenuos, ni los Estados Unidos y sus aliados, ni las potencias europeas ni Rusia están exentos de su responsabilidad histórica por el actual estado de ruina y beligerancia en que se encuentra sumido el Medio Oriente. La cuestión fundamental que se plantea hoy es si acaso es posible una solución política en la región, una solución que restituya una racionalidad mínima que traiga la PAZ para estos pueblos y ponga fin a la barbarie terrorista.


Álvaro Cuadra

Académico