Lo nuevo está naciendo y lo viejo está moribundo.  ¿Cómo, si no, podemos entender la ausencia de Mariano Rajoy del debate televisivo de anoche? No es difícil imaginar qué hubiera sido de él, incapaz de responder, incapaz de argumentar, incapaz de ir más allá de las consignas de sus asesores, esas que están pensadas para los electores de la España provinciana de edad madura y para los ya convencidos. Por instinto de conservación, Rajoy se fue a Doñana, que es un lugar de paz, no sé si tanta como un cementerio. Su suplente, una mujer inteligente sin duda, sufrió cuando hubo de justificar su ausencia diciendo que su jefe no había ido porque ellos son un equipo. Un argumento tan pueril no merecía respuesta, y ella fue consciente.

 

Eso ocurrió en el minuto uno del partido, como quien dice, y la vicepresidenta no levanto el vuelo en toda la noche. Estuvo nerviosa, maleducada incluso. Torpe en ocasiones, como cuando equiparó la formación de una mayoría parlamentaria de gobierno con la clasificación de los equipos en la Liga de fútbol. No se puede saber si era ella la que hablaba o era la que decía lo que hubiera querido decir Rajoy. La  corrupción la asfixió: al alud de Iglesias con nombres y casos solo pudo responder equiparando a la familia Genovese con Monedero. En cualquier caso, Sáez de Santamaría evidenció dos cosas: que en un debate como el de anoche su talla es poco más que la de una opositora redicha, con una prosodia insufrible y una jactancia que evidencia sus insuficiencias; y la segunda, que una cosa es hablar a opositores desde el banco azul amparada en un rodillo parlamentario, y otra muy distinta enfrentarse en un debate [relativamente] abierto.

Sánchez, sencillamente, naufragó ante unos adversarios superiores. Demasiada sonrisa fotogénica, demasiado mirar atrás, a la hoja de servicios del PSOE y, sobre todo, un abuso de la idea de la primogenitura: solo él y su partido pueden derrotar al PP, un producto muy difícil de vender ante una opinión pública que parece percibir que, como le dijo Iglesias [martillo pilón] en varias ocasiones, su partido dice unas cosas desde la oposición que no hace cuando está en el gobierno. Es un líder precario, y se le nota [también por esa banda entró el de Podemos]. La sombra de Susana Díaz es larga-larga y el peso de la federación andaluza, amparado en los resultados de las encuestas, aplastante. En cualquier caso, el problema del PSOE no es de nombres, sino de credibilidad. Siguen en activo, negándose a abandonar el escenario, personajes que son una rémora, un lastre, un recordatorio andante de un partido que no volverá a ser lo que fue.

Se esperaba más de Rivera, aunque transmitió que la nueva derecha española es solvente y cuenta con un liderazgo incuestionado. Esa fue su ventaja y la de Iglesias, ambos son los jefes de filas de los suyos, cosa que ni la representante del PP ni el secretario del PSOE transmiten. Rivera estuvo demasiado comedido con el PP y poco agresivo con el PSOE. Lo de no entrar en el “y tú más”, es buena idea; pero la defensa de los pactos con unos en Andalucía y con otros en Madrid resultó forzada y manida. Estuvo más convincente que el PSOE y el PP en el tema de los compromisos militares de España, pero su posición ante la cuestión catalana adoleció de interés por reiterada. Se espera más de un hombre que viene de la periferia peninsular a la hora de entender la pluralidad española, y no quedó claro qué propone a sus amigos, vecinos y familiares que están en la órbita soberanista.

Iglesias el más mediático y experimentado en debatir de los dirigentes fue el que se llevó el gato al agua, aunque le sobró cierta soberbia cuando abusó de pedir calma a sus antagonistas. Él supo transmitir que existe una posibilidad real de cambio, con una convicción y una naturalidad que no tuvieron sus adversarios. Fue valiente en su defensa de la pluralidad de España y se presentó como lo que es: un unionista, según la fórmula que los independentistas catalanes utilizan para denostar a sus contrincantes. Pero no es un partidario de la permanencia de Cataluña en España a cualquier precio. Fue el único que parece comprender que España es un estado plurinacional, y que hay que aceptarlo y ajustar lo que sea menester para que siga unido. En política económica evidenció que tiene ideas nuevas, que cuanto menos evidencian que no se resigna al más de lo mismo que proponen el PP, Bruselas, Berlín y la Troika. La respuesta de Sánchez sacando a Tsipras y a Grecia de la chistera fue de un tenor parecido a la de Sáez de Santamaría oponiendo la factura de Monedero a Bárcenas, Rato, la Gürtel, etc., etc., etc.

Pese a que se obligó a los intervinientes a aguantar dos horas a pie firme, sin un atril en el que apoyarse [Rajoy estaría hoy con lumbalgia aguda]; pese a que el escenario pareció pensado con cierto sadismo, fue un buen debate, histórico en la medida que nunca se había hecho algo similar. Lo que es normal en las democracias avanzadas, en España no se había hecho nunca. La nota tuvo que darla el presidente del Gobierno, con su ausencia; pero eso dice más de las flaquezas del PP que de la realidad del arco partidario que tenemos.

Es verdad que temas muy importantes quedaron en el tintero. Es verdad que apenas se habló de grandes problemas como las alianzas en política internacional, las amenazas sobre Europa, el cambio climático, las migraciones, los tratados internacionales en ciernes. Es verdad que el debate resultó un poco como del planeta España, solitario en la galaxia. Esto es lo que hay.

También cabe destacar, en positivo, que los periodistas fueron como los buenos árbitros de futbol: hoy no hay que hablar de ellos.

Pese a todo, los dos ejes de los que tanto se había hablado combinaron bien: el eje izquierda/derecha, y el eje viejo/nuevo. Cuanto al primero, una izquierda desconectada de la mayoría ciudadana se vio superada por la nueva que, con los errores e inexperiencias que se quiera, proponen otro camino. No quiere tomar el cielo por asalto, sino algo más tangible, más en consonancia con las necesidades reales de la mayoría de la gente que está en el lado malo de  una España mucho más desigual que hace cuatro años. El eje viejo/nuevo quedó negro sobre blanco: los dos jóvenes de los partidos viejos no pudieron con la frescura de los otros dos que llegan ligeros de equipaje. Sencillamente no pudieron.

Veremos qué pasa en el próximo debate entre Rajoy y Sánchez. Ambos acuden por motivos distintos. Uno, porque quiere hacer, como él mismo dice, lo que siempre se ha hecho: un juego de monólogos alternantes. El otro, porque el ser reconocido como jefe de la oposición le da un espacio televisivo en el que espera recuperar terreno. Veremos. En cualquier caso, trabajo tienen los organizadores para innovar un formato que no huela a naftalina. O a muerto, que sería mucho peor. En cualquier caso, creo, la criatura ya está aquí.

 

 


Académico del Departament d'Història Contemporània, Universitat de València