Los nombres de los escritores Nicomedes Guzmán, Gonzalo Drago, Francisco Coloane, Volodia Teiltelboim, y los poetas Andrés Sabella, Eduardo Anguita y Teófilo Cid saltan a la vida cuando aludimos a la Generación del 38 (para algunos Generación de 1942, centenaria a la de Lastarria, la de 1842). Latcham la considera del 40, a causa de una suerte de modernismo criollista que le atribuye y marca distancia con su antecesora. Como se llame, es una generación influida por la Guerra Civil española, la Segunda Guerra Mundial y en Chile el triunfo del Frente Popular. Razones había para que los intelectuales y los creadores se sintieran un soldado más de la causa del pueblo con las armas de su arte, a lo largo del país, por lo que hubo un floreciente regionalismo literario, aunque estaban los otros más universales que se dejaron imantar por el surrealismo y el creacionismo. Ambos sectores, cabe señalar, no eran demasiado amantes uno del otro, o más bien, de la tendencia que cada uno abrazaba, y por lo tanto las críticas entre ellos o acerca de lo que el otro escribía debemos tomarlas con beneficio de inventario. Así, Julio Moncada las arremete contra Raúl Silva Castro en defensa de una poeta acribillada por el crítico (“Sobre todo, lo que molesta y hiere la sensibilidad, es la intención mezquina, sin altruismo alguno, descarnadamente impiadoso y visiblemente injusto”, asestará el poeta), defendiendo los versos de la dama con paternalismo caballeresco: “Canto puro de la noche / que nace del corazón de un ángel / o del tibio desconsuelo de una lágrima…” había escrito ella.

(En el recuadro a continuación reproducimos un artículo o crónica periodística suya, aunque tal vez solo sea una prosa poética con trazas de crónica, que lleva por nombre El desconcierto, con la segunda e invertida, un guiño de nuestra parte a este pasquín).

el desconcierto poema


EL DESCONCIERTO

El director del diario me dijo hoy día que tenía que ser enérgico y fortísimo para condenar no sé qué abusos de los impuestos y a no sé quién [sic] político, que estaba entrando a saco en las arcas fiscales. Yo puse cara de seriedad, compuse mi gesto, afirmé el entrecejo rotundo y le juré que condenaría con toda fiereza tales desmanes. Le pedí me dejara escribir en casa la catilinaria porque allí en el silencio, llegaríanme mejor los dicterios a la cabeza, florecerían los argumentos condenatorios, podría ejercitar con largueza y felicidad mis ideas sobre la justicia humana.

Me dejó el director. Pero cuando llegué a casa, la tarde se estaba acostando rumorosamente sobre los tejados, algún gato amarillo paseaba con su oronda cola erguida, por la calle cruzaban unos niños temerosamente tomados de la mano, volviendo sus grandes ojos inocentes hacia todos lados. Y me olvidé del político venal, me olvidé de la justicia, me olvidé de la privilegiada condición de mi ministerio, sentado en el balcón, mirando a lo lejos un oro reluciente, un celestial gualda que ensombrecía el horizonte y bajaba muy despacio hacia las copas de los árboles. Un rumor de bichitos crecía con la tarde por todas partes. Y así me fui entredurmiendo, entredurmiendo, entresoñando, hasta que llegó la hora de dormir de verdad.

Y cuando al día siguiente el director me pidió la sesuda argumentación, no pude menos que preguntar:

–¿Qué artículo? ¿Qué crónica?

Y nadie pudo explicar al director, porque nadie lo sabía, de lo hondo y real de mi desconcierto al comprobar en medio de la naturaleza floreciente y túrgida [abultada], la existencia de algún político corrompido que se quedó sin su justo castigo, sólo porque el malaventurado periodista se puso a mirar el cielo de la tarde sobre la plaza. (Poemas de Malvín, 1967).

 


Julio Moncada Fernández (1919-1983), poeta y cuentista, perteneció a esta generación. Su amistad con Nicomedes Guzmán y su presencia en la tertulia bohemia de la época no lo libraron del actual anonimato. Espigado, delgado, rostro anguloso, de un lenguaje escogido para un periodismo más prolijo que el actual. Ya entonces a contrapelo de una usanza que se imponía, ese esmero suyo por expresarse atildadamente se tomaba casi como un ademán contrarrevolucionario. Su estatura, su rostro finamente delineado y un vestir sobrio le proporcionaba una elegante sencillez de estirpe conservadora. Tuvo un cargo superior en el Departamento de Extensión Cultural del Ministerio del Trabajo, donde formó la Biblioteca. Desde ahí salió al autoexilio en Uruguay, cuando la Ley de Defensa de la Democracia defendió la democracia, de los comunistas, en los años cuarenta. Allende, más de treinta años después, lo nombra Cónsul en el país charrúa, y tras el golpe cívico-militar de 1973, debe tomar su segundo exilio, primero a Argentina; de ahí pasa a Francia. Como lo deseara su autor predilecto César Vallejo, muere en París, diez años después de iniciado ese segundo exilio, queremos imaginar, con aguacero.

En Uruguay se casó con una artista y fue padre de su hija Lota, bautizada así como homenaje a los trabajadores del mineral de carbón de esa ciudad obrera. Lota Moncada Laborde (vive actualmente en Brasil) es actriz, profesora, traductora y “escritora algo bisiesta pero publicada”, de alguna manera se ha convertido en albacea literaria de la obra de su padre, así es que siguiendo su pista en la Red, el interesado podrá tener mayores noticias.

En el muy comunista diario El Siglo del 23 de abril de 1944, Gregorio Gasman hace una crítica no del todo laudatoria a sus poemas de “Las Voces”, donde encuentra la primera parte innecesaria: “Lo que no comprendo es la inclusión de la parte primera, de calidad inferior y que quita méritos al conjunto de la obra. Adivino que Moncada ha querido darnos a conocer también aspectos de las creaciones de su primera época poética, adolescente y esencialmente introvertida. Eso habría podido pasar si los poemas hubiesen sido logrados, si fuesen realmente emotivos. Pero, aparte del poema titulado “Las Voces”, todos los demás son fríos, sin calidad, recargados de una angustia que, más que nada, es fruto de un análisis puramente intelectual, mental del ‘yo’ del poeta”, asegura el crítico, me tinca con un sesgo marxista poco amigable con los suspiros del corazón, mientras caen bombas por toda Europa. Celebra en cambio las siguientes partes. De la segunda, Tiempo Huido, de corte cotidiano, la hoz y el martillo aparecen claritos: “versos en que la fragancia de nuestros campos se mezcla al rudo y salobre olor a transpiración de nuestros obreros”, lo que encuentra muy poético este intelectual traductor de Walt Whitman, seguramente porque nunca estuvo en un establo maloliente o sofocado en una fábrica. Alaba su cercanía a la gente (decimos ahora): “Julio Moncada ha catado aquí mucho del espíritu rebelde de nuestro pueblo, triste de tanto vivir explotado, de tanto trabajar (y sufrir) siempre para los otros, para los dueños de la tierra y de las fábricas”, y lo demuestra citando unos versos no mucho peores (o mejores, da lo mismo) que la poesía política de Neruda: “Y el hambre le sacude la entraña a los peones / avanzando en su ciego destino sin canciones / en tanto, en las bodegas se guarda la cosecha…”.

A mí me resuena por lo llamativo un verso suelto agricolado y harto poco humanoide, donde a pesar de sus intenciones justicieras no hay trazas de revolución alguna: “Me digo compañero de la espiga y el trigo, de la abeja y el grano” (cito de memoria). La tercera parte, El Día Luminoso, más celebrado por la contingencia que trata que por su poética, alude a la Guerra Civil española y la derrota del pueblo republicano, la caída de Francia en la Segunda Guerra, la lucha de la Unión Soviética contra el ave oscura del nacismo y su Victoria, lucha y victoria definitiva en la que ve el triunfo del proletariado sobre sus opresores, guiados por las banderas soviéticas. Era 1943 y esa pesadilla estalinista era un sueño legítimo.

De Moncada sea quizá el verso suelto más absurdo de la poesía chilena: “Quiero sembrar el campo de yuyos amarillos”… lo que será muy poético y hasta apto para declamarlo en voz alta, pero no logrará convencer a algún campesino (agricultor es otra cosa) de que plante esa maleza (que como tal sale sola), que contribuye en la proliferación de los incendios de matorrales en los piedemonte allí donde se encuentra seca; a pesar de vistoso colorido a inicios de la primavera y de su uso medicinal como infusión contra la diabetes, algo que desconocen las abuelas actuales.

Del mismo libro “Las Voces” es el verso suelto, con que me dormí niño y desperté adolescente, y me mantuve como tal hasta hace poco. Es la causa por la que lo he traído de regreso hasta este tiempo, mención única y posiblemente jamás repetida. En mi escasa pero suficiente cultura llamada general es el verso suelto más hermoso en lengua castellana. Como no existen concursos de versos sueltos como esos que sí hay de mujeres sueltas –vale decir, elegidas una por país con pinzas y consideradas únicas en su unicidad representativa– en que se escoge la más bella (la más hermosa; ser bella es otra cosa, bella es la Madre Teresa), esta preferencia mía no pasa de ser una mezcla entre subjetividad e ignorancia. Este verso suelto sin embargo me ha seguido por la vida de romántico esquizoide siempre con una imagen de la amada de turno (han sido turnos largos, sin solución de continuidad, casi siempre ilusorios), donde el nombre (Filomena, Patricia, Patricia, Bernardita, Loreto, Patricia –me salto una (no es otra Patricia)–, Eva, Viviana) se repite con la cadencia de los pasos y la imagen permanece como fondo de pantalla inamovible en la retina y proyecta como cinemascope su figura, su silueta, su rostro, con suaves oscilaciones sobre aquello que se mira. La elección, como se ve, no es para nada literaria sino vivencial. Como no seré el único en situación semejante, cobra mayor valor. Ese verso es: “Tu ausencia viaja en mis pupilas”.

Referencias
– Julio Moncada; Las Voces, Ediciones Americanas Andes, 1943.
– Luis Sánchez Latorre, Memorabilia, LOM, 2000, pp. 49-50.
– Gregorio Gasman, El Siglo, 23 de enero de 1944:
– Memoria Chilena: 
– Las Últimas Noticias: 
– Lota Moncada Laborde: