No hay como evitarlo, los chilenos somos autorreferentes y el triunfo de Macri se mide con la vara del insaciable deseo de reconocimiento que nos asedia. Macri nos quiere, de modo que en Chile ganamos todos, incluso los que perdimos.

Como estamos acostumbrados a mirar buscando nuestra propia imagen en cualquier reflejo, lo único que sabemos es que Argentina es ese país al otro lado del espejo, en el que vemos personajes y ambientes bizarros que se niegan a comportarse con nuestra fina lógica inglesa. Aquí, el-tiempo-es-oro ha desquiciado al tiempo del mate convirtiéndonos en las afanadas liebres de marzo de un libro que no ha leído nadie.

Los argentinos tienen una cultura literaria que no se fue a negro durante sus años de dictadura y la década siguiente. Cualquier argentino sabe de Macedonio Fernández, ha leído a Borges y a Cortázar y puede reconocer en su literatura las paradojas de su historia y de su vida cotidiana.

Cortázar tuvo que inventar un negociador entre sus compatriotas ordenados y desordenados. Entre los metódicos y los sensibles, entre cronopios y famas, creó una capa de personajes mediadores que denominó ‘esperanzas’ y que son como cronopios asustados. Esos son los que están llamados a gobernar ahora en Argentina.

Tal vez debí partir señalando que la coalición que ganó en Argentina no es una variedad de alianza de centro derecha como las que tenemos en Chile. Macri ganó con los sectores de izquierda de Elisa Carrió, con la Unión Cívica Radical, con los votos Peronistas de Sergio Massa y también con la derecha. Quizá eso habría sido insuficiente si los argentinos no experimentaran un sofoco con los límites de un Estado de Bienestar de tipo europeo, en el cuerpo de un gaucho que ya no puede compensar lo esmirriado con la astucia. Los argentinos se cansaron de la exageración de ellos mismos y de la corrupción, de la falta de transparencia y de un régimen que cabría calificar de soberbio pero en todo caso,  de argentinista más que de peronista.

Para ganar las elecciones, la gente seria ha debido despojarse de la corbata y aventurarse en los ritmos pélvicos de la plebe. El costo del triunfo de la gente grave y gravada, ha sido disfrazarse de alborotados y, como cualquier psicoanalista argentino lo diría; la máscara es la primera piel de una mutación verdadera.  Los argentinos son gente culta y de carácter. Una mezcla de relajados y fachosos que los atraviesa de un modo que solo pueden resolver recurriendo a esa mezcla tan propia de psicoanálisis y cirugía plástica, de resignación y nostalgia esperanzada.

Triunfó una argentina de clases medias, altas y bajas cansadas de llevar los bolsillos descosidos. Ganó una argentina crispada y relajada a la vez; una derecha suavizada por su distancia del poder y agrandada por su capacidad de negociación. Perdió una Argentina que tiene mucho que perder. Perdió la cultura de los descamisados vuelta extemporánea por los textiles chinos. Entre los derrotados hay más pena que odio y entre los vencedores más temor que euforia. Esto no excluye los desencuentros que vendrán.

Cuando el menosprecio se vuelve inviable, cuando el poder del otro se hace patente y amenazante, la líbido adquiere las formas más elaboradas y peligrosas del mito. En lo que viene, Argentina estará trenzada en un baile de golpes, agarrones y abrazos entre Macri y Cristina cuyo desenlace va a consistir en la evaporación post romántica de la caricatura de ambos protagonistas.

Volviendo a lo que siempre nos convoca, a nosotros,  es necesario hacer notar que los argentinos miran el modelo chileno como una unidad que va de Bachelet a Piñera. Cuando se proclaman dispuestos a imitar a Chile se refieren a una mirada histórica, desde el mall, y no a una opción en nuestros antagonismos políticos.

Tenemos mucho que aprender de Argentina. Ellos han tenido una cierta continuidad del Estado y del sentido de la institucionalidad que nosotros extraviamos desde el golpe. Ellos, porque son cultural y socialmente activos, pueden dar una mirada crítica a su Estado, refrescarlo y elegir que conservar y que dejar atrás. A nadie se le va a ocurrir terminar con la salud pública, las políticas industriales o el teatro Colón. Nadie va a pedir ‘más Estado’ antes de limpiarlo.

Queda por ver si los argentinos pueden consensuar sus prioridades y si son capaces de mantener y mejorar la educación y la salud pública sacrificando otros subsidios y abriendo a la vez sus mercados.  El desafío Argentino es el reequilibrio de sus bienes públicos con la transparencia y el  emprendimiento.  Desearle lo mejor al nuevo gobierno es esperar que Macri haya aprendido de los errores chilenos y se confíe más a en la diversidad de fuerzas sociales que lo apoyaron que en los tecnócratas de los que proviene.

Si Macri sigue el modelo chileno de deshonestidad -que coquetea con los movimientos sociales para mejor excluirlos-, que dice mantener los servicios públicos para mejor socavarlos, su gobierno va a ser un desastre. Si en cambio enfatiza en la transparencia y el sinceramiento de la política, si reequilibra lo público, lo privado y lo comunitario; si logra ventilar el Estado y respetar los sujetos populares; a pesar de la devaluación que se viene, tiene buenas posibilidades de llevar a cabo su mandato.

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Director Fundación Chile Ciudadano