Luego de haber comprado con más de 6 meses de antelación los pasajes para un anhelado viaje a Europa, me entero por la radio mientras conduzco, que París ha sido blanco de un ataque terrorista donde han muerto más de 100 personas, y tres de ellos eran chilenos. Es inevitable no sentirme decepcionado de mi suerte, y por supuesto preocupado, pues a sólo días de aquel terrible ataque yihadista, mi itinerario incluye las tierras de la torre Eiffel, y desgraciadamente no puedo cambiar pasajes, ni arrepentirme de viajar. La suerte está echada.

Mi vuelo es directo a Madrid -previo a dirigirme a Barcelona-, donde al llegar al aeropuerto se oyen las primeras señas de sensibilidad respecto del tema en cuestión: por altoparlantes se escucha decir que los fuertes ruidos corresponden a trabajos habituales, que los usuarios no deben preocuparse.

Al llegar a Barcelona, además del alto contingente policial y la caída habitual en el flujo de turistas debido a la temporada baja, no se percibe en el ambiente un sentido de preocupación en habitantes, ni visitantes. No reina la calma, pero tampoco gobierna la despreocupación.

Es hora de viajar a París. Me entero por las noticias que además del estado de emergencia en el cual se encuentra la ciudad, se llevará a cabo la COP21, reunión que convoca a importantes gobernantes del planeta, entre ellos el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama. A envidia de muchos periodistas, mi suerte no podía ser mejor.

Al llegar a París se advierte un cambio trascendental respecto de Barcelona: no sólo policías inundan la ciudad, militares fuertemente armados recorren los principales puntos turísticos, revisan las bolsas de basura transparentes distribuidas en todo París (similar a lo que sucede en el metro de Santiago) y no quitan de vista a cada turista en caso de notar alguna advertencia que pudiera levantar sospechas. Junto con ello, las ventanas de los edificios lucen orgullosas cientos de banderas franceses, alentando a los parisinos a ser fuertes.

El ambiente no es desagradable, pero se respira una sensación extraña. El turista en general se hace el desentendido y coopera con cualquier requerimiento y no obstruye el actuar policial.

En los Campos Elíseos, concurrida avenida que desemboca en el arco del triunfo, y que alberga exclusivas tiendas de ropa, vehículos y lugares de entretención como el Lido, cada centro comercial (desde una cafetería, hasta la tienda Mercedes Benz) tiene al ingreso guardias que no solo controlan el acceso, sino que registra minuciosamente a cada persona que ingresa al local, solicitando, sin exclusión alguna, abrir chaquetas y abrigos, al igual que bolsos y carteras, evitando así la entrada al local de algún elemento extraño.

Las sirenas en la noche alertan de que algo sucede, y sin duda, ponen la piel de gallina. La calma vuelve, hasta que vuelven a sonar y provocan una extraña sensación sin siquiera conocer qué pasa allá afuera. Puede ser un procedimiento habitual, pero eso mi mente no lo sabe y reacciona con incertidumbre.

Haciendo caso omiso a mis temores sigo recorriendo la ciudad y visito cada punto sin inconveniente alguno. Por medios chilenos sé de una manifestación en la plaza de la república que habría terminado con detenidos. En las calles no se notó mayor algarabía.

Todo bien hasta el minuto, mucha seguridad en todas partes. Es momento de ir a conocer la catedral de Notre Dame.

Ingreso bajo una lluvia tenue, pero incesante. Una vez dentro me dejo llevar por sus vidriales y santos, hasta que una fuerte alarma comienza a sonar por todo el lugar y en diferentes idiomas nos dicen que por nuestra seguridad debemos abandonar el lugar. Algo desconcertados todos los asistentes, comienzan poco a poco a tomarle el peso al llamado y se comienza a evacuar. Algo de temor invade mi cuerpo y salgo del lugar rápidamente.

Comienzo a alejarme de ahí para evitar cualquier peligro, y como si aquello hubiera sido poco, desde una salida del metro se escucha un formal llamado diciendo: “si ve algún bolso, mochila o situación extraña, de aviso inmediato a las autoridades”. Me recordó inmediatamente donde estaba, el momento en el que estaba y que nada era un juego. París está en situación de alerta, y no sé si hablar de suerte o de infortunio, pero sin duda quedará este viaje en mi recuerdo -y en el de otros turistas imagino- más por el momento en el que lo llevé a cabo, que por ser mi primera vez en Europa.

Debo continuar mi viaje a Italia y me despido de Francia con un cúmulo de sensaciones. ¿Es hoy Paris una ciudad segura para visitar? Probablemente sí. ¿Es un buen momento para visitarla? Quizás podría haber mejores. Pero sin duda es una ciudad que encanta y aloja lo mejor de Europa. El duelo de aquel 13 de noviembre desaparece lentamente, no como un recuerdo cualquiera en la memoria, pero persiste en la piel de una ciudad hoy tan bella como frágil. Sensible, pero aguerrida. Elegantemente armada. Pero es Paris, y Paris… é belle.