“Éramos una barricada pornográfica

para las vecinas que aún me preguntan

si la moda y el pueblo

era una casita de costuras y bordados

para las señoras y sus mascotas feroces”

Brian, el nombre de mi país en llamas. Diego Ramírez

Conocí a Daniela Miranda en el aeropuerto de santiago justo antes de partir a mi primer encuentro internacional donde se discutiría sobre performance y política en la ciudad de new york y donde al llegar y para entrar al país, me preguntarían para qué sirven los estudios de performance. Toda una pregunta que no podríamos responder en una oración, quizás ni en dos o en tres o en diez frases, menos aún en un idioma que no manejo a la perfección. Con Daniela nos conocimos en un trayecto que finalizaría en la comunicación con artistas y activistas que antes que todo no tienen certeza sobre su disciplina ni tampoco sobre la aplicabilidad de este conocimiento dentro de lo que exigen las industrias académicas. Espacios tan permeados por el capitalismo financiero, inclusive dentro del mismo mundo de la performance. Los aeropuertos, al igual que muchos otros espacios dentro de la ciudad, como paraderos de buses o estaciones de bencina son considerados como no-lugares: es decir, espacios de fría transición, de encuentro y desencuentro donde no se construye hospitalidad. Donde se mezclan sin un deseo previo, distintas nacionalidades, hábitos, lecturas y aburrimientos en espera de lo que ocurrirá mas adelante. Porque si pudiéramos pensar la ciudad como un texto, un aeropuerto representa el paréntesis, los puntos suspensivos o quizás el signo de interrogación que ubica este espacio dentro de la ciudad urbanizada. Quisiera pensar que el habernos conocido en un no-lugar, en un espacio nómade, en un territorio sin identidad, nos permitió a nosotras refugiarnos en una amistad hecha de espacios de disidencia, unas cholas feministas tratando de soportar la prepotencia de un patriarcado hecho de opresiones y silenciamientos. Es así, justo antes de llegar a esa ciudad, que quiero dar inicio a la reflexión que compartiré con ustedes hoy.

foto mix

Por mucho tiempo fui parte de los talleres de poesía moda y pueblo (nombre que hace cita a un disco de Fito Páez del año 2005)  que dirige el poeta Diego Ramírez en una carnicería punk inserta entre block sociales del centro de santiago. Fue en este lugar donde experimentábamos una adolescencia crítica y resentida a las normas heterosexuales que nos circunscriben escribiendo poesía o lo que es lo mismo, escribiendo nuestra biografía de aquellos años de adolescencia. Fue en este lugar que pude comprender la importancia de la vestimenta y sus usos, la radicalidad que significa ajustar un jeans, compartir el labial o utilizar un delineador de ojos. De alguna manera la moda y el pueblo nos permitía sobrevivir a una sociedad marcada por el miedo al padre. Serían entonces aquellas estéticas “alternativas” (punk, emo, gotic, trash, grunge, amelianas, brit pop, pokemon,  pin-up, rckabilli) las que nos darían la posibilidad de hacernos un cuerpo construyendo un discurso de rebeldía y desobediencia, de anarquía frente a los perversos poderes de normalización que se nos imponían sobre nuestros cuerpos. Porque si por un tiempo, la moda y los estilos definieron a una rancia aristocracia que veía en aquellos diseños y materiales una manera de intensificar su diferencia de clase y prestigio, enarbolando un miope discurso de la superioridad racial blanca (convengamos que en Chile casi no hay blancos, sino mestizos) los discursos disidentes hacen de las estéticas y sus prendas asociadas al tráfico, a la segunda mano, a lo “semi nuevo”, al traje de la abuela que re-actualizamos un espacio para la protesta y la no adhesión. Una protesta colectiva donde es el cuerpo vestido el que nos da la continuidad y así más que moda se entrega una suerte de novedad anarquista de un pueblo que se viste como el nuestro.

 No somos moda: la política del gesto.

Creo que hoy, mientras los gays se casan en un edulcorado proyecto de ley que ni siquiera es matrimonio, mientras los servicios públicos están en paro y los gays se dan la mano, se visten de iguales y no hacen ningún gesto con los trabajadores, convenciendo a una ciudadanía de supuestos cambios sociales que se basan en las macro-estructuras del poder, que finalmente es siempre legislativo antes que social o cultural, es importante enfocarse y realzar las política del gesto: unas políticas que desvían la mirada hacia lo micropolítico de nuestras cotidianeidades y cuerpos. Deberíamos ante esta época de cambios y desastres naturales, de una ecología de la infección y el abuso, enfocar nuestros lentes hacia la disposición diaria de nuestros cuerpos y estéticas y buscar ahí, hasta qué punto un tatuaje, un rapado, un piercing, una prenda revolucionaria o un color extravagante puede desajustar el ideario de una profesora, del científico, de la dueña de casa o de un funcionario público. Investigar hasta qué punto la moda y las maneras en que nos nombramos pueden aún participar de movimientos de rebeldía ante el capitalismo que todo lo absorbe. Pensemos por ejemplo en el uniforme escolar, cuya idea era unificar a los estudiantes con el objetivo de no hacer visible los conflictos de clase pero que rápidamente fue desplazando formas de vestimenta según la comuna en la que se vive, haciendo aún más patente el explícito clasismo en el que vivimos. O pensemos en el jeans. Hace un tiempo leí el crítico texto de Nelly Richard “desensamblaje de identidad, perversiones de códigos” que es parte de su libro “Residuos y metáforas” donde la autora hace un brillante recorrido por lo que significó la ropa usada en los años 90´s, poniendo su foco de atención en el jeans, ante lo cual explicita “la popularidad el jeans se debió en primer término a su funcionalidad (resistencia, comodidad, etc) y a su habilidad para atravesar las categorías de sexo, clase, edad, raza sin hacerse notar ni hacerlas notar. El jeans desarma las connotaciones de pertenencia social y sexual, al traspasar todas las identidades con su definición neutra. Es el signo uniformador-y democratizador- de una voluntad de renuncia a la distinción de clase”.

¿Cómo no va a ser político preocuparse por la moda, lo estilos de uso de la vestimenta si el capitalismo se ha implicado de tal manera en nuestro cuerpo que hace pasar a un fascista, conservador y homofóbico Fernando Villegas al mismo nivel que una actriz de una pasada resistencia como Delfina Guzmán o que un anónimo chico de clase alta con destellos de rebeldía bajo el mismo signo uniformante del jeans en la campaña publicitaria #solo jeans, no hay prejuicios de falabella? ¿Cómo no va a ser necesario investigar estas categorías constitutivas de una comunidad para evidenciar su uso y abuso?

Dentro de estos esfuerzos por el desmontaje de las categorías y en asociación directa con las políticas del gesto, es que aparece esta investigación de Daniela Miranda “Moda Chilensis, estado del diseño de autor”. Esta investigación que contempló la entrevista a 12 diseñadores y diseñadoras además de 8 académicos involucrados en diseño o moda independiente podríamos pensarla como la reconstrucción de una narrativa hecha de citas. Así, Daniela se dio a la tarea de organizar un corpus de posiciones de quienes trabajan el diseño de autor y sus conflictos asociados. Un “hablar con otros” explicitando todas las incoherencias, posiciones políticas y contradicciones que tienen quienes hacen de la moda un espacio de autogestión y vida. En la investigación podremos leer varias veces el conflicto del mercado, sus contradicciones, el snobismo, el nacionalismo y las plataformas de las redes virtuales como posibilidad de visibilidad y cooptación: “[…] Esa es la gran critica que le hago el Diseño, a todos al gráfico, al de vestuario. Este discurso desde el llanto, el discurso de la pobreza “es que estamos tan mal, no vendemos nada, el retail nos caga” Igual se mueren de ganas, si Falabella viene a golpearles la puerta y les dice “quiero que diseñen una colección” Saldrían corriendo a hacerlo. Entonces de qué rebeldía me hablan” (Blogger, Santiago).

Habría que pensar en cómo la investigadora organizó estas citas hasta el punto de evidenciar posiciones sino contradictorias, antagónicas a la manera de asumir el riesgo de vivir de la moda, evidenciando así la escasez de un discurso que integre los componentes teóricos y técnicos que subyacen a los estudios de la moda.

Sin duda  “Moda Chilensis, estado del diseño de autor” de Daniela Miranda es una investigación que explicita desde su mismo título la posición que la asocia a lo más medular los estudios queer, esto es, la subversión del discurso identitario y la utilización de la injuria como acción política. Si con la “identidad nacional”, los diseñadores se las ven entre los conflictos que integra “la silueta estilizada de la ‘huasa’ elegante y la ‘china’, con todas referencias del imaginario campesino agrícola” la investigadora de manera aguda va a rescatar lo local desde la impronta de lo “chilensis”. Así elabora un discurso sobre lo local asociando el adjetivo “chilensis” al imaginario taxonómico de las clasificaciones científicas a la hora de nombrar a especies que se desarrollan en este territorio (pyura chilensis, prosopis chilensis) como también al gentilicio que generalmente se utiliza como descalificación. “Es importante de hacerse cargo de la descalificación en el orden de poner en tensión la categoría que se analiza en tanto que ficción y constructo cultural desarticulable, que puede ser o no ser, Chilensis es un limbo del gentilicio oficial, es un símbolo-ente-fantasmagórico que se permite incluso la posibilidad de hacer propia la descalificación, para reproducir  una nueva categoría que contiene en sí misma muchas posibilidades de aplicación” dice acertadamente Daniela Miranda.

Sin dejar de mostrar su fascinación a los estudios culturales que experimentan con las narrativas populares y las estéticas de los sujetos considerados fuera de ese 1% de la población más rica del mundo, Daniela se entromete en los relatos de las “celebridades” buscando darle densidad a un tema como “la moda” que en una primera instancia y desde una trinchera marxista-revolucionaria tradicional podría considerarse como frívola. Pero no es posible pensar a los sujetos dentro de las sociedades contemporáneas sino en relación a sus habitus.

 

Moda y disidencia

Es importante destacar que desde una perspectiva local ha sido la inspiradora presencia y agenciamiento delslow fashion” de la diseñadora y artista Vivian Dran quien nos ha permitido profundizar en estas cuestiones de la moda poniendo el acento en los modos de producción y sus andamios con las  colectividades disidentes. El “proyecto de diseño ético y de laboratorio experimental textil Dran Bazar” ha insistido en la política de las tallas, en una anatomopolítica o una corpo-política situada, es decir, que trabaja tomando medidas y elaborando prendas a partir de las medidas de cuerpos reales. Son estas las estrategias las que rescata “Moda Chilensis, estado del diseño de autor” de Daniela Miranda, unas estrategias que buscan mirar en estos espacios donde la moda y el estilo pasan a ser una forma de vida, porque “realmente hay marchas todas las semanas y no alcanza el tiempo, ni los vestuarios, ni las consignas, ni los looks son suficientes. Así que hay que estar preparada con instrumentos y prendas políticas, hay que tener nuestros fusíles estéticos para una buena performance y para afrontar la política” dice la activista Cristeva Cabello.

Porque para finalizar podríamos afirmar tal como decía el escritor neobarroco Severo Sarduy “a la revolución se va bien vestida”.

*El texto fue presentado el día 29 de octubre de 2015 en el centro cultural montecarmelo.  Participaron además Vivian Dran y la autora. La investigación completa se encuentra gratuitamente en el siguiente link: http://issuu.com/danielamiranda94/docs/modachilensis/1


Biólogo, Doctor en Bioquímica. Colectivo Universitario de Disidencia Sexual (CUDS)