El mismo día en el que se cumplían cuarenta años de la muerte del dictador se desarrollaron una buena cantidad de eventos académicos con Franco y el franquismo como objeto de estudio. Me referiré brevemente a dos, vinculados ambos a la Universitat de València: el primero, la jornada celebrada en su Centre Internacional de Gandia, al amparo de la Càtedra Alfons Cucó de Reflexió Política Europea; el segundo, la presentación del excelente ensayo de Justo Serna, profesor del Departamento de Historia Contemporánea, Españoles, Franco ha muerto.

En la jornada de Gandia, otro colega y amigo, Ismael Saz habló de la lucha por la democracia en España, desmontó el mito de la Transición ejemplar, e hizo igual con el contra-mito de la misma, según el cual todos los males de la España actual se deben a una especie de pacto entre las élites franquistas y antifranquistas que asfixió las legítimas aspiraciones populares. Justo Serna contradice igualmente en su ensayo a aquellos que desde el izquierdismo acrítico o desde la ignorancia histórica califican de gran fracaso la recuperación de la democracia en la España de los años setenta del siglo pasado. Decía Ismael Saz en Gandia que pronto se diluyó aquél “Todo ha quedado atado y bien atado” con el que Franco sentenció el futuro de los españoles en su mensaje de fin de año de 1969, y que fueron la presión y la movilización de la sociedad la que obligó a legalizar al Partido Comunista de España primero y a abrir un proceso constitucional después que para nada estaban previstos en el programa atado y bien atado.

La Transición política española fue, como todos los procesos de recuperación de la democracia tras períodos dictatoriales, el resultado de una correlación de fuerzas. El que aquí se dio tuvo, claro, sus luces y sus sombras, pero unas y otras fueron lo que fueron por la interacción de los diversos actores políticos y sociales, no por un pacto bastardo entre las cúpulas. Aquellos se movieron en un escenario en el que el miedo a volver al pasado y la esperanza por construir el futuro fueron determinantes.

La Transición española tiene antecedentes próximos y remotos, pero sin duda tiene una fecha que marcó un punto y aparte, y esa fue el 20 de diciembre de 1975, el día en el que desapareció del mundo de los vivos aquel general al que ?en sus años de destino en África? sus jóvenes compañeros de armas llamaban despectivamente Franquito, aludiendo a su escasa estatura y a su poco agraciada figura.

Aquél fue un día esperado, ansiado, deseado, anhelado por millones de españoles. En particular de aquellos que habían padecido los años de la guerra y de la inmediata postguerra. Una idea simple se había convertido en la obsesión de miles de viejos: no querían morir antes de verlo muerto a él. Querían verlo desaparecer antes que ellos, era una revancha personal, muy personal, porque Franco era un enemigo que nunca durante toda su larga dictadura hizo otra cosa que recordarles que él era el Invicto Caudillo, dueño y señor de España [y de los españoles] por la Gracia de Dios.

Aquel 20 de noviembre de 1975, finalmente, el viejo dictador rechoncho y de voz atiplada, en las antípodas de la clásica virilidad militar, cargada hasta los bordes de testosterona, fue víctima de un tremendo encarnizamiento terapéutico que le castigó con una sobre dosis de crueldad como la que él había infringido durante toda su vida a sus enemigos, que se contaban por millones. El parte del llamado Equipo médico habitual, que informaba de forma pautada durante el período de agonía del viejo general convertido en una piltrafa, no recogía lo que después se ha sabido del trato degradante, prácticamente una tortura, que recibió el paciente. Pocos lamentaron ese extremo dolor final que acompañó al Generalísimo en su fase terminal. Alguna forma de justicia impartieron los dioses con aquél que tanto dolor y tanto horror, tanta lágrima, tanta sangre y tanto sufrimiento había provocado. Aquél que había declarado que si había que fusilar a media España, él la fusilaría, no obtuvo jamás el perdón de sus enemigos. Por eso fueron tantos los viejos, aquellos que eran de la quinta del tirano, que aquel 20 de noviembre de 1975 verbalizaron con enorme tranquilidad interior que, visto el cadáver del general traidor, ya podían morir tranquilos.

Aquél fue un día esperado, ansiado, deseado, anhelado por millones de españoles. En particular de aquellos que habían padecido los años de la guerra y de la inmediata postguerra

Muchos brindaron con champán, con cava, con vino o hasta con pacharán el pase a mejor vida del tirano. Y en aquellos brindis y celebraciones fueron acompañados por jóvenes nacidos tras el fin de la guerra civil, tanto en la década de los cuarenta como en la primera mitad de la de los cincuenta. Además de celebrar la desaparición del dictador, al que se percibía como un dique que impedía la recuperación de las libertades democráticas, para las distintas generaciones de antifranquistas el Caudillo era la encarnación de lo peor del ser humano: un militar brutal, incluso sanguinario, pero un tipo simple, un ignorante incluso de todo aquello que no tuviera que ver con la milicia o con el ejercicio de un poder abusivo, autocrático, obsceno en su literalidad. Particularmente de entre aquellos jóvenes salió la mayor parte de los que protagonizaron la llamada transición democrática, aquella que no fue ni modélica ni fracasada, aquella en la que como sintetiza con acierto Iñaki Gabilondo, “se hizo lo mejor que se pudo lo mejor que supimos”.

Poco sabían aquellos jóvenes antifranquistas de las andanzas reales del viejo dictador más allá de lo que sus mayores les habían contado. Habían recibido en la escuela una asignatura a la que inmerecidamente llamaban Historia de España, que unida a otra llamada Formación del Espíritu Nacional les había tratado de inculcar uno de los principales mitos del Régimen, el de la figura de Franco: el más joven general de Europa, el Cid Campeador redivivo que había salvado a España del comunismo ateo al tiempo que la había mantenido al margen de la II Guerra Mundial, oponiéndose a los deseos del todopoderoso Adolf Hitler; el artífice de la modernización y el desarrollo social y económico de España.

Prácticamente todo era mentira en aquel relato para niños y adolescentes que se podía leer ?por ejemplo? en la Enciclopedia Álvarez, la de mayor difusión en las escuelas de los años cincuenta y sesenta. Nada se enseñaba sobre el implacable militar africanista que despreciaba a sus tropas nativas por inferiores, pero que todavía guardaba un escalón más bajo para ubicar a los rojos, a los liberales, a los masones, a todos los que para él no eran sino las hordas de la anti-España. No se explicaba a los jóvenes el horror de la represión de 1934 en Asturias que Franco dirigió desde Madrid, y que fue una primera entrega del terror como arma política que se emplearía desde julio de 1936 de forma sistemática en paralelo con el avance bajo su mando de las tropas sublevadas. Se ocultaba, igualmente, el bajo perfil de Franco como conspirador hasta que no estuvo seguro de que el levantamiento militar tenía claras posibilidades de éxito; como se ocultó que su objetivo era, ¿así lo diría después con su prosa tan recargada como reaccionaria José María Pemán?, ejecutar una “contienda magnífica que desangra[ra] España” para conseguir “tierra lisa y llana para llenarla alegremente de piedras imperiales”. Hay que leer El holocausto español, de Paul Preston, para entender exactamente el significado de estas palabras.

Como ha demostrado recientemente el historiador Ángel Viñas, además de llenar España de piedras imperiales, el dictador también llenó sus bolsillos. Contrariamente a la imagen de militar austero y honrado, en su libro La otra cara del caudillo, Viñas explica como Franco aceptó sueldos de empresas, recibió regalos escandalosos o se apropió de donativos y ayudas para la reconstrucción del solar devastado que era el país tras la guerra. Antes de que ésta finalizara, incluso, Franco ya se había convertido en multimillonario. Según cálculos recientes, el Generalísimo acumulaba ya en 1940 una cantidad en pesetas que en cifras actuales sobrepasarían los trescientos ochenta millones de euros.

Eso lo ignoraban aquellos que protagonizaron la Transición política española. Aquellos viejos y aquellos jóvenes sí sabían del terror, del miedo como arma política que el general había sabido manejar para perpetuarse en el poder. Conocían de primera mano que el Régimen alardeaba de ser el artífice de la paz entre los españoles, y sabían que el general que había capitaneado la Cruzada ?tal y como la Iglesia Católica llamó a la Guerra Civil? lo que realmente había instaurado era la paz de los cementerios. Ya lo cantaba Raimon, una de las grandes voces de la llamada Nova Cançó [en lengua catalana], cuando decía “De vegades la pau / no és més que por (…) De vegades la pau / fa gust de mort” [“A veces la paz / no es más que miedo (…) A veces la paz / tiene regusto de muerte”].

El 20 de noviembre de 2015, cuarenta años después, no fueron pocos los que volvieron a brindar para conmemorar la desaparición física de aquel ser humano de tan ínfima calidad. Hay cosas que conviene no olvidar.


Académico del Departament d'Història Contemporània, Universitat de València