No hay chileno y chilena que no conozca, aunque sea reproducción mediante, su tradicional silueta. Desde pequeños nos enseñan que, junto al cóndor, es de las llamadas especies heráldicas, aquellas que honramos representándolas en el escudo nacional. Es el Hippocamelus bisulcus, el mapuche güemul, el tehuelche shoam. Para la media, nuestro emblemático huemul.

En más de alguna ocasión creadores extranjeros lo han confundido con un caballo, error no exclusivo de quienes viven fuera del país. La vergüenza que pasamos con zincha (la chilena mascota de la última Copa América), con un estilizado dibujo inspirado en el zorro rojo inglés o canadiense y no en sus primos que efectivamente habitan nuestro territorio, quedará grabada en la historia de los yerros nacionales.

Se estima que en la actualidad quedan unos mil 500 a 2 mil ejemplares, distribuidos entre Chile (una mayoría) y Argentina. No por nada la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza lo mantiene desde 1982 en la categoría de “en peligro”. De estos, una parte importante habita en las áreas silvestres protegidas de Aysén. Por ello al conductor visitante llama la atención que al cruzar ciertos tramos del Camino Longitudinal Austral se tope con señalética vial advirtiendo el eventual avistamiento (y riesgo de embestir a alta velocidad) de estos tímidos animales.

Hasta hace unos meses, algunos aún creíamos que las principales amenazas de este ciervo endémico eran el natural puma o la acción del ser humano mediante atropellos o la fragmentación de sus hábitat.

Fue el abogado y fotógrafo de naturaleza Rodrigo de los Reyes quien advirtió a la ciudadanía en marzo de este año que desde agosto de 2014 venía registrando en la Reserva Nacional Cerro Castillo huemules con anormales protuberancias en diversas partes del cuerpo. Pasaron los meses y el número de ejemplares afectados fue en aumento, siendo varios los que se han consignado ya.

Desde los organismos públicos relacionados (seremi de Agricultura, Conaf, SAG) se ha sido diligente en descartar responsabilidad institucional en la ocurrencia de este fenómeno. Mal que mal, es esta una especie silvestre protegida por ley. Hace un par de semanas se convocó a una conferencia de prensa y posteriormente a una reunión del Consejo Consultivo de la Comisión Intersectorial para la Conservación del Huemul, donde se informó de todo el trabajo realizado, descartando tuberculosis y fiebre aftosa (patologías extremadamente graves) y explicando que se trataría de una linfoadenitis caseosa producida por la bacteria Corynebacterium pseudotuberculosis. Según se explicó, esta afecta a animales en todo el mundo, es resistente al medio y de transmisión infectocontagiosa.

Tampoco sería exclusiva de los huemules de la Reserva Nacional Cerro Castillo consignándose también en los parques nacionales Bernardo O’Higgins y Torres del Paine. Más aún, se comunicó que un primer absceso fue fotografiado por un funcionario de Conaf en agosto de 2013 (en el sector Lo Zapata), un año antes de las imágenes que difundiera Rodrigo de los Reyes.

Luego de toda esta información, aún no está tan claro qué está ocurriendo. O más bien, por qué se ha producido este brote. En la comunidad, sociedad civil y prensa regional hay preocupación y sospechas existen de que el contacto con ganado que ingresa a las áreas protegidas podría ser un vector de transmisión. Lo positivo es que los medios nacionales –como subproducto de las gestiones del abogado de los Reyes, asumimos- han puesto su atención en este problema.

Así las cosas, resulta difícil tener seguridad de qué nos molesta tanto. ¿Que estos abscesos causen dolor o incluso la muerte de su huésped, en un acto de preocupación por su calidad de vida? ¿Su posible propagación al ser humano, lo cual ya ha sido registrado en otras latitudes? ¿Que se ven menos “dignos” con estas protuberancias, imagen que asociamos a enfermedad? ¿Que se deba a un mal manejo de las áreas silvestres protegidas, por el ingreso de ganado a estas zonas y su efecto sobre la vida silvestre?

Lo que sí está claro es que si no hubiese sido por la preocupación de un par de ciudadanos esta patología no tendría la atención pública que se le ha dado. Y también que existen en Conaf, SAG y otras instituciones, profesionales que han dedicado una vida a estudiar y proteger la especie.

Los huemules están ahí desde hace años, cientos de miles quizás. Antes incluso que apareciéramos por estos lados. Ya hemos intervenido su territorio con carreteras, los hemos sometido al contacto con especies introducidas, los hemos cazado. Hoy lo mínimo es saber a ciencia cierta qué está ocurriendo, qué podemos hacer para remediarlo y qué, también, para no repetir la historia.

Y para ello, una buena idea es avanzar en lo que escuchamos en una de las reuniones: la medicina de la conservación, interdisciplina que conecta a médicos veterinarios, epidemiólogos, expertos en salud pública y personas (ciudadanos, técnicos y profesionales dedicados a la protección de lo natural), entre otros actores.

Lo que está ocurriendo con el huemul puede ser una oportunidad no solo para conocerles más, también para avanzar en áreas que no han sido lo suficientemente desarrolladas en el país. Y, también, para seguir comprendiendo que todos somos necesarios.
Porque es esta una tarea importante. Una en la cual nadie está demás.


Periodista