bataclan paris

En París un comando de fanáticos islámicos asesinó a pacíficos ciudadanos como lo hacen a diario en Irak, Túnez, Siria o Afganistán. Cenando en la terraza de un restaurante o en un concierto en la zona de la Plaza de la República, la noche amable de un viernes de noviembre se convirtió de repente en un infierno. La prensa dice que estamos ante la crónica de un atentado anunciado porque Francia es el país más amenazado por el yihadismo, hasta el punto que una alta autoridad judicial había hablado de la posibilidad real de un 11-S francés.

Entre anestesiados y adormecidos, el futuro europeo se nos está escurriendo entre los dedos, y parece que no queremos darnos cuenta. Vivimos en la pequeña parte del planeta que, junto a Canadá y Australia, resulta la más habitable; aquella en la que, pese a todo, el gasto social per capita es el más alto del globo. Pero no sabemos valorarlo ni valorarnos, y parecemos dispuestos a dejar morir la hermosa idea de una Europa próspera, libre y solidaria.

Vivimos ensimismados, encerrados en nuestras pequeñas o grandes burbujas, según el plano de la realidad en la que nos ubiquemos.

No son pocos los que nos observan desde más allá de nuestras fronteras y no entienden qué pasa en Europa. Unos, los más pobres, los desesperados que huyen del horror del hambre y de la guerra, no entienden cómo no somos sensibles a su dolor, y los repelemos de cualquier forma y sin excusa. Otros, desde otras latitudes, se asombran ante ese peterpanismo egoísta que nos embarga; ante esos particularismos nacionalistas de guardarropía decimonónica que nos impiden enfrentar conjuntamente los problemas reales que nos desangran. Aquellos retos ante los que la institucionalidad europea se muestra torpe, lenta y frágil en su insuficiencia, envuelta, eso sí, con ropajes de mil colores.

Paralelamente, la Unión Europea es, cada vez más, una entidad política deprimida. Quienes vivimos dentro, nos debatimos entre la impotencia y la incredulidad, cuando no directamente nos refugiamos en el no saber, en el ignorar qué hay más allá de nuestros muros, al tiempo que aceptamos la incapacidad para gestionar los problemas acuciantes que tenemos dentro de ellos. Sin embargo, millones de los que nos miran desde afuera deciden intentar atravesar el purgatorio con tal de entrar en ella.

Los datos objetivos son tercos, pero hacemos como que no los vemos. En el mejor de los casos, nos lamentamos por no poder hacer nada por mejorarlos. Europa, nuestra cada vez más débil Unión, ?en manos de los mercaderes sin escrúpulos y sin cerebro?, se está latinoamericanizando a marchas forzadas. Hace ya más de tres décadas que Ulrich Beck puso de manifiesto que las fronteras de desigualdad y de inseguridad estaban en un proceso acelerado de modificación, y que la individualización y las fracturas sociales e incluso familiares eran las primeras resultantes de la globalización y de la revolución tecnológica. Acuñó, además, el concepto de brasileñización, con el que señalaba los riesgos de profunda escisión interna de una sociedad. Luis de Sebastián habló, en línea parecida, de las sociedades duales latinoamericanas, aludiendo a aquellas en las que el primer y el tercer mundo conviven ?a una distancia caminable? dentro de una misma frontera y baja una misma bandera, y Waldo Ansaldi introdujo el concepto de apartheid social, para enfatizar la creciente exclusión resultante de aquellas doctrinas de la revolución conservadora de Reagan y Thatcher, del Consenso de Washington, del fanatismo del Fondo Monetario Internacional o, más recientemente, de las recetas del austericidio impuesto a sangre y lágrimas en los países de la Europa del sur.

Esa es la latinoamericanización que afecta a Europa, la que se materializa con la terquedad de los datos de la inmoral desigualdad de los que habla con cifras incontestables Thomas Piketty.

Europa ya padece la realidad de barrios marginales y marginados; sus favelas, sus villas miseria, sus ranchitos, que no son como los de Sao Paulo, Buenos Aires o Caracas, pero sirven para lo mismo. Para que en ellos malvivan los más pobres, que con frecuencia son inmigrantes magrebíes, subsaharianos y gentes del oriente próximo y, a menudo, musulmanes. En ellos encuentra un excelente caldo de cultivo el yihadismo que está cautivando a jóvenes que, aunque de origen externo, debieran considerarse y comportarse como europeos convencionales puesto que aquí nacieron y crecieron.

La noticia de los ataques de París, ?una matanza en toda regla?, nos ha golpeado en plena boca. No ha sido una masacre en Kabul, en Bagdad, en Damasco o en Beirut, a las que nos hemos acostumbrado; ha sido en la capital sentimental de Europa ?[“capital del desenfreno y del vicio y portadora de la bandera de la cruz”, según el comunicado del grupo terrorista Estado islámico, EI]? en la noche suave de un viernes de otoño que tenía a miles de parisinos y de forasteros disfrutando de ella. Unos guerreros de Alá intoxicados de odio a los cruzados, que así llaman a los europeos, ?como si estuviéramos todavía en el siglo XIII?, se inmolaron matando en nombre de su dios. Muchas de las víctimas, las de la Sala Bataclan lo fueron, sencillamente, ?según el comunicado de EI? porque allí se habían concentrado “cientos de apóstatas en un concierto amoral y de desenfreno“.

Los promotores del asesinato en masa han afirmado que “Tembló París (…) se estrecharon sus calles y el saldo de víctimas de los ataques fue de al menos 200 cruzados muertos y más heridos, gracias a Dios“.

En este escenario global, ante este acto bárbaro al que Europa ha de dar una respuesta no coyuntural e inteligente, nuestras contingencias políticas domésticas pierden peso y volumen. Todos sabemos que Europa no puede confiar en la policía y el ejército para mantener el necesario equilibrio de libertad y seguridad; todos sabemos que hace falta una política económica que cohesione nuestra sociedad reduciendo las desigualdades que ahora son crecientes; una política social que no desampare a los débiles y los abandone a su suerte; y una política educativa efectiva en defensa de los valores republicanos, que asegure la vigencia de los derechos humanos desde los principios de libertad, igualdad y solidaridad.

¿Hablarán nuestros candidatos de todo esto en la próxima campaña electoral?