Nadie puede poner en duda el liderazgo de opinión de Juan Cristóbal, es el primero entre pares cuando se trata de denunciar y hacer visibles los vicios del fútbol nacional.  Cuando él habla el periodismo deportivo, los políticos, jugadores  y opinantes comunes se cuadran.

Juan Cristóbal lleva un tiempo parado en su cajón de manzanas cumpliendo el rol de ser la conciencia colectiva y “portavoz del pueblo”; el único que dice lo que nadie más se atreve” ante las pérfidas acciones a que  la camorra del balompié local nos tiene acostumbrados . Y en esa tarea, merced su excelente retórica y puesta en escena, ha sido fundamental para denunciar la trama de corrupción, favores y relaciones entre dirigentes, políticos, empresarios e hinchas pagados. Pero cuando se trata de la violencia en el fútbol, la altura de su cajón de manzanas lo marea, y por estos días, se cae.

Y es que si los comunes mortales cambiamos de opinión de acuerdo al contexto, y a veces no estamos de acuerdo con lo que dijimos la semana pasada, Juan Cristóbal tiene la divina capacidad de pensar lo mismo, sin mutación alguna, por veinte años, y aún más, estar  orgulloso de ello, tal cual profeta incomprendido, el profeta JC.

Así, como buen agorero, Juan Cristóbal ha  anunciando la muerte del fútbol  durante veinte años  y por las mismas razones, golpeando con su voz las puertas de comisarías y oficinas de autoridades pidiendo cabezas y  exigiendo mano dura para los delincuentes, vándalos y simios que expulsan a la familia de los estadios, lo que por supuesto ha sido remedado y reproducido sin crítica por sus discípulos.

Durante veinte años de  profecías del juicio final futbolístico, la mano dura ha llegado en distintas maneras: penalizaciones al borde del estado de derecho, aumento de los castigos, entradas más caras, revisiones infinitas , empadronamientos,  torniquetes y guardias, carabineros dentro y afuera,  sándwich de ocho mil pesos, pero nada ha resultado, seguimos ad portas del apocalipsis.

Juan Cristóbal es un tipo inteligente, seguramente ya intuyó en todo este tiempo que su diagnóstico pudo estar errado,  pero prefiere acallar esos impuros  pensamientos por lo poderosas que son las dádivas del rating, los clicks y visitas de youtube; las mismas que hoy lo suben a su púlpito, desde donde nos muestra el rostro de la virgen reflejado en los  casquillos de bala sobre el césped, invitándonos a encender hogueras con bengalas para que ardan en ella todos los infieles.

No más Juan Cristóbal, ha llegado la  hora de cambiar la orientación de tu ministerio,  por un lustro pediste “mano dura”,  repetidamente la tuviste, y cada vez falló más estrepitosamente. Hoy, vuelves a interpretar libremente las escrituras para invocar plagas, tampoco funcionará.

Si el fútbol está en crisis no es tanto por la corta visión de autoridades, ambición de dirigentes  o “maldad endémica”  de los hinchas, se muere  porque los que tienen la tribuna, el tiempo y la perspectiva  para hacer algún cambio verdadero, prefieren quedarse en el discurso Lampedusiano de siempre: el rápido y poco serio, el que acusa a todos los otros de estar mal sin hacer una mínima autocrítica, destruirlo todo por la noche, para que amanezca igual.

Juan Cristóbal, quieras o no tienes una responsabilidad hacia el fútbol,  no necesitamos más profetas del fin del mundo, necesitamos que las personas  que tienen las aptitudes tomen la bandera de aportar con soluciones, ya  no hacia la reduccionista “mano dura” esperable de cualquier compulsión intestinal, sino hacia la búsqueda y  control de  las causas que hicieron del fútbol un sinónimo de problema social, de violencia; las que permitieron que los delincuentes lo dirigieran y  se lo trataran de llevar para la casa. Sin ese diagnóstico no hay solución posible.

Es cierto, planteamos un partido poco agradable: pausado, opaco y con poca gloria,  (la para, mira y la  toca)  pero es imperativo jugarlo si  estamos francamente comprometidos con el rescate del  fútbol. Nunca es tarde para cambiar, sobre todo cuando hay un bien mayor en juego…  hagámoslo por responsabilidad social, por el amor al fútbol que compartimos.


Sociólogo, Centro de Estudios Socioculturales del Deporte