En la última década una forma de resistencia contra la ocupación militar de Palestina adquirió preponderancia sobre otras: la Campaña por el Boicot, desinversión y sanción contra Israel (BDS). Inspirada en la linea de acción que terminó por poner en jaque al Apartheid sudafricano, el BDS presenta una oportunidad para la acción política ciudadana a nivel global, que ejerce presión sobre los gobiernos locales, al tiempo que permite evidenciar las injusticias a la que el Estado de Israel somete a los palestinos de los Territorios Ocupados, a aquellos que viven dentro de Israel y a los exiliados, imposibilitados de retornar a su país desde 1948 y 1967 [1]. El boicot se ha convertido en una seria amenaza para Israel, tanto así que ha sido declarado una prioridad para la seguridad del Estado, iniciándose desde el campo sionista una contra-campaña que busca designar al BDS como una forma de antisemitismo. Sí, antisemitismo por criticar la política de Apartheid de Israel, el Muro de Cisjordania, el bloqueo a Gaza y la violencia cotidiana del ejército sobre los palestinos.

Algunas formas de boicot han logrado tener una amplia aceptación, como la petición a los ciudadanos y los Estados para que no consuman productos elaborados en los Territorios Ocupados, dentro de los asentamientos judíos declarados ilegales por el derecho internacional. Esta idea se ha instalado de tal forma que hace unos días la Unión Europea ha decidido etiquetar estos productos indicando su procedencia y no simplemente como made in Israel. Pero no cabe duda que la exigencia ética de nuestro tiempo deja muy corta esta respuesta. Debemos avanzar hacia el fin de todo vínculo comercial entre nuestros Estados e Israel hasta que éste termine con la ocupación de Palestina.

Una forma de boicot se ha hecho merecedora de mucha atención en estos días. El boicot académico y cultural. En 2013 este tipo de boicot tuvo un hito importante cuando el científico Steven Hawking rechazó asistir a una conferencia en Israel adhiriéndose públicamente a la campaña del BDS . Desde entonces, el boicot como posibilidad ha estado presente en el debate académico, al punto que no se va a Israel sin evidenciar una postura de rechazo al boicot. Nadie puede decir, hoy, que no conocía la campaña y eso es, sin duda alguna, un importante logro que transparenta las redes de poder que construye Israel e ilumina la responsabilidad política que le cabe a todos los académicos y artistas.

Hace unas semanas, los estudiantes de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile decidieron plegarse a la campaña del BDS internacional y rechazar la visita a esta casa de estudios de académicos israelíes. Ante lo que debemos admitir es un hecho inédito y de enorme importancia, una reacción airada vino de parte de la Federación de Estudiantes Judíos (FEJ), que en una carta en la que firman académicos y estudiantes de dicha facultad, llaman a “la no discriminación, la libertad de expresión, la libertad de cátedra y, en definitiva, el pluralismo intelectual” . Este llamado a la libertad de expresión suena muy agradable a los oídos de quienes están acostumbrados a que cualquiera diga lo que quiera porque por eso mismo nunca hay consecuencias. Ese es el lenguaje del poder, que obliga a los estudiantes y profesores a comportarse como seres aislados, sin compromiso con el mundo en el que están insertos.

Pero aún más, ¿cómo es posible que se alegue a la causa palestina estar coartando la libertad, cuando su compromiso es el de liberar a millones de personas que hoy viven bajo ocupación militar israelí? ¿No son acaso las fuerzas de ocupación las que deben ser puestas en tela de juicio? ¿Esperamos que los jóvenes sean tolerantes con un Estado que viola sistemáticamente los derechos de todo un pueblo? Algo raro está pasando aquí. Lo que los estudiantes de la Universidad de Chile comprendieron es que en nuestro tiempo la sociedad civil está llamada a ser protagonista de las transformaciones sociales y eso incluye al mundo, porque no podemos sentirnos cómodos cuando en otro país se perpetúan las injusticias. Eso dice mucho de nuestra propia tolerancia y servilismo con el poder, con la opresión de nuestros pueblos originarios, con la desigualdad que nos atraviesa y fractura socialmente.

¿A quienes se boicotea cuando triunfa la posición del BDS en las universidades? A los profesionales y académicos israelíes, que han sido educados para perpetuar el Apartheid y la limpieza étnica de Palestina. ¿Acaso la planificación territorial en bantustanes, los asentamientos israelíes que vigilan sobre las colinas la vida de los palestinos, el muro de segregación, el control de los recursos hídricos, la creación de carreteras segregadas, la arqueología chovinista, la judaízación forzada de Jerusalén o la negación de la historia e identidad palestina son realizados por analfabetos? Por supuesto que no. Son el resultado de la formación académica israelí. Son arquitectos, urbanistas, ingenieros, sociólogos, arqueólogos, etc. que por generaciones han estado marcados por su paso por el ejército. Como bien dice Omar Barghouti “la complicidad de las universidades israelíes en la violación de los derechos humanos toma muchas formas, desde el desarrollo de sistemas armamentísticos y doctrinas militares utilizadas en la perpetración de los crímenes de guerra israelíes y los crímenes contra la humanidad hasta la provisión sistemática de inteligencia militar con la indispensable investigación”[2].

Lo intolerable de esta situación, que convierte precisamente a la academia en una máquina de destrucción y muerte, es lo que comprendieron Steven Hawking, los estudiantes de derecho de la Universidad de Chile y miles de académicos y profesionales en todo el mundo. Que nuestro conocimiento no sea un arma contra los niños de Gaza o de la Araucanía es lo que está en juego cuando decidimos llevar adelante un boicot a un Estado como Israel. No ser indiferentes frente a la miseria, la guerra, la opresión y el abuso de poder es lo primero que debemos enseñar a nuestros hijos, a nuestros alumnos. El pensamiento crítico no puede estar aislado de una praxis crítica, de una resistencia a quienes buscan imponer una verdad, y el boicot es precisamente la praxis que surge en la asamblea, en la deliberación de los estudiantes. No es una verdad que tapa otra verdad, si eso le molesta a los docentes más osificados, es la aparición de una ruptura en el tiempo vacío y homogéneo que Hollywood y los medios nos imponen. Una resistencia pacífica, que no derrama sangre y que por eso ha sido identificada como el principal peligro para el Estado de Israel, peligro muy parecido al que otrora fueron los poetas como Mahmud Darwish y Samih Al Qassem.

El temor de Israel y sus lobbistas en el mundo tiene sustento real. El boicot es la forma de lucha que no dejará incólume ningún programa racista, ni en Sudáfrica, ni en Israel, porque su fuerza no es la de la diplomacia tan acostumbrada a tolerar lo intolerable, sino la de los ciudadanos del mundo. De aquellos que cada vez más dejan de estar disponibles para ser espectadores del horror y el exterminio de un pueblo. El historiador israelí de la Universidad de Exeter en Reino Unido, Ilan Pappé, es enfático en señalar, en este sentido, que “es nuestro primer y sagrado deber terminar con la opresiva ocupación y prevenir otra Nakba -y el mejor medio para lograr aquello es sostener la campaña por el boicot, la desinversión y las sanciones”[3].

NOTAS

[1] 1948 es el año de la Catástrofe [Al Nakba] palestina. El 15 de mayo de ese año se crea el Estado de Israel en la mayor parte del territorio de la Palestina histórica y son expulsados de sus hogares más de seiscientos mil palestinos. En 1967, tras la “guerra de los seis días” Israel ocupa la totalidad de Palestina, sometiendo a los habitantes de Gaza y Cisjordania a un estado de excepción permanente que ha adquirido distintas modalidades hasta nuestros días, manteniéndose, como regla, la ausencia de derechos para los palestinos.
[2] Barghouti, O., “The Academic Boycott of Israel: Reaching a Tipping Point”, en Dawson, A.; Mullen, Bill V. (Eds.), Against Apartheid. The Case for Boycotting Israeli Universities, Haymarket Books, Chicago, 2015, pp. 55-63, p. 58.
[3] Pappé, I., “The boycott Will Work: An Israeli Perspective”, en ibíd., pp. 111-116, p. 116.


Doctor en Filosofía, Universidad de Chile