Propuse escribir sobre Osvaldo Ulloa (1954-2008) hace algunos años (eldesconcierto nº 2, mi segunda colaboración) pero el jefe me disuadió con argumentos pragmáticos; el personaje no era para nada conocido y la urgencia revoltosa de la contingencia –la línea del proyecto– no estaba para tibiezas. Como era un número impreso, costos mediante, le encontré razón y escribí otra cosa, con seguridad igualmente tangencial y difusa, que pasó colada. En esta oportunidad, en que sólo ocupará unos cuantos megabites en el servidor, aspiro a pasar colado una vez más.

Decía Gabriela Mistral que publicar un libro de poemas es como arrojar una pluma desde un acantilado y esperar que haga eco… No es ningún insulto para el poeta, entonces, que pocos conozcan de sus ocho libros –los de Ulloa, digo–, casi todos salidos de la ahora inexistente Ediciones San Damián. Menciono algunos: “Poemas a Naty”; “Abrir los brazos para abrazar o volar”; “Qué dirá la gente”, y los impensados textos didácticos “Manual de poesía” y su “Manual de cuentos”, en los que se toma en serio eso que se practica en los talleres literarios, en que se enseña algo así como a leer y escribir literariamente como quien planta un hidroponio (no sé si existe algo así pero se entiende), lo que atribuyo más a un vago sentido de la disciplina, pero que a él le funcionaba en los varios talleres que fundó, dirigió o de los que fue el alma misma.

Palabras

Conocí a Osvaldo cuando conformamos un taller literario que funcionaba al alero de la Pastoral Universitaria de la Universidad Técnica del Estado, UTE (amplio paraguas para casi todas las acciones contestatarias en la época en nuestra casa de estudios, la USACH de ahora) allá por el año 1978 (con alguna incerteza; pero éramos contemporáneos con la ACU, un referente que reconocíamos como el hermano mayor de todas las escasas actividades que más o menos enmascarados de beatos realizábamos en la Pastoral de la UTE). Osvaldo sí era un católico de verdad, y ya un conocedor de lo que era su pasión, la literatura (estudiante de Castellano, había ingresado antes y casi paralelamente a Seguridad Industrial en la misma universidad). Hablaba con soltura de escritores que los demás apenas conocíamos, y con profundidad de aquellos de que al menos teníamos sospecha.

Alguna vez lo acompañé a su casa paterna del barrio alto donde vivía solo o en pareja (o así lo entendí entonces, con padres eternos viajeros o algo parecido, acaso exiliados) y relamiendo sus metros de libros y revistas culturales comprendí en parte esa solvencia suya que se adivinaba en todas sus seguridades; la principal de todas lo mantuvo a firme en la universidad como docente y lo dejó candidato a doctor en letras cuando la tentación del mar lo llevó voluntariamente a esa otra dimensión en la que acaso ya no creía. He leído por ahí que la decepción que le causó la política concertacionista de esos años hasta 2008 –la posterior no llegó a conocerla, no la hubiera resistido: la hubiera resistido– pudo más que el amor al que siempre cantó, con nombre y todo, Lita, y el profesado a sus bellas hijas y guapos hijos, o al que sentía por esos postizos y putativos, sus alumnos. Pero mejor retirarse respetuoso de esa alfombra que dejó extendida un 27 de julio y que nadie más volverá a pisar. Una vez confesó que ver (visionar, se dice) la película “Ya no basta con rezar” lo sacó de su “cristianismo de sacristía”. Pero no tengo razones para creer que haya abandonado su fe; fue de los cristianos que avientan a los mercaderes del templo (en este caso, a los que piensan que los creyentes son oligofrénicos), acción de la que se abstuvo con nosotros, reconocidos oportunistas leninoides pero no por eso menos hermanos.

El taller Palabras (que fundamos y dirigimos ese año 1978, nombre que impusimos con Osvaldo con argumentos simplistas) reunió a cerca de una veintena de estudiantes, ellos y ellas, de varias carreras, incluidas ingenierías, que funcionó sin mayores deserciones con la consabida técnica de los talleres literarios, esto es lectura y análisis, donde Osvaldo solía apabullarnos con sus textos, aunque le empataba en los análisis. De allí surgió la batería de poemas que yo solía presentar en los actos solidarios aquí y allá tanto en la Universidad como fuera de ella, junto a María Elena Úgaz, que leía los suyos. A ella le cargaba que nos presentaran como “Edison y María Elena” (o al revés) porque llamaba a equívoco, del que yo salía ganancioso al menos en imagen, aparejado (no emparejado) con su extraña belleza totalmente gatuna algo engrifada y en la que desbordaban sus ojos iridiscentes y un cabello renegrido, hirsuto, en realidad definitivamente chascón. Sé que terminó en Canadá casada con su pareja de entonces, ingeniero, hoy seguramente de 4×4 y casa con vista al lago. Con él intercambié mi sofisticada calculadora Casio fx-39 estadística –que me permitió aprobar el ramo afín sin contratiempos– por la suya, esas básicas con apenas las cuatro operaciones y el porcentaje, para él totalmente inútil, trueque producto de su razonable petición a la que accedí solidario (las sílabas métricas se cuentan con los dedos y no se necesita calculadora), en una de las tantas veces en que coincidimos en el casino haciendo uso ambos de la beca de alimentación.

Al final de ese año la Pastoral de la UTE sacó unas hojas mimeografiadas en papel roneo, dobladas a mano y con dos corchetes al lomo (manualidad que compartimos con Osvaldo en un mesón de la Pastoral), con la cosecha literaria del mencionado taller, a guisa de revistilla, que le significó a Osvaldo un gran reto de los curitas, mapucistas todos ellos, que esperaban por lo menos un asalto al Edificio Diego Portales armados de versos libres, y no ese melindroso puñado de poemas de jóvenes poco comprometidos con la causa, que eran la mayoría. Ineficiente forma de entender la realidad la nuestra, marginalizados de las verdaderas acciones estudiantiles promovidas en la Universidad de Chile.

Para Osvaldo, una de las satisfacciones de su vida adulta y de docente universitario fue su viaje a Nicaragua (hay una foto suya con el poeta Ernesto Cardenal, ministro de Cultura entonces y sacerdote católico discípulo de Thomas Merton). Por muy sandinista el ministro de la revolución, todos lo reconocen por un poema de amor, su Madrigal, musicalizado, ese que empieza “Al perderte yo ti tú y yo hemos perdido” (hasta ahí la cita porque el resto es una falacia). Visitó ese país centroamericano para interiorizarse del funcionamiento de los talleres literarios populares, que de alguna manera intentó replicar en Chile a su regreso. Tuvo cierto éxito en ello, a tiro de piedra, pero no más allá, una frustración que cargó desde entonces.

Hotmail

Tengo el mail de Osvaldo; si uno le escribe en lugar de conducir a un error del tipo 404, aparece una página con algunos de sus poemas. Aclaro altiro que no es “su” respuesta fantasmática sino una preparada por otras manos, más terrenas, conocedoras, porque la selección es buena, aunque hasta donde lo conocí creo que se hubiera dejado antologar con mansedumbre. Como en esta era la capacidad de síntesis y de plagiar corren paralelas como las líneas del tren, al que desee saber más del poeta Osvaldo Ulloa prefiero endilgarlo por las rectas redes de la internet, Wikipedia incluida, democrática manera de saber todos lo mismo, especialmente cuando no hay otras formas más asequibles (¿quién buscaría en una librería de viejo un libro de un poeta del que nada sabe?).

Ulloa 1

Ulloa 2

Ulloa 3

Ulloa 4

Ulloa 5

Ulloa 6

Transcribo un poema de amor a Lita (Hurtado), la estilizada belleza colorina de la universidad, su esposa en su momento y madre ignoro de si todos o parte de sus cinco hijos (estuvo recasado). Habla de un amor que transcurre y se transforma, pero permanece.

Junto a la Fuente Alemana

Cuando éramos todavía unos adolescentes

nos juntábamos aquí junto a la Fuente Alemana

desde nos íbamos a un hotel a hacer el amor. [SIC]

Hoy me quedé en este lugar esperándote

llegaron los vendedores de globos y maní y las gitanas

llegó primero el crepúsculo y después la noche

vinieron los recuerdos y la melancolía

pero tú no has llegado ni llegarás:

tú me esperas en casa tal vez preocupada por mi demora.

De síntesis extrema (no se desgastaba inventando títulos), la misma musa le inspira este poema cuyo análisis demandaría harto más espacio:

Tu cuerpo es publicidad de ti misma

me crea la necesidad de ti.

Espero no haber dado la idea de un tipo adusto que sabe su doctrina; Osvaldo siempre fue lúdico, alegre, livianito, de una inteligencia así como ‘casual’. Como queda de manifiesto en los poemas amorosos anteriores, y en el poema sumatorio a continuación. Y para recabar respeto de los más prosaicos, debo decirles que Osvaldo fue miembro sobresaliente del Movimiento Sebastián Acevedo y la dictadura lo relegó su buena temporada a Río Frío, así es que no lo miren como carne de cogote.

Testamento

Es obvio les dejo los poemas que tanto me han costado
solamente el tiempo dirá si se los dejo solo a ustedes
o también a futuras generaciones
les dejo el amor por la poesía la pasión por las palabras
que se unen y desunen tejiendo textos que dicen cosas
que dichas con el lenguaje de la calle resultarían prosaicas.
Pero no crean que les dejo solo lenguaje
éste no es más que el envoltorio de amores
alegrías tristezas vida muerte todo
lo que es el material de la poesía
a los enamorados les dejo poemas de amor
a los que luchan por la justicia
les dejo poesía combatiente
a los que necesitan alimentar el alma
les dejo poesía espiritual metafísica.
También les heredo los libros que escribí
para que aprendieran a escribir y leer poesía
los encontrarán en bibliotecas y librerías
finalmente les dejo el deseo de saber quién fui
un hombre de la generación de las flores
del triunfo de Allende de la lucha contra la dictadura
un profesor que amó a sus alumnos como a sus hijos
les dejo la alegría de haber vivido no solo para ganar el pan
sino para encontrarme conmigo mismo y serme fiel.
Para que se entretengan les dejo los mitos que se crearán
a partir de mis luchas y de mis amores.
Por fa no se vayan al chancho no le pongan mucho.

Pero de todos sus poemas, hay uno perdido de esos años en la UTE, ignorado por sus recopiladores (quedó RIP como todas esas poesías en hojas de roneo), en cuyos versos todavía resuenan los Hawker Hunter de septiembre, y su metralla nos sigue impactando –el cuerpo humano y social– con esquirlas que no hemos sabido quitarnos en todos estos años.