Al conjunto de normas morales, más o menos estables, que rigen la conducta de las personas en cualquier ámbito de la vida se le ha denominado “ética”. Ésta, como tal, no es material, sino que, más bien, puede ser concebida como una “imagen del mundo”. Específicamente, de un modo de ser y actuar en el mundo que, por su carácter, muy a menudo, ha determinado como guardagujas la dirección de los rieles sobre los que las acciones son impulsadas por la dinámica de los intereses materiales e ideales.

La imagen del guardagujas para ilustrar el sutil, casi imperceptible, pero al mismo tiempo fundamental papel que juega la ética, los valores de cada época, en la conformación de un determinado “espíritu” o mentalidad que promueve o desincentiva ciertos comportamientos, pertenece a Max Weber, quien, a comienzos del siglo XX, demostró cómo el sistema económico del capitalismo moderno se vio configurado por el modo de conducción de la vida que derivaba del ascetismo intramundano protestante.

Las “visiones de mundo”, los “modos de ser”, la ética, en definitiva; que al mismo tiempo responde y está interrelacionada con las condiciones materiales, económicas, de vida, de producción y reproducción de los individuos y las sociedades; puede, en determinadas coyunturas históricas, aportar, sutilmente, como el guardagujas, en la constelación que se configura a partir de los intereses materiales y simbólicos dominadores en la sociedad que estructura, al mismo tiempo, determinados modos de ser y actuar. Una simbiosis permanente, dialéctica entre cuestiones materiales y simbólicas.

En la actualidad, en Chile, el financiamiento irregular de la política y los distintos casos de colusión que han salido a la luz pública, entre otros hechos que no viene al caso analizar aquí, han sido leídos como síntomas de una crisis ética y moral de las elites económicas y políticas que controlan al país. El término “crisis” remite a un cambio profundo o de consecuencias importantes en determinado escenario. También refiere a una situación difícil, negativa o impropia. Pero, ¿qué tan ajeno es este “modo de ser” a la clase dominante chilena?

En una sociedad capitalista, neoliberal como la nuestra, que se funda en la explotación de gran parte de la población, a través del trabajo, el consumo y hasta de los derechos sociales gracias a su privatización y consolidación como negocio; cuyo presupuesto ideológico es la necesidad de generar desigualdad para promover la competencia que permitiría el correcto funcionamiento de los mercados; donde las estructuras económica, jurídica e institucional, instauradas en dictadura, hasta hoy figuran como intocadas; que incentiva la competencia, el individualismo y el consumismo, en una población que se encuentra a la deriva del mercado, sin seguridad social real y cuyas condiciones de trabajo y, por lo tanto de vida, son cada vez más precarias; con una clase dominante que abraza el neoliberalismo, lo promueve y lo reproduce, con un grupo de burócratas funcional a los intereses de aquella, cancerberos, que viven de ella a condición de sostener el modelo… ¿podemos esperar una ética diferente a la neoliberal?. No.

No estamos ante una crisis moral. Tampoco vivimos en el epicentro del sismo que fracturará o derrumbará el neoliberalismo chileno, como algunos analistas lo han querido poner. Estamos, ciertamente, ante el modelo desnudo. Que se muestra tal cual es. Que se exhibe impúdicamente, desafiante, mirando a los ojos a la población, balbuceando: “he aquí el neoliberalismo. Exploto, someto, me coludo y corrompo. ¿Y qué?”. Pero al aparecerse así, inmediato y pendenciero. Al dejarse ver despojado de cualquier discurso eufemizador, hay algo que sin embargo se reserva. Esto es, la violencia que el neoliberalismo a través del mercado y su brazo político, el Estado, fundado desde y para el mercado, con el objeto de acompañarlo de lado a lado, monopoliza y aplica sobre la población, permanentemente.

Para decirlo brutalmente: Golpe de Estado, dictadura, detenciones, torturas, desapariciones, muertes; gobiernos transicionales que perfeccionan la herencia dictatorial; población despojada de sus derechos y atomizada; trabajadores explotados, endeudados, depresivos, medicalizados, individualistas y temerosos; empresarios coludidos que forman carteles para evitar la competencia y regular la producción, venta y precios en determinados sectores, que, además, financian la política en virtud de asegurar sus negocios; privatización de nuestros recursos naturales para que sean aprovechados por capitales multinacionales; represión de las movilizaciones sociales, trabajadores asesinados por Fuerzas Especiales, estudiantes gravemente heridos, la Araucanía militarizada; gobiernos falsamente progresistas, limitados, más bien eunucos, que ni aunque quisieran (¿alguna vez lo han querido?) podrían subvertir el orden establecido por la dictadura y administrado, corregido y perfeccionado por la burocracia concertacionista… Todas estas cuestiones, son parte de los fenómenos que constituyen y estructuran nuestra “realidad”, conformando los sentidos hegemónicos de nuestra cultura y, al mismo tiempo, dan cuenta del rol de la violencia en tanto comadrona y sostenedora del orden actual. La violencia como aquello que le entrega y permite su arrogante existencia al capitalismo neoliberal chileno, a la clase dominante y sus custodios. Como el crisol donde se funden los materiales que pueblan la estructura significante que modela la ética neoliberal nacional.

 


Doctor en Ciencia Social con Especialidad en Sociología