Dos o tres semanas atrás hubo un pequeño debate, fue en Chile, y esta vez no transcurrió por suerte en la TV, con candidatos aburridos dándose tarascones entre sí con el fin de terminar haciendo todos más o menos lo mismo –o sea, nada-, sino entre un grupo de escritores y críticos jóvenes. No es habitual que suceda, motivo por el que aunque sea de manera tardía vale la pena resaltarlo. Sabemos que el fuego lo abrió Patricia Espinosa, quien disparó contra la última novela de Alberto Fuguet, según mi parecer menos a quemarropa que para sancionar la ubicuidad de la intriga, una tibia confesión a dos voces sobre la homosexualidad con toques que le resultaron anticuados, similares a los que serían propios de una novela erótica publicada en tiempos del porno.

Siguieron Claudia Apablaza, Diego Zúñiga y Gonzalo León, quienes de distintas maneras depositaron notas de protestas bien elaboradas acerca de cómo se ejerce la crítica en este país, con monolingüismo impune y pulgar de emperador, todo vertido en interesantes columnas o papeles con los que otro crítico, Camilo Marks, se permitió hacer injustos bollitos que tiró de un saque al cesto de la basura, no sin dedicar antes varias líneas sobresalientes a su propio currículum y lucir un tono paternalista idéntico al que los más jóvenes decían que es parte por estos lados ya de una tendencia o una inercia.

De ese paternalismo, que suele combinar el cobijo con la cachada o la caricia con el desagravio, Marks dio algunas pruebas extremas y de muy mal gusto, como por ejemplo la de hacer público que en una antología suya tuvo que editar por completo el cuento de uno de los polemistas porque estaba mal escrito. Esto no se hace, así de simple, aunque más no sea porque obrando de este modo se desautoriza el propio antologador, de quien permanecerá en el misterio el motivo por el que seleccionó el cuento. 

De Fuguet no fui nunca un lector apasionado ni me gusta cómo escribe, un asunto de formas que carece aquí de toda importancia, a pesar de lo difícil que me es no reconocer en aquellos primeros libros como Sobredosis o Mala Onda, escritos a combustión, con frases mal trazadas que tenían la gracia de revolcarse unas encima de otras al interior de una fiesta sintáctica deliberadamente sucia y distendida, una cierta pulsión liberadora en relación a algunas de las novelas que se venían escribiendo bajo dictadura, donde reinaban esas teorías grandilocuentes que llamaban a desplazar la narración por medio de alegorías incomprensibles que ponían supuestamente en crisis la “representación” o la literatura “en general”.

Personalmente pienso que una buena novela, como dijo Horacio González y recuerda recientemente Tabarovsky, es una pequeña teoría no declarada, algo que Bolaño entendió a la perfección y que encontró en la pluma desprolija de Fuguet un primer asomo, el suficiente como para que comenzáramos por fin a olvidar un tipo de narrativa que, a título del trauma, el duelo, la microtrama o lo que fuese, no le dejó al país un solo indicio acerca del horror padecido, pues se desarrollaba a través de claves o códices que al parecer solo los filósofos y los especialistas norteamericanos estaban en condiciones de descifrar.

Ejemplifico con Fuguet no porque me guste, como ya expliqué, sino porque es útil para comprender por qué una determinada obra, más aun por estos días, puede ser interesante en un contexto sin serlo necesariamente en otro, dependiendo no sólo de cómo se la lea, sino también de cuán abierto esté el ejercicio de la crítica a establecer redes más complejas o a experimentar con relaciones menos pensadas, sembrando una comunidad de ideas en otra a través de un pronunciamiento público que, por lo demás, debiera dejar definitivamente atrás el corporativismo, el lobby literario o los menguados clubes de amigos. Sin tener ningún elogio en particular que dedicar a Espinosa, no creo que se puedan hacer recaer estas notorias carencias nuestras en sus columnas de los viernes, en las que dicho sea de paso sacrifica su acaso de escritora en la soledad del arbitraje y el tedio del especialismo, un género que existe en todos los países del mundo y de cuya mayor o menor importancia sólo son responsables los debates que no existen, los experimentos que no se hacen o las columnas de crítica que no escribimos.

La crítica no es algo en sí mismo -la ilustración la tomó de los temerosos fragmentos profanos que atesoraban los tratados medievales, Benjamin la rastreó en los dramitas luctuosos, Bajtín la investigó en la potencia igualitaria de los ritos populares y Kant la redujo en el campo de la estética a una recortada comunidad de hombres sensibles-, por lo que si hay algo importante que pesquisar en ella, esto consiste precisamente en que es un objeto sin significación precisa, perpetuamente abierto a los procesos que intervienen en la reescritura y la reconfiguración del mundo, razón por la que se la puede dotar de todo lo que se quiera –de un carácter más arriesgado, probatorio o performático- sin ceder un ápice al peor de los tribunales, que en tal caso no es el que merodea en la cabeza del experto que ametralla, formado previamente en el arte de liquidar a dos o tres paquetes que le tiraron los editores para probar si era o no lo convenientemente sanguinario, sino en las definiciones que aceptamos de antemano, sin cuestionarlas ni tampoco tensionarlas.

Es exactamente el motivo por el que pienso que vale la pena celebrar estas últimas discusiones aportadas por Apablaza, Zúñiga o León, a las que sumaría la de Diego Parra en este mismo periódico, quien con independencia de que estemos o no de acuerdo transportó el asunto al campo de las artes visuales, donde también proliferan los partidos arreglados y los guiños de camarín, un vicio tan común como propio de cortes pobres que, como sucedió con escenas como las de la Avanzada en otros días, justificados solo porque transcurrían en medio del desamparo y la excepción, arriesgan con heredar del pasado un testimonio muy escuálido sobre la vida colectiva y las impiedades de la historia.

En ese sentido coincido con Apablaza en lo triste que resulta el hecho de que la crítica en Chile siga dependiendo de dos o tres jueces, de los Marks o de las Espinosas, no porque piense que lo que escriben es malo (o permanentemente malo), sino porque se podría pensar que resulta insuficiente. De esa insuficiencia sin embargo yo no los acusaría a ellos; me parece más correcto acusar a quienes hablan en los túneles o envían a un autor amigo notas ponderadas que éste jamás verá publicadas en ningún medio. (Continúa). 

 


Escritor y profesor Universidad de Chile