Hace un tiempo se dio a conocer el video en donde el papa Francisco califica de “tonta” a la diócesis de Osorno frente a las resistencias que una parte de la misma ha puesto al nombramiento de Monseñor Barros como obispo titular. Como se sabe, dicho rechazo está motivado por los eventuales compromisos que Juan Barros Madrid pueda haber tenido con el caso Karadima, cosa que han acreditado los acusadores de este último, ofreciendo un testimonio que ha resultado ser creíble tanto para creyentes como para quienes no lo son.

El caso es que el nombramiento de Barros en Osorno, de ser una simple disposición administrativa interna de la Iglesia Católica, se ha transformado en asunto de discusión nacional. Solicitudes de diversos actores públicos llegaron directamente a la Santa Sede para que se revocase un nombramiento que suscitaba tantas disensiones. Sin embargo, ninguna de ellas tuvo eco, confirmándose la vieja tradición eclesiástica de que, una vez decidida una cuestión, esta resulta difícilmente modificable.

No es mi intención en este momento evaluar la veracidad de los juicios que se vierten sobre Barros, sino discutir el modo en que la institución eclesiástica procede cuando realiza nombramientos de autoridades. Dicho actuar presenta, como principal debilidad, una dificultad abierta y explícita de escuchar la opinión de las comunidades a las que atañe directamente el concurso de la animación pastoral de una diócesis. Y, cuando digo “escuchar”, me refiero incluso a la generación de espacios democráticos que, de algún modo, confieran mayores posibilidades de que la decisión adoptada ha de ser la mejor. Las iglesias no necesitan gerentes o administradores; necesitan pastores. Es decir, animadores que gocen de la confianza y del carisma necesarios para hacer posible el gran don que revela verdaderamente la presencia del Espíritu en medio de las comunidades, es decir, el de la unidad.

Demás está recordar que en la Sagrada Escritura se enumeran las cualidades que debe poseer el obispo: irreprensible, que tenga buena fama entre los de afuera, entre otras (Cfr. I Tim 3, 1-7), y el Código de Derecho Canónico establece explícitamente: “Para la idoneidad de los candidatos al Episcopado se requiere que el interesado sea:?? insigne por la firmeza de su fe, buenas costumbres, piedad, celo por las almas, sabiduría, prudencia y virtudes humanas, y dotado de las demás cualidades que le hacen apto para ejercer el oficio de que se trata;?? de buena fama…” (Canon 378 § 1). Sin comentar otras cualidades, Barros -hay que decirlo con claridad- carece lamentablemente de “buena fama”.

Si él tiene la culpa o no, es discusión aparte, pero el haber estado tanto tiempo bajo el paraguas oscuro de Karadima y el no haber hecho nada para separarse de esa sombra lo convierte sino en cómplice, como muchos aseguran, al menos en sospechoso. Y si es así, ¿qué lo hace, a los ojos de Roma, un candidato elegido para un nombramiento tan significativo? A mi juicio, porque él representa, junto a varios miembros del episcopado chileno y universal, el proyecto espiritual, pastoral y eclesial, de una Iglesia que, desde el pontificado de Juan Pablo II, se orientó a un proceso de restauración que siempre miró con buenos ojos la escuela de líderes como Karadima, Maciel (Fundador de Los Legionarios de Cristo), y otros que se caracterizaron por una marcada tendencia conservadora cuando no, en algunos casos, casi integrista.

Obispos como Barros tienen dificultad para mirar hacia abajo, para considerar realmente el bien de sus comunidades. Siempre miran hacia arriba, hacia el Vaticano, el Sumo Pontífice. El tipo de obediencia que profesan desconoce en la voz de los fieles la presencia del “Espíritu que habla a las iglesias” (Apocalipsis 2,11). Hablan de humildad cuando se trata de reconocer una disposición superior, pero no cuando se ven en la coyuntura de aceptar que, teniendo culpa o no, simplemente no son queridos en un lugar determinado. Y, entonces, lo que es humildad hacia arriba se muestra como terquedad, autoritarismo y violencia hacia abajo. Esa rigidez, finalmente, tratándose de una institución que se moviliza por adhesión voluntaria y carismática, termina siendo una especie más de irracionalidad, una inconveniencia desde donde se la mire, una decisión errada que confunde y divide, una -por decirlo con palabras de Francisco- absurda e incomprensible tontera.

Procedimientos autoritarios como el nombramiento del obispo en cuestión se repiten en designaciones que la Iglesia Católica realiza con respecto a las instituciones de ella dependientes. Recuerdo el caso cercano de una pequeña universidad santiaguina en donde se veía del todo inconveniente el nombramiento de un Rector que, aun teniendo un cierto prestigio académico personal, se había rodeado de un grupo de colaboradores advenedizos que provocaron gran escozor, por sus prácticas, en la comunidad académica. La autoridad provincial religiosa correspondiente se mantuvo en su decisión, eludiendo de plano buscar un nombre que suscitara mayor consenso. De nuevo, en este caso, se impuso -hasta ahora- el criterio de la imposición autoritaria más que el de la búsqueda de unidad.

Lo de Barros, entonces, no es una simple excepción en el modus operandi de la Iglesia. Hay un patrón de funcionamiento que se condice con una cierta visión autárquica, decidida y canonizada en las altas esferas, que transforma los altos nombramientos en un procedimiento de pasillos, de influencias secretas, de cartas de personajes influyentes, de pura y burda negociación de sotanas. El resultado inevitable es el cisma: es decir, la instalación fáctica, aunque no necesariamente institucionalizada, de dos o más concepciones de Iglesia que caminan bajo un mismo techo en forma paralela; una práctica que amenaza el bien superior de la unidad.

Procedimientos autoritarios como el nombramiento del obispo en cuestión se repiten en designaciones que la Iglesia Católica realiza con respecto a las instituciones de ella dependientes.

Aludo finalmente al poco esfuerzo que ha hecho el poder central de la Iglesia por alejar a personas que están contaminadas con el delicado asunto de los actos de pedofilia, protagonizados por Fernando Karadima y ya juzgados por el Vaticano. Al contrario, como si fuera casi por llevar la contra, se nombra a Ezzati como Cardenal, a Errázuriz como miembro del selecto grupo de cardenales para la reforma de la curia vaticana, y a Barros como obispo de Osorno.

No conozco instituciones en el orden seglar que se empecinen en realizar tantas acciones que espantan al sentido común. Y poco vale que el papa Francisco califique de tontos a quienes se oponen, pues un apelativo de tal calibre, si se lanza ofendiendo la razón de quienes lo escuchan, vuelve a su emisor como un boomerang que nada bien hace al líder espiritual de una de las instituciones más influyentes en Occidente.


Académico UMCE