Cristóbal Valenzuela me pareció un tipo tranquilo con una necesidad irrefrenable de hacer imágenes. Un audiovisualista y fotógrafo con la cabeza bien puesta sobre los hombros. (Solo es una primera impresión, pero me parece confiable). Una especie de espía que saca fotos a traición a las arrugas en la nuca del ubicuo gordo chileno, cajero, o reponedor de supermercado, o el que hace las bolsas. Veo allí algo que quizás Cristóbal no puso, pero yo lo veo –eso es lo entretenido de las imágenes–, veo aquí como en otros personajes del libro (el técnico de la compañía de luz, el habitante invisible del descascarado departamento, la muchacha que mira su celular en la tienda de productos chinos, el aéreo guitarrista del bar de la calle Monjitas), al individuo que tenemos pendiente en el arte y en la ideología, el sujeto nuevo, descendente, ascendente, descendente, de la pobre clase media pobre, en fin, veo la nuca arrugada de la cabeza del pueblo.

El método es simple: uno toma el libro y abre una página cualquiera. No tiene que recorrerlo en orden. Estira bien el papel, puede incluso hacer presión sobre la costura, y observa un rato la foto. Al principio ve lo que está allí, en la superficie, pero cuando ha pasado algún tiempo, apenas unos pocos minutos, ocurren dos cosas, comienza a ver más y comienza a pensar. De allí en adelante piensa-ve.

2a---IMG_2779-correc-r72Garzona del Bar El Amigo. Octubre, 2014.
El libro está lleno de rostros, pero no hay en él un retrato. Desde las estrategias de presentación de situaciones y personajes hasta el nervio momentáneo del productor, estamos en las antípodas de la planificación del retratista. Cristóbal está allí cuando la garzona del bar El Amigo cree escuchar un sonido que atraviesa la música de sus audífonos rojos, y se vuelve, curiosa, inquisitiva y decide hacer algo que nunca sabremos. Es un plano sin contraplano. Un desequilibrio sin compensación. Una buena película de una sola imagen, una especie de encuadre temporal insuperable que el fotógrafo decidió definir como el borde de una acción antes de la acción, para dejar luego allí, botado en el suelo el futuro desde ese pedazo de octubre de 2014.

1f---IMG_9977-correc-r280Mujer en taxi. Avenida Bilbao. Enero, 2014.
Una vez más el pie se le impone a la foto, la sujeta, mortificándola con la fundamental importancia del afuera. Hay un afuera del encuadre, y hay un afuera del tiempo de la propia fotografía. Hay una línea invisible –un filósofo francés dice algo así– que va desde la imagen al universo, a la inmensa inconmensurabilidad del espacio-tiempo. Esa línea sale, aquí, desde la pensativa melancolía de los claros ojos de la muchacha que, pensamos, acaba de sufrir una decepción (con el novio, quizás; o en la compañía de teléfonos, da igual) y se dirige a “ningún lugar en ninguna parte”.
Sea como sea, ahí está el pie y su denuncia: el vector que reclama el universo arranca en Avenida Bilbao en enero de 2014.
¿Quién es? Una hija de una familia de la Europa oriental, se antoja, una gitana, quizás. ¿Qué es aquello que ha capturado su mirada? No lo sabemos, no lo sabremos nunca, y tampoco importa, pues no es la fotografía de una muchacha, es la mirada de una mirada. La momentánea pasividad que puebla la foto es la febril actividad de un pensamiento que ha quedado suspendido en el desenfoque, en ese momento en que interrumpimos la mirada para intentar divagar mientras el mundo sigue ahí ante nosotros, y lo miramos, pero solo lo entrevemos.

 

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Cada uno puede pensar-ver lo que quiera ante una fotografía, pero se requiere que la imagen misma lo permita. Quizás no hay fotografías buenas y fotografías malas, me dice un amigo. Es cierto. Quizás solo hay fotografías de superficie que se miran rápido y otras que nos demandan una duración suscitante. Las de Cristóbal Valenzuela son de esas.

El libro se lanza el 16 de diciembre a las 19.30 hrs en Bellavista 0594, Santiago.

INVITACION CAFEINA-01