La violencia de género está lejos de ser un problema del pasado. Las cifras en nuestro país son preocupantes: altas tasas de femicidios, violencia contra personas trans, violencia sexual contra niñas y adolescentes y prácticamente nula soberanía sobre nuestros cuerpos.

 ¿A qué se debe esa violencia desatada?

Nos atrevemos a afirmar que la violencia de género opera como respuesta, respuesta a todas/os aquellas/os que se atreven a desafiar de algún modo el orden social vigente. Por supuesto, esta se encuentra tan naturalizada que nos cuesta mucho percibirla y solo somos capaces de verla en los casos más extremos como la violencia física. A su vez, la subversión de la que hablamos no siempre es consciente, pero cada vez que una mujer decide salirse de su mandato de género, consciente o no, la violencia amenaza con caer sobre ella.

La división sexual del trabajo, uno de los pilares fundamentales de nuestra sociedad, se protege con la violencia de género. Ejemplos tenemos varios, si una mujer sale al mercado laboral y tiene hijas/os, muchos la cuestionarán si les va mal en la escuela y por el contrario, nunca la respuesta ante el mal rendimiento de un/a niño/a será que su padre trabaja remuneradamente. En el trabajo, la violencia adoptará distintas formas, no es poco frecuente que las mujeres sean acosadas laboral y/o sexualmente, junto a ello, escucharemos más de algún comentario ofensivo: estamos ahí solo porque “nos acostamos con el jefe”, “somos bonitas”, “tenemos  pituto”. Todo y todos parecen decirnos que ese no es nuestro lugar (y se nos pagará menos para que nos vayamos convenciendo).

Si una mujer decide caminar por la calle sola deberá enfrentarse a comentarios sobre su cuerpo o vestimenta, insinuaciones sexuales, toqueteos, intimidación en general que nos dice que la calle no es nuestro espacio “natural”, que dicho espacio es la casa y que se nos hará hostil el espacio público si osamos  frecuentarlo sin un hombre al lado que nos habilite para hacerlo.

La violencia de género es también la homofobia que no permite deseos y afectos distintos, ni que una mujer pueda no querer ser mantenida/protegida por un hombre. Son las violaciones correctivas que se cometen con nuestras compañeras lesbianas, para que a través de la violencia sexual puedan “normalizarse”. Es la misma que no acepta a dos hombres juntos (¿quién haría el trabajo doméstico?) ni acepta a cuerpos que se resisten al mandato binario.  La radicalidad de la diversidad sexual es que cuestiona la raíz de la división sexual del trabajo y los deseos, lugares, tiempos y trabajos asociados a ella.

Con el neoliberalismo la violencia sobre las mujeres y sobre quien desafíe la heterosexualidad obligatoria se ha acrecentado. Más y más feminicidios parecen ser la respuesta de quienes ven amenazada la división sexual del trabajo. En una vida completamente privatizada, que pone en jaque día a día nuestra autonomía, la respuesta de quienes queremos transformar la sociedad debe ser contundente: acabar con todas las formas de violencia de género, por las 51 y por todas nuestras compañeras.

 

 

 


Cecilia Moreno Arredondo y Andrea Salazar Navia