Con mucha más frecuencia de la que nos gustaría, se ha comenzado a oír en América Latina que el feminismo o bien ya no tendría razón de ser, o bien habría agotado su potencial emancipador. Toda vez que sus demandas habrían sido incorporadas por las agendas de los distintos gobiernos latinoamericanos en los últimos años. De tal modo, las políticas de género se habrían convertido en las grandes aliadas a la hora de demostrar el paso de un orden conservador a uno de signo progresista. ¿Podemos llamar a esto feminismo?

Asumiendo críticamente algunas de las tesis desarrolladas por Nancy Fraser en su libro Fortunes of Feminism (2013), Verónica Schild en el artículo “Feminism and Neoliberalism in Latin America” -publicado en la revista New Left Review (N° 96, nov/dic., 2015)– vuelve equivalentes políticas de género y feminismo. Radicalizando este vínculo, sostendrá que los propios argumentos de la crítica social y feminista, desarrollados en los años setenta en América Latina serían los que terminarán por fortalecer, en los años noventa, el orden neoliberal en la región en lo que tiene que ver con los temas relativos al género. Esta afirmación se sustenta, principalmente, en los argumentos desarrollados por Luc Boltanski y Ève Chiapello en Le nouvel esprit du capitalism (1999) y en los aportados por la propia Nancy Fraser.

Hace algún tiempo atrás, Luc Boltanski y Ève Chiapello, ambos franceses, ponían atención sobre la capacidad de supervivencia del capitalismo contemporáneo a pesar de la persistencia, y profundización, de las injusticias sociales. Contrario a ello, el capitalismo, ahora reformulado en un orden neoliberal, parece gozar de buena salud. ¿Cuál es ese espíritu que mantiene vivo al cuerpo del capitalismo? Estos autores entienden por “espíritu”, el conjunto de creencias compartidas, inscritas en instituciones y expresadas en acciones que implican la realidad. ¿Quiénes mantienen vivo este “espíritu”?: los cuadros administrativos, comerciales y técnicos que a partir de los años ochenta del siglo pasado se transformaron en el contingente laboral privilegiado en el ámbito de la empresa. Estos cuadros, asalariados y también portavoces del capitalismo, justificarían la eficiencia del orden económico, asumiendo las retóricas de la libertad, la autorrealización y la autonomía. Sin embargo, en el actual contexto neoliberal, estas retóricas de la autonomía y la autorrealización son resignificadas desde el ámbito de la empresa. La libertad se resignificará como libertad para decidir; la autorrealización y autonomía se resignificarán como las oportunidades necesarias para el desarrollo personal (potenciación de sí). ¿Cómo estas palabras que de habitual se asociaban con la democracia, hoy se han vuelto los argumentos de justificación para el orden neoliberal? ¿Cuál ha sido la función de la “crítica” en la transformación del capitalismo contemporáneo? Esta última pregunta es crucial, por sus efectos, para aquellas y aquellos interesados en la transformación social. Boltanski y Chiapello, no sin provocación, indican que la “crítica” tiene un papel central en la transformación y supervivencia del capitalismo.

La propia sangre de la crítica anticapitalista terminaría alimentando al cuerpo/espíritu del capitalismo actual. La extracción de dicha sangre ocurriría de tres modos. El primer modo tendría que ver con la capacidad de la crítica de deslegitimar cuerpos de doctrinas y creencias anteriores, ya sea por opresivas o injustas cuyo efecto sería la desmovilización en vistas de la superación o transformación de los escenarios de lucha. Un segundo modo en que actúa la crítica es en la propia verosimilitud de sus argumentos, volviendo explícito el orden de dominio capitalista. Sin embargo, paradójicamente, el efecto de eficacia de la crítica anticapitalista será el “fortalecimiento” del capitalismo en cuanto éste se ve obligado, de alguna manera u otra, a asumir las demandas esgrimidas por dicha crítica. Y un tercer modo, se manifestaría en la incapacidad de la crítica para configurar nuevos escenarios, lo que implicaría la desorganización social en relación a los referentes anteriores y la falta de un mapa para la acción futura. Cada una de estas formas de la crítica, de modo inmunitario, serían incorporadas por el capitalismo. A la manera de un veneno inoculado en una inyección, el capitalismo recibiría estas críticas de mala gana y como quien se recupera de una enfermedad, se inmunizaría de ellas, se trasformaría en afinidad a ellas. La crítica para estos autores que “se agota, es vencida o pierde su virulencia permite al capitalismo relajar sus dispositivos de injusticia y modificar con toda impunidad sus procesos de producción. Una crítica, por el contrario, que gana en virulencia y en credibilidad obliga al capitalismo a reforzar sus dispositivos de justicia, a no ser que constituya –si el entorno político y tecnológico se lo permite- una incitación a transformarse, confundiendo las reglas de juego”. Así, el fortalecimiento y supervivencia del capitalismo estaría asegurado, principalmente, por la incorporación de demandas, idearios críticos luego “resignificados” desde la gramática del propio capitalismo. Algo de aquello sabemos, aquí en Chile, de la incorporación de las demandas por igualdad para luego ser resignificadas como políticas de “equidad” y “oportunidades”.

¿Qué le ocurre a la crítica feminista desde esta perspectiva? Esta es la pregunta que se hace la filósofa Nancy Fraser en su libro Fortunes of Feminism, particularmente, en el capítulo que lleva por título: “Feminism, Capitalism and the Cunning of History” (“Feminismo, capitalismo y la astucia de la historia”). Este capítulo se centra, específicamente, en el contexto de los feminismos norteamericanos de la segunda ola y la pregunta que le ronda es la siguiente: ¿los feminismos de la segunda ola, inadvertidamente, fortalecen el paso de un capitalismo de Estado a uno neoliberal? En esta línea, Fraser plantea: “los cambios culturales fomentados por la segunda ola, saludables en sí mismos, han servido para legitimar una transformación de la sociedad capitalista que se opone directamente a las esperanzas feministas de alcanzar una sociedad justa”.

Como es sabido, este feminismo vinculó, con acierto, capitalismo con patriarcado. La articulación entre ambos se figuraba en la crítica al “salario familiar” que promovía el Estado benefactor. Las feministas veían en esta política de Estado la naturalización de la distinción entre esfera privada/domestica femenina y la esfera pública/masculina. El feminismo de la segunda ola, a pesar de sus intenciones, terminaría describiéndose, primero, en políticas de la identidad y, luego, en políticas de la diferencia ligadas al reconocimiento, olvidando su contexto de emergencia polémica con el orden capitalista. De acuerdo a ello, Fraser sostiene que con el paso de los años los feminismos de la segunda ola terminan describiendo sus políticas como “meramente culturales”, no incómodos al nuevo espíritu del capitalismo, no incómodos al orden de acumulación dominante. La crítica a la mantención de un orden masculino anclado al salario familiar termina por ser resignificada como un argumento neoliberal a favor de la incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral, pero en términos de precarización, flexibilización, bajos sueldos y la obligatoriedad de mantener el espacio familiar con dos sueldos. Es más, parte del vigor del orden del capitalismo neoliberal pasa por la recepción positiva de las políticas de género. En este punto, Nancy Fraser es aún más explícita al señalar que: “las críticas feministas, por ejemplo, al acoso sexual, el tráfico sexual y la desigualdad de salarios, que parecían incendiarias no hace tanto, están aceptadas en general en la actualidad; pero este enorme cambio de actitudes no ha eliminado en absoluto dichas prácticas. Y con frecuencia se dice, por lo tanto, que el feminismo de segunda ola ha provocado una revolución cultural sin parangón, pero el enorme cambio de mentalitées no se ha traducido (aún) en cambio estructural e institucional”.

Presuponiendo estos argumentos y debates, Verónica Schild se pregunta qué le ocurre al feminismo en América Latina en los tiempos del neoliberalismo. Desde una recepción polémica del libro Fortunes of Feminism, Schild hace visible un supuesto no explícito en el relato de Fraser que tiene que ver con la universalización de cierta historia del feminismo norteamericano. ¿Es la historia del feminismo de la segunda ola válida para el feminismo latinoamericano? Para Schild no lo es y en esto tiene razón. Cuestionando la pretensión universalista de esta historia, advierte que mientras las feministas norteamericanas cuestionaban la distinción sexual del trabajo y la estructura de la familia, en América Latina se vivía la represión de las dictaduras militares. Solo será a fines de los años ochenta que la crítica feminista de la región aportará argumentos que más tarde serán resignificados por el capitalismo. En este sentido, Schild indica que si bien para las feministas norteamericanas el argumento de la división sexual del trabajo fue central, no lo es, sin embargo, para el feminismo latinoamericano cuya principal demanda se articulaba en torno a la “autonomía”. En este punto, cabe destacar que si bien Schild cuestiona el marco universalista que describe a la narración histórica del feminismo como una entidad unificada que se narra en “una” historia (la norteamericana), no hace lo mismo con la tesis de Boltanski y Chiapello, en lo relativo a la crítica, que sirve de base para la distinción realizada por Fraser entre feminismos culturales y feminismo sociales. Según esta distinción, de estos dos feminismos, únicamente los feminismos culturales -supuestamente alejados de sus condiciones materiales- serían lo suficientemente dóciles para ser transformados e incorporados en la gramática neoliberal. ¿No es, precisamente, esta distinción la que ha desplazado a los feminismos en América Latina para poner en su lugar la siempre eficiente agenda de género? Dejo pendiente, al menos por ahora, el cuestionamiento a esta distinción.

Es por esta razón que Verónica Schild indicará que será el propio ideal de la “autonomía” demandado por los años setenta, el que será asumido por las agendas feministas de los gobiernos latinoamericanos durante los años noventa. Sin embargo, la autonomía será resignificada, ahora en el contexto neoliberal, como “empoderamiento”. El caso ejemplar, para esta autora, es Chile. Sería en nuestro país donde se ha institucionalizado un feminismo que ha transformando su discurso emancipador en la simple administración de estadísticas para la inclusión social.

Ante este diagnóstico habría que señalar lo siguiente: en primer lugar, las políticas llevadas a cabo, primero, por los gobiernos de la Concertación y, luego, por el de la Nueva Mayoría se han hecho en nombre de “políticas de género”, lo que quiere decir: “política de mujeres”. ¿Son estás políticas feministas? No, no lo creo. Y si lo fueran, es necesaria la definición. En este sentido, se podría decir que el feminismo institucional en Chile, si es que hay algo de eso (algo de feminismo), es “liberal” y de marco heteronormativo. Distinto a ello, me parece más pertinente evidenciar la genealogía del feminismo liberal cuya matriz diferencial, descrita en el par “mujeres-madres” -desarrollada a partir de mediados del siglo diecinueve- terminará coincidiendo con los argumentos de las éticas y políticas del cuidado de los años noventa del siglo veinte. Esta coincidencia, más los insumos de las teorías del desarrollo humano, terminarán por describir lo que hoy es reconocido como “políticas de género”. Una agenda para la política de mujeres, sin duda, de corte neoliberal. Pero ésta no es la única historia, ni la única política del feminismo. La historia del feminismo, sin duda, no es universal, pero su nombre tampoco lo es.