Para el pensamiento humano quizá resulta demasiado difícil salir de un binarismo constituyente que puede formularse como la oposición entre lo uno y lo múltiple, o lo simple y lo complejo. Este duo puede ser entendido como un dispositivo configurador de lo que llamamos humano, especialmente si tenemos en cuenta que usándolo como base fundamental de nuestras relaciones, adosamos a él una serie de representaciones sin las cuales no resultaría fácil pensar y valorar el mundo. Entre estos dos términos no hay nunca igualdad de preferencia. O se quiere lo uno o se quiere lo múltiple. La unidad, lo simple por excelencia, tiene en nuestra tradición una predominancia jerárquica respecto a lo múltiple. Ella, dice Edward Said, es usualmente comprendida como eminente, porque viene primero que lo complejo, y de alguna manera persiste como principio articulador de aquello que es ‘derivado’ [1]. Lo simple se muestra como aquello que no tiene movimiento, que sólo es lo que es, sin mancha, sin corrupción, sin pecado. El judeocristianismo llamó a esa simpleza fundamental Dios, principio desde el cuál se ordena toda una creación en permanente decadencia. Sólo lo simple no decae, sólo ahí encontramos la fuente de la verdad y, por eso, quien esté más cerca de lo simple se ubica jerárquicamente arriba de quienes son más degradados por la lejanía. El nazismo y su ideal de raza pura, es decir, de cuerpos sin la mácula que significaría la mezcla con otros pueblos, puede ser descrito como el momento en que dicha lógica histórica se convirtió en una maquinaria de muerte contra el resto de la creación. Pero así también ocurre con una idea que ambiguamente apañó el sionismo laico y que hoy su vertiente religiosa está llevando a límites extremos: la existencia de un pueblo elegido.

Esta no es una idea exclusivamente judía. Por el contrario, muchos pueblos se han comprendido a sí mismos a través de la idea del privilegio divino. De hecho, probablemente por las mentes de los yihadistas de ISIS circula una idea similar. Y esa misma lógica opera en la complicada relación que establece cada Estado que intenta hacer coincidir la idea de nación con un determinado elemento biológico que sería el sustrato de su población, respecto a los inmigrantes, a los indígenas o a los pobres. Los judíos, más bien, se han transformado en una suerte de paradigma del pueblo elegido, y acaso esa similitud discursiva con el racismo europeo resultó en que estos fueran el blanco más evidente cuando éste llegó al poder en Alemania. En el caso de Palestina, lejos de haber problematizado la identidad a partir de una nueva consideración de la multiplicidad, los sionistas reforzaron la idea de un “derecho histórico” que recaería en todos los judíos del mundo mas no en los habitantes del país, porque estos últimos se encontrarían más lejos de la simpleza divina. Dios ha prometido la tierra por medio del pacto, es decir, del contrato entre dos partes desiguales, que sin embargo, por el hecho de comunicarse en el sacrificio ritual, se vuelven más cercanas, siempre en un movimiento que va desde la criatura a su Dios y no al revés. Dios no se inmuta, pero pacta, ordena y hace de su pueblo elegido el instrumento por medio del cual las otras criaturas han de ordenarse, relacionarse. Así Filón de Alejandría, en el primer siglo de nuestra era, defendía la tesis de que Dios no era el dios de Israel sino del cosmos entero, y por ello el rol de Israel es el de ser sacerdote y profeta de todo el género humano [2].

Simone Weil, que al final de su vida se convirtió al cristianismo, indicó de forma categórica que los hebreos habían hecho un ídolo “no de metal o de madera, sino de una raza, una nación, algo igualmente terrestre. Su religión en esencia es inseparable de esta idolatría, a causa de la noción de “pueblo elegido”” [3]. Si bien Weil da en el clavo respecto a la relevancia de la raza y la nación como fetiches, debemos decir que la idolatría no se da como una bajeza respecto a una verdad simple que para ella sería la verdadera espiritualidad, sino más bien al revés, el pueblo elegido es precisamente una noción dispositivo, que acerca a algunos a la verdadera espiritualidad y aleja a otros de tal posibilidad. Es el cristianismo occidental, de hecho, el que enarboló dicha fórmula como punto de origen de los Estados-nación. Por eso, lejos de ser exclusivamente judío, es el problema de toda la tradición que ha configurado la propia modernidad laica.

Este principio binario no es único del monoteísmo, pero es con él que se desarrolla en plenitud. Las religiones antiguas, como dice Jan Assmann, se sustentaban en un concepto débil de verdad, donde todos los dioses podían de algún modo ser traducidos de una cultura a otra [4]. Sabemos que las funciones que cumplían los dioses en una cultura podían cumplirlos con otro nombre en otra, o al ser descubierto el dios por una cultura extranjera, ser adoptado por su utilidad específica. En el monoteísmo, en cambio, la traducción ya no es posible, pues Dios, el Dios, es la verdad absoluta y cualquier traducción sería una adaptación, un movimiento desde la simpleza a la complejidad. En esto, nuestra cultura sigue siendo tributaria del monoteísmo, segura de que incluso atea, lo más simple es lo mejor. En ella ‘el intelecto está más cercano a Dios que el cuerpo sensible’; ‘hay pueblos más intelectuales que otros’; ‘en tanto más intelectuales que otros, algunos pueblos se encuentran más cerca de la simplicidad, del origen’. La oposición civilización o barbarie es precisamente una buena fórmula simplificada del binarismo monoteísta, que hacia afuera carga la posibilidad de la limpieza étnica, mientras que hacia dentro, al interior de una sociedad, aparece la represión o la guerra civil.

El pueblo elegido puede aparecer en diferentes tamaños y proporciones, pues al fin y al cabo lo que está en juego no es nunca un sujeto bien definido, sino una lógica que permite definir qué sujeto puede hablar. Occidente es el pueblo elegido de la modernidad capitalista, tanto como Estados Unidos es la patria prometida para quien busque “oportunidades”. Por eso, cuando Occidente agrede a Estados no civilizados o ‘en vías de desarrollo’ nunca realmente ataca, sino que defiende una simpleza, un origen articulador del mundo nunca entrelazado o mezclado totalmente con el resto de las criaturas corruptas. Israel es quizá el ejemplo más evidente de esta manera de comprensión, pues aún llevando a cabo ataques que han asesinado impunemente a millares de palestinos, cada vez que se le impugna el uso de una violencia desmedida argumenta con la necesidad de defenderse del terrorismo, el nombre con el que lo corrupto y deforme es subsumido categorialmente en una unidad para el descanso mental de los más poderosos.

Por eso en nuestro tiempo se vuelve una cosa urgente el pensar el orden de las cosas de otro modo, ya no signado por el binarismo de lo uno y lo múltiple. De no ser posible -y habría que aceptar aquello como una alternativa- el poder proseguirá su marcha destructiva en defensa de los valores occidentales, los mismos que ISIS reivindica de forma simétricamente inversa, es decir, sin salir del campo semántico de la violencia de nosotros (uno)-ellos (múltiple). Como dirá Jean Luc Nancy, no podemos ignorar que el fundamentalismo yihadista es una de las respuestas de nuestro tiempo a aquello que podríamos llamar fundamentalismo económico, inaugurado al final de la Guerra Fría y extendido como globalización [5].

Tal vez un pensamiento capaz de resistir al binarismo que articula al pueblo elegido, sea aquel que ignore completamente el origen. Que haga caso omiso a la castidad y a lo propio, a sabiendas que el mundo es desde siempre el espacio de pugna de aquello que es común. Como decía Giorgio Agamben en un texto de 1990: “Yo no soy jamás esto o aquello sino siempre tal, así. […] No posesión, sino límite. No presupuesto, sino exposición” [6]. Así, expuestos al ser-en-común, reconociendo la potencia que siempre somos no habrá destino biológico ni tierra prometida que agote nuestro quehacer, sino una felicidad a la que nunca debió haber renunciado nuestra cultura bajo el argumento de la seguridad.

Referencias:

[1] Ver Said, E., Beginnings. Intention and Method, Granta Books, London, 2012, p. 32.
[2] Ver Peterson, E., El monoteísmo como problema político, trad. Andreu, A., Editorial Trotta, Madrid, 1999, p. 56.
[3] Weil, S., Carta a un religioso, trad. Valentié, M. E., Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2000, p. 14.
[4] Ver Assmann, J., Violencia y monoteísmo, trad. Lahoz, M., Fragmenta Editorial, Barcelona, 20014, pp. 21-35.
[5] Ver Nancy, J. L., “Le poids de notre histoire”, en L’Humanité, 20 de noviembre de 2015. URL:
http://www.humanite.fr/jean-luc-nancy-le-poids-de-notre-histoire-590275
[6] Agamben, G., La comunidad que viene, trad. Villacañas, J. L; La Rocca, C.; Quiróz, E., Pre-Textos, Valencia, 2006, p. 82.


Doctor en Filosofía, Universidad de Chile