Iba a escribir sobre la crítica pero me decidí por Jovino, de quien hasta hace un par horas algunos esperaban que pasara tres años a la sombra, condenado por un fallo disparejo en tal caso, al menos si se considera que sus delitos tributarios –emisión de boletas falsas, evasión de impuestos, declaraciones truchas, facturas apócrifas, etc.- no merecían un estelar en un contexto en el que casi toda la clase empresarial y casi toda nuestra extraña familia política actuó del mismo modo, con matices que no importan. Hubiera sido un castigo demasiado selectivo, destinado a ocultar un bosque entero detrás del árbol, puesto que las democracias neoliberales funcionan así prácticamente en todo el mundo, por no decir que ésta es su esencia: la subordinación de las ideas y el ejercicio libre de la palabra al poder del dinero que mueven a paladas lobistas y recaudadores. No hay para qué asombrarse, no sigamos exagerando.

Sin exagerar, en cambio, habría que decir que estos delitos son un hobby o entremés si se los sume en el prontuario oprobioso del coronel, donde desfilan viejas denuncias por crímenes de estado, manipulación de los medios, implementación de la censura y severas vistas gordas a cuanta violación a los derechos humanos se haya cometido cuando reinaba sin el favor de los votos del pueblo, a la sombra de Pinochet.

Pero si se la habían perdonado en aquel momento, no es ilógico que se la perdonen ahora: tiene tos, duerme poco, los pulmones no le responden y va por los setenta años. No sabemos si, como en la novelita de García Márquez (el escritor Fogwill lo llamaba García Marketing), el coronel destapará el tarro de café para comprobar que no hay más de una cucharadita o se sentirá “puro, explícito, invencible” en el momento de responder “¡mierda!”, pero sí sabemos que varios de sus amigos se han hecho a un lado, que los de la UDI titubean mientras se lavan las manitas y los del “Guerrero Olivos”, sus viejos socios del estudio de abogados, se limitan a informar taquigráficamente que ya no es parte del equipo.

Habría que decir en su favor que a esto el coronel está acostumbrado, partiendo por los días en los que la pleitesía que le brindaba al dictador éste se la devolvía moviéndolo como un peón de un lado para otro: a la Secretaría General de Gobierno primero, cuando se requería de una pátina civil para perseguir a Tucapel Jiménez, calibrar el voltaje de electricidad que se aplicaba a los cuerpos, controlar los nombramientos en TVN y La Nación, implementar la censura o movilizar a una derecha más pulida para los feroces actos del régimen, a El Mercurio inmediatamente después de que en marzo de 1982 dieran de baja a su conspicuo editor, Arturo Fontaine, y de una patada a la calle al final, cuando las huestes de don Onofre empezaron a presionar para rebajar la presencia del gremialismo en el gobierno.

En su biografía sobre Agustín Edwards, Víctor Herrero despeja la intriga: corría un mes de enero de 1985 cuando Pinochet tuvo en su casa (la casa de gobierno) una de sus habituales reuniones con el dueño de El Mercurio. Apuntaban a un arreglín, similar al que poco más de una década atrás habían hecho para voltear cobardemente a nuestro último gobierno republicano: el diario se venía abajo, tenía una deuda de cien millones de dólares de los cuales la mitad se los debía directamente al Banco del Estado, el dictador se haría cargo en persona de alivianarle la deuda a la empresa periodística siempre y cuando despidieran a Novoa, cuya cabeza, que tardó pocos días en rodar, era pedida a gritos por una camada nueva en la que mandaban jovenzuelos como Francisco Javier Cuadra.

El pobre coronel fue el conejillo de ese opaco salvataje. 

Y a pesar de que casi treinta años más tarde, desvestido de pies a cabeza por el Informe Valech, declaró que “la participación de civiles en la dictadura significó una mejoría notable en la situación de los derechos humanos”, no tuvo problemas en 1982 en reemplazar como Jefe de Servicios Informativos de El Mercurio a un Arturo Fontaine que había sido despedido por realizar tímidas críticas constructivas a un gobierno del que formaba parte y del que era un gran adepto. En la editorial del 28 de marzo de 1982, apremiado por la iglesia, Fontaine no acusa directamente a las Fuerzas Armadas por los crímenes de estado, sino simplemente a la policía, motivo por el que a una altura de ese escrito leemos: “No hay orden posible cuando la vida se arriesga en la calle de la manera que está ocurriendo, no ya en refriegas con extremistas, no en actos de guerra, sino en liquidaciones de cuentas que se conocen en las mafias extranjeras, pero que no habían existido hasta ahora entre nosotros”.

El ahora para Fontaine remitía a 1982, como si antes no hubiese sucedido nada, por lo que sobra decir que si el coronel aceptó reemplazar a un editor que acababa de ser “desvinculado” por hablar de crímenes que a un supuesto estado benevolente se le estaban escapando de las manos, imaginamos que fue para corregir ese imprudente desvío del lenguaje, salvo que se piense que Pinochet entrevió en esa denuncia un asunto de alta importancia y consideró a Jovino para que la investigara hasta sus últimas consecuencias.

No es lo más probable, pero sobretodo no fue lo que pasó, porque lo que pasó fue que el coronel traspasó su legendario arte de contemplar los abusos más horribles desde el retrovisor a las arcas del “decano”, desde donde ninguneó con sorna a víctimas y testigos. Ayer al mediodía se presentó ante el Magistrado, dijo “Buenas tardes”, dio su nombre completo y se limitó a escuchar en calma la condena: mucha pena remitida. Y encima sin fumar, porque no es tan tonto como para ignorar que el cigarro no será con él tan inocuo como lo fueron la memoria y los tribunales de justicia.


Escritor y profesor Universidad de Chile