Algunos hechos de la coyuntura política durante la primera semana del 2016, nos llevan a cuestionar la real importancia que tiene el Partido Comunista de Chile dentro de la Nueva Mayoría: En primer lugar, sus diputados difundieron una serie de proyectos patrocinados por la NM, en que se vio al diputado Gabriel Boric, del movimiento Izquierda Autónoma, rechazar con su voto proyectos de ley vinculados a las reformas laboral y educacional, entre otros; la serie de medidas legales objetadas por el diputado Boric, fueron esgrimidas por el PC como una acción paralela al rechazo que también hicieron los parlamentarios de derecha a estas y otras propuestas de ley. Esta difamación tramposa en contra del diputado independiente busca más bien exculpar al propio PC de su excesiva disciplina y sometimiento a la agenda legislativa del gobierno, la que no contiene elementos que modifiquen de modo sustancial el statu quo del modelo neoliberal chileno.

En segundo lugar, la diputada Camila Vallejo, en una entrevista reciente a un medio de prensa, afirmó lo siguiente: “Si hubiera estado en el lugar de la Presidenta, sí habría aceptado la renuncia del ministro Burgos. O, rechazada la renuncia, después yo misma lo habría despedido”. Esto, a propósito del impasse vivido entre la Presidenta Bachelet y el ministro del Interior Jorge Burgos, por el bullado viaje de la primera a la Araucanía. En una pronta respuesta, el ministro aseveró a otro medio escrito: “Para fortuna del país, de la democracia, las posibilidades de que la diputada esté en condiciones de ser presidenta del país son casi igual a cero”.

Frente a estos hechos de la coyuntura política, vale preguntarse: ¿Qué afanes político-ideológicos mantienen al Partido Comunista en la Nueva Mayoría? ¿Qué rol político preponderante para la coalición pueden estar desempeñando? Mientras que por estos días los socialistas sellan un nuevo pacto electoral con la Democracia Cristiana, los comunistas en cambio, se enfrentan a una disputa pública representada por la diputada Vallejo y el ministro Burgos, donde éste deja entrever el papel meramente periférico y marginal que ejercen los comunistas dentro de la Nueva Mayoría. Por su parte, los parlamentarios comunistas deben exhibir permanentemente credenciales de conducta política democrática, a pesar de que los mismos dichos del ministro remiten a la incompatibilidad entre la democracia neoliberal y los postulados políticos del PC.

A casi dos años de gobierno de la Nueva Mayoría, podemos señalar que la participación del Partido Comunista dentro de la administración Bachelet aparece como una acción estratégicamente ornamental, que busca mostrar diversidad y amplitud, pero que políticamente carece de peso ideológico para sostener el programa inicial de reformas prometidas en campaña. Por el contrario, los comunistas son utilizados como punta de lanza hacia la izquierda situada fuera del conglomerado y hacia parte de su propia militancia, cooptada por el aparato institucional para ejercer labores de contención de movimientos sociales y ciudadanos. Es más, su flexibilidad y dualidad política los ha contraído ideológicamente y desmovilizado socialmente. Dos casos emblemáticos son el Colegio de Profesores y la Central Unitaria de Trabajadores, donde sus dirigentes no saben instrumentar respuestas frente a conflictos con el gobierno. Así, durante 2015 las tensiones con la institucionalidad por el proyecto de evaluación docente y la reforma laboral, respectivamente, dejaron políticamente disminuidos a los dirigentes comunistas frente a los diversos movimientos sociales.

¿Disciplina gubernamental o antagonismo político al modelo? He ahí el dilema de sus militancias, que con frecuencia deben asumir las decisiones del partido a través del costoso trabajo de sus élites dirigentes, quienes deben mostrar una colectividad responsable en términos de gobernabilidad. Baste recordar, en el pasado, esa extraña decisión de sumarse al plebiscito del 5 de octubre de 1988, con la idea de un “Voto Revolucionario” o “Rupturista”: esa confusa estrategia política que de tanto en tanto utiliza el Partido Comunista, para enfrentar determinadas coyunturas en la relatividad ideológica y con el temor inminente a sentirse marginado del sistema político. Algo de eso se instaló en el imaginario de sus militantes, cuando el partido decidió participar de la Nueva Mayoría y posteriormente formar parte de la segunda administración Bachelet. En ese momento, la diputada electa Camila Vallejo expresó: “Los comunistas tendrán un pie en el gobierno y otro en la calle”.

Por otro lado, sus compañeros de coalición no los perciben como un partido clave ni decisivo para la gestión del gobierno. En las últimas declaraciones del ministro Burgos -más allá de una destemplada respuesta a la diputada Vallejo-, hay un ninguneo político que no ofrece demasiada diplomacia para expresarlo públicamente. Da la impresión de que la participación del Partido Comunista en el conglomerado de gobierno es un gesto políticamente humanitario y de adorno estético. Los comunistas son el “pesebre” de la Nueva Mayoría, aquel receptáculo que muestra la pobreza y la humildad de los orígenes de la política… y sus militantes son las figuras decorativas que intentan demostrar cierto apego relativo de las élites gobernantes con las causas sociales. Son figuras demostrativas para resaltar el espíritu navideño; pero en última instancia se trata sólo de algo temporal, que ocurre una vez al año, y que está dentro de los marcos del propio “establo político”.

Esta vez, los costos de querer formar parte del sistema político han sido muy altos para el Partido Comunista y, por el contrario, ha sido la fuente para revitalizar otras facetas de la instrumentalización de la política al interior de la Nueva Mayoría. Los comunistas se han prestado para ese sacrificio dentro la coalición, a cambio de un acceso relativamente preferente en los cupos de competición municipal y parlamentaria. Su compromiso con el gobierno ha desencadenado ese otro sacrificio, el de ser agentes desactivadores de las emergentes acciones colectivas y promotores de la fragmentación de los movimientos sociales. Se trata de una tarea ingrata, que ha acarreado cierto odio hacia sus militantes por parte de aquellos movimientos sociales que se forjan desde el antagonismo político con el gobierno; piénsese, por ejemplo, en el caso de la misma Camila Vallejo, que pasó de ser una dirigente estudiantil de innegable carisma, a ser una diputada con alto grado de rechazo ciudadano.

Sin embargo, a pesar de esta ambigüedad en el trabajo político desarrollado en estos últimos dos años, está siempre la esperanza de que un partido con la impronta política y cultural de los comunistas vuelva a retomar un rol relevante en un proyecto de izquierda para el país. Por el momento es sólo una esperanza, sin demasiados argumentos ideológicos y fuera de contexto en el actual escenario político; de algún modo sólo persiste una cierta afinidad de naturaleza afectiva, cuestión de la que, en todo caso, carece hoy el Partido Socialista.


Sociólogo y profesor universitario