En Quito el cielo se abre como un regalo: el azul es más azul y el blanco de las nubes refulge como un sueño. El centro histórico, el más bello de las capitales latinoamericanas, esconde refugios inesperados, casonas recónditas y cafés hípster en medio de la memoria de la colonia. Sus ceviches, quizás no se comparen a los peruanos (aunque Lucía diga lo contrario), pero su literatura es de las más ricas, diversas y divertidas del continente. Qué mejor lugar para celebrar los setenta años del Nobel de Gabriela Mistral.

Chile es el país invitado (u “homenajeado” como se repitió hasta las alturas del Elqui) en la octava Feria del Libro de Quito. La inauguración es el viernes después del triunfo de Ecuador sobre Uruguay por las eliminatorias. El día amanece esplendoroso. En la Mariscal me junto a almorzar con un grupo de escritores e intelectuales (digamos que estoy de colado, cosas del azar y de la altura). Críticos y amenos, crean las palabras para darle sentido a una revolución que ellos sienten suya (porque, aprendo aquí, que si de alguien son las revoluciones es de la gente). Un poco de vino, presentaciones que hace el gran Abdón y el menú del día, un café, por favor. Alguien de regreso de un viaje a Colombia contribuye con un aguardentico. Pero solo un corto. La inauguración es a las 4. Y el Rafa va a ir. El Rafa, obviamente, no es Nadal, sino el economista Correa, quien es también Presidente del Ecuador y el líder de esta revolución ciudadana que se debate entre la transformación real y las acusaciones de populismo.

En el Auditorio de la Casa de la Cultura es el evento. Una mujer abraza a varios de los escritores del almuerzo y nos hace pasar. No revisan mi bolso, más bien me tienden una alfombra roja. Camino hacia las primeras filas. La primera continúa vacía. Hago el ademán de sentarme y entonces se acerca un joven que, con una sonrisa serrana, me dice que lo siente mucho, pero que ese asiento está reservado para el presidente. No de la Feria. Tampoco de la Asociación de libros. Para el Presidente del país. No puedo evitar pensar en la falta de seguridad: pero esa falta es una belleza, es como las cosas debieran ser. O algo así. Vivir en Estados Unidos mucho tiempo atrofia el sentido de seguridad.

El Auditorio se llena poco a poco. Estoy sentado dos filas más atrás. A mi lado un grupo de colegialas alborota alegres (les pregunto de dónde son: del Colegio Telmo Hidalgo Díaz, quinto año, escucho, han sido invitadas). Llega una comitiva de militares. Nadie pifia. De pronto se empiezan a oír los acordes del himno del partido del gobierno, algo así como la canción de la revolución. Y entonces sucede algo extraño, surreal: por unos segundos creo que estoy en Cannes (donde nunca he estado) o en Hollywood (ídem) o en las afuera del hotel donde se hospeda Johnny Depp. Silbidos, alaridos, gritos infartantes, promesas de matrimonio, suspiros capaces de desgarrar el corazón más duro, provienen de las bocas de jóvenes (y no tanto) que ven hacer su entrada al Presidente. Estrella de Rock, qué digo, no más CR7 señoras y señores, ¡viva RC7! Correa abraza, da la mano, palmotea y vuelve abrazar. Cada quien agarra su selfie, su roce de fama, su trozo de manto sagrado. Por fin se calma el aire. Ahora es el himno nacional. Después una representación teatral que nos muestra que se lee poco, mal y nada (tanto polvo tienen los libros que llego a estornudar).

Habla el ministro de cultura: promete una ley de la cultura. Esta es la última feria, promete, sin una. Se trata de democratizar con calidad. Después sigue Ottone con la hermandad de los países, y con una Mistral que es familiar, revolucionaria, madre universal, adelantada, etc. Por fin acaba. Es el turno de RC7, micrófono en mano, saluda, y dice algo sobre el placer de la lectura, pero su mirada está lejos y sus pestañas titilan: anuncia que ha ocurrido una atentado en París.

Con un pie afuera, sigue hablando: “Nuestra verdadera independencia pasa por la descolonización del pensamiento”. Recuerda los exiliados chilenos que buscaron refugio en estas tierras, y a los ecuatorianos que arrancaron a Chile por la dictadura neoliberal ecuatoriana a fines de siglo (quisiera preguntarle por qué se arrancaron a Chile y se trataba de arrancar del neoliberalismo, pero eso no es lo que se espera en una inauguración). Cuenta un pésimo chiste que contiene la palabra Mistral (la usa en lugar de mitral en un examen de biología). Cita a escritores que sí ha leído y admira: Adoum, Palacio, Ubidia Huilo y de paso promete la nueva ley de la cultura y la nueva ley de seguridad social y se queja de la oposición (“es bueno para buscar peleas que no valen la pena”, me han dicho), y habla de un plan nacional de la lectura (mejorar no es difícil: el promedio es medio libro al año). La Revolución Ciudadana, dice RC7 es un triunfo diario; hace un silencio, breve, dramático y recordando sus años de estudiante concluye broncíneamente: “hasta la victoria. Siempre”.

Recorro la Feria, el moderno stand chileno, veo los libros de Ocho Libros, de Cuarto Propio, Huéders, Lom… Después veo los puestos de las editoriales ecuatorianas. La revolución ciudadana. Pienso escribir algo sobre el compromiso político de la gente en estas tierras. Pienso en escribir que así sí se puede, que puede no ser perfecto, pero que algo está pasando… Un libro para aprender francés interrumpe mis disquisiciones. ¿Qué será de Pauline?, me pregunto. Recuerdo sus ojos claros, su piel casi trasparente y el cous cous que comimos una noche en su casa en París. Hasta la victoria, siempre, repito y busco perderme en la noche quiteña.

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