Contadas veces intercambiara palabras
con Derrida, dice otro, testigo tal, ese
que nada atesta, nada asegurado, y que,
lo  sabes, por un moroso saber, allende
y  aquende el saber, nadie atesta por él.
Ocasiones: cinco o seis. Una en París,
en 1988, en un café de la rue d’Ulm,
tras su seminario sobre nacionalismos
filosóficos: Kant, le  Juif, l’Allemand; dos
en  Santiago,  en 1995,  cuando escribiera
Un ver à  soie, y  otras, antes y después,
entre Santiago y París, desvío postal.
Intercambiar palabras fuera, pero, giro
que mete la pata, intercambia; nos dirigimos
la  palabra, contrafirmamos si quieres
algunos garabatos. Nada decisivo,
nada excepcional; la vida y la muerte
dándose, tomándose al pasar. Del enigma,
más  de  una vez,  en  traducción. De Todtnau-
berg, de Celan. De Camus  y de un partido
del fútbol  en  El Biar. Del  adiós  sin  adiós
de Germán  Bravo. Y tras el seminario
sobre nacionalismos en filosofía,  de
Farías, Víctor. En  un momento entre
café  y café, Derrida  nos preguntara
a  Germán  y a mí: ¿Y ustedes, no por
ser chilenos van a estar de  acuerdo con Monsieur  Fariás?
Con y sin ironía,
la cosa, hélas, del peor gusto fuera,
vomitiva, reitera. Al  dejar el café,
en marchant
vers
rue Tournefort, hablamos
ya sin hablar. Jacques El Destripador,
¡qué imagen!, de puro amor
así  lo llamara el picante de Germán, a veces
metiera las patas como cualquier mortal.
Años después, demora en  el  giro: cómo no
meter la pata, n’est-?ce  pas. Está en Flor,
dice, saludando una ínfima metida de pata,
descomunal, miles de años ha, en Monte-
verde, cogollo austral. En conclusión
sin conclusión,  uy,
declusión tal: ce  que  le savoir
ne sait  pas, c’est  ce  qui  arrive. Voilà    
 
ce  qui  arrive,  sasaw  si.  

 


Poeta, ensayista y académico, Departamento de Filosofía, Umce