Mirando en perspectiva

Este inicio de 2016 es un buen momento para pensar en lo que nos dejó el 2015 como parte del movimiento de profesores movilizados y visualizar los desafíos y escenarios que se levantan para nosotros en el año que se avecina. El 2015 fue distinto a muchos otros: los profesores y profesoras, a lo largo de todo Chile, nos levantamos como pocas veces lo hacemos. El paro docente fue, sin lugar a dudas, uno de los hitos más importantes que coparon la agenda nacional.

Factores como el agobio laboral post-paro, los calendarios de recuperación mal diseñados,  los despidos  como muestra de nuestra inestabilidad laboral y la falta de intención del gobierno por construir un proyecto educativo que fortalezca a las instituciones públicas (crítica que podría extenderse, sin duda, a la educación superior)  están presentes en una primera mirada de lo que fue el 2015. Pero lo realmente trascendente para la reconstrucción de la organización política docente, es que este año se pudo sostener un paro que se extendió por todo el país, con capacidad creativa y de organización que logró cuestionar el sentido del proyecto de ley presentado por el Ejecutivo,  integró la reflexión pedagógica como un factor político a considerar y  cristalizó la crisis de representatividad en el gremio docente.

Para una crítica estructural: El Proyecto de Carrera Docente y la Política Educativa Nacional 

Este 2015 nos opusimos al proyecto de Carrera Docente justamente porque entendimos que la política del gobierno no actuaba en beneficio de los docentes, pero también porque comprendimos que se inscribía en una lógica que, necesariamente, debe ser superada por el bien de los procesos educativos de los niños, niñas y jóvenes de nuestro país. En el proyecto de Carrera Docente, nuestro trabajo era entendido a partir del desempeño individual y del cumplimiento de estándares que se pensaban desde fuera de la realidad que los profesores enfrentamos en el aula de nuestras escuelas y liceos. En resumen, elementos tan relevantes como los relativos a la formación, la evaluación, los salarios e incentivos se comprendían desde lógicas contrarias al trabajo en equipo y el fortalecimiento de nuestras comunidades educativas.

El proyecto terminó siendo considerado por los profesores como una negación a años de experiencia docente y una forma burda por intentar institucionalizar elementos de la impronta neoliberal en nuestro trabajo. La lógica individualista y estandarizada que planteaba el proyecto de Carrera Docente se convirtió en una política pública fácil de reconocer en sus orígenes e intenciones. Se dedujo, sin grandes esfuerzos, que sus creadores intentaban ampliar nichos de mercado vinculados a la formación y capacitación de docentes y que más allá de asegurar algún nivel de calidad en los procesos educativos (dentro de toda la vaguedad conceptual en la que se sustenta la “calidad”), lo que se quería era limitar las posibilidades de que profesores y profesoras nos hiciéramos cargo de nuestra profesión. Por todo esto nos opusimos, nos movilizamos y nos organizamos.

Si hiciéramos un balance de nuestra movilización, centrándonos sólo en los resultados concretos del ámbito de definición institucional que se disputó, podríamos decir que el resultado fue negativo. Luego de casi dos meses de paro la principal consigna, bajar el proyecto de Carrera Docente, nunca se concretó. El proyecto continuó su tramitación legislativa, el repertorio táctico del movimiento docente se limitó en cuanto el conflicto se parlamentarizó y, además, las fuerzas propias se vieron disminuidas. Durante los últimos días de julio observamos con decepción cómo pese a los enormes niveles de desaprobación tanto de docentes como de la ciudadanía en general, el Ejecutivo continuó con una política que no asegura condiciones mínimas de reconocimiento profesional, que excluía las variables colectivas y que se basa en estándares definidos en las oficinas de la tecnocracia del gobierno.

Pero un análisis crítico tiene que ir más allá  de simplemente observar que la política de Carrera Docente continuó el trámite legislativo y que nuestra principal consigna no llegó a hacerse práctica. Debemos entender que este año puede ser parte de un proceso de mayor duración y que, para que así sea, un primer paso es tomar conciencia de la importancia estratégica de este despertar docente. ¿Cómo? A continuación, algunos elementos:

Fortalecer la organización: La necesidad de recuperar el Colegio de Profesores

La mayor parte de los docentes activos, seguramente, no se siente representado por la actual dirigencia de nuestra asociación gremial. Fuimos testigos de cómo el presidente de nuestra organización actuó como vocero del MINEDUC antes que como representante de los docentes de Chile. Pero el 2015 demostró que la principal organización que sigue siendo capaz de conducir las movilizaciones del sector es el Colegio de Profesores y esto debe ser entendido como una potencialidad antes que como una limitación. Es responsabilidad de los docentes de todo Chile -y especialmente de las franjas más movilizadas del gremio-  ir fortaleciendo la construcción de espacios de base que limiten la acción de las dirigencias y, al mismo tiempo, impulsar transformaciones orgánicas que institucionalicen procesos democráticos. Debemos asegurarnos que en caso de nuevas movilizaciones, quién se desempeñe como dirigente nacional difunda la posición del profesorado y logre conducir el debate pedagógico, porque es precisamente en ese ámbito en el que se requiere claridad y convicción para dar a entender la necesidad de transformar la educación en nuestro país.

No basta con apuntar a las responsabilidades individuales de algún dirigente o  reclamar en redes sociales. Hay que inscribirse en el Colegio de Profesores, llenar de vida los espacios comunales, colocar en el centro el debate pedagógicos crítico, atraer a los profesores que se han decepcionado en los últimos años y participar en las elecciones del 2016, sabiendo que la importancia de la elección no está en la posición de figuras o rostros visibles, sino que en la fuerza con la que logremos posicionar una visión pedagógica transformadora de la realidad y vincularla  a una estrategia política coherente. La coyuntura de la elección solo tendrá importancia en la fuerza del debate y discusión entre todos los profesores y profesoras de Chile acerca del tipo de educación que queremos y en la estrategia política que debemos utilizar para lograrlo. Con una elección no cambia el rumbo de la organización, pero si enfocamos bien los temas, puede ser un primer paso.

Por otra parte, los procesos de organización y movilización sindical del sector particular subvencionado fueron expresiones de lucha claves y esperanzadoras que deben consolidarse este año. Los avances organizativos de este sector son centrales, por tanto, todo proceso de organización al interior del Colegio de Profesores debe trabajar codo a codo con el avance del sindicalismo docente y de la organización de los trabajadores de la educación en general. No considerar este factor puede determinar gran parte de la derrota táctica del movimiento en un futuro cercano. Debemos doblar nuestros esfuerzos en el trabajo sindical y federativo que cada año se consolida en el sector particular subvencionado.

Un movimiento centrado en los elementos pedagógicos

Uno de los principales avances de nuestro sector fue justamente que pudimos afianzar reflexiones pedagógicas que sostuvieron a nuestro movimiento. Superamos el cortoplacismo de la demanda puramente salarial y reivindicamos la necesidad de re-valorizar socialmente nuestra labor, asumiendo que esto está en directa relación con las posibilidades de mejorar los aprendizajes de nuestros estudiantes. Entendimos que en nuestro país, cuando se intenta debatir acerca de lo que se entiende por calidad en educación, campea la tecnocracia y la sociología funcional y la voz de los docentes es acallada por quienes definen el estándar de excelencia desde sus oficinas. Cuestiones como el aumento de las horas dedicadas al trabajo no lectivo o la crítica hacia el rol de “transmisores del currículum” al que se nos ha querido limitar desde la lógica estandarizante, dan cuenta de un aspecto que debe comenzar a formar parte del programa permanente al que aspiremos los docentes en Chile. Y si bien el gobierno no quiso hacer esfuerzos más importantes en este sentido, tanto la ciudadanía como los profesores tenemos la claridad suficiente para saber que es una tarea a avanzar en el corto plazo; una mejor educación, centrada en el aprendizaje de nuestros estudiantes, necesita de docentes con tiempos suficientes para preparar la enseñanza, evaluar los procesos y tomar decisiones pedagógicas a partir del análisis de resultados. Estos elementos tienen, indudablemente, un sentido de urgencia. Nuestros niños, niñas y jóvenes requieren otra manera de vivir su escolaridad, en una escuela o liceo cuyo fin educativo apueste por la integralidad de su desarrollo, que se preocupe de formarlos comprometidos con su entorno social y que promueva una manera más humana de entender el logro de sus aprendizajes.

Disputa del Modelo educativo

Como movimiento docente organizado nos queda una gran tarea para los próximos años:  construir demandas comunes con los otros actores críticos hacia el modelo educativo impuesto en Chile y eso incluye sobre todo a nuestros estudiantes. Si el movimiento pingüino inauguró un ciclo de movilizaciones que continúan una década después, un paso lógico resulta comprender a los estudiantes secundarios y de educación superior como potenciales aliados en el proceso de recuperación de la educación pública y la creación de un sistema nacional de educación que se centre en las necesidades de las mayorías de Chile.

Nuestra potencialidad como movimiento tiene un factor político-pedagógico: no basta  con aumentar nuestros salarios si no somos capaces de cuestionar las lógicas de competencia de la educación en todos sus niveles, si no somos capaces de re-pensar nuestras prácticas y el sentido y fines de la escuela. Situarnos como sujetos transformadores de lo que somos y de las instituciones en las que nos desempeñamos es la dimensión práctica de la disputa por el modelo educativo que tiene un co-relato obvio en los cambios a nivel macro a los que podremos apostar como docentes organizados junto a los otros actores con potencial transformador.

Durante este 2015 los profesores y profesoras de Chile logramos darle continuidad a un ciclo de movilización social por la educación. Anteriormente los estudiantes consiguieron insertar la discusión acerca del financiamiento y el modo en que se organizaba el sistema educativo en general, develándose la manera en que las lógicas de mercado aseguraban un gran negocio a costa del endeudamiento de muchas familias. La movilización social por la educación, considerando el rol que debe tener el profesorado, debe posicionar la necesidad de redefinir los modelos pedagógicos que se han legitimado bajo una sociedad de consumo y proyectar la construcción en nuestras escuelas y liceos de nuevos principios vinculados a una educación democrática, no sexista y transformadora de la realidad social.

A los elementos esbozados  en este balance se podrían agregar muchos otros, que están necesariamente conectados con el balance del 2015. Hace pocos días se entregaron los resultados de la PSU, con brechas abismantes de clases sociales y género. La “calidad” de una escuela se sigue calificando fundamentalmente por los resultados en el SIMCE. Miles de colegas son despedidos o se quedan sin renovación de contrato por estas fechas, en un panorama de precariedad laboral que es indignante. El proyecto de desmunicipalización del gobierno omite el rol que podrían tener las comunidades educativas. Todo esto revela muchos caminos en los cuales debemos avanzar y que es fundamental que la vocación crítica que fuimos capaces de sostener entre Junio y Julio de 2015 se proyecte de manera permanente, ampliando su sentido y asumiendo que una de las tareas más importantes es proyectar nuestras aspiraciones hacia la transformación del modelo educativo en múltiples dimensiones que sobrepasan, pero no son ajenas, a nuestro rechazo hacia la Carrera Docente. Aprovechemos nuestra posición  de conocedores directos de lo que sucede en nuestras aulas y definamos nosotros los pilares, la lógica y los fines de la educación para nuestro país.