Debemos aceptar que no es fácil criticar un disco de David Bowie a menos de una semana de su muerte. En realidad, en cualquier momento sería difícil criticar un disco del británico, básicamente por el constante cambio en su enfoque musical, por sus dispersas propuestas sonoras y estéticas, por su inagotable trayectoria creativa, etc. Debido a esto último, pierde subjetividad esta crítica inmersa en la sensibilidad que nos sugiere su reciente despedida, otorgándole ese permanente sello transgresor algo de objetividad a esta visión de “BlackStar”, el vigésimo quinto y último disco en vida del camaleón.

Si echamos un pequeño vistazo a las más recientes creaciones de Bowie, “BlackStar” difiere bastante de esas entregas, pero no se aleja de la experimentación sónica de otros discos más antiguos.

No es un disco fácil de digerir, eso está claro, pero tampoco fácil de olvidar, ni de tentarse -o sentarse- a disfrutar, ya que es un material que se pasea por los sonidos del jazz (lo que ya genera un estímulo por lo diferente de la propuesta), mezclado con la electrónica y el buen gusto. El claro/oscuro se funden en tan sólo 7 canciones. La batalla la gana la oscuridad.

Ojo con “Sue (Or in a season of crime)”, pues apela a ritmos rockeros, pero sin desligarse de la línea sonora jazz vanguardista del LP, creando una obra algo más enérgica que sus 6 restantes.

A ratos resuenan melodías del “KID A” de Radiohead, como por ejemplo en “Blackstar, el tema de apertura. Quizás haya también retazos del sonido de la islandesa Bjork, pero con una identidad individual que sólo puede autoatribuirse el Duque Blanco.

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“Dollar Days” tiene la magia de un Coltrane, con una dosis malévola de Brian Eno, y los toques propios de la vanguardia progresiva que chorrea toda esta entrega musical. ¡Uff, qué despedida te mandaste Bowie!

“Tis a pity she was a whore”, me hace preguntarme si buscó la creación de un nuevo subgénero. ¿Jazz Lisérgico?, ¿Glam Jazz? Es que aquellos vientos perdidos del ritmo de base, al más puro estilo The Beatles en sus creaciones más lisérgicas, dan pie a esta idea de un nuevo diseño melódico. Es que elucubrar con David Bowie es quizás la única forma de entender creaciones que sólo tienen sentido si nos dejamos envenenar por su creativo arte musical. He ahí la magia de Bowie.

Quizás el momento más “profético”del disco, y de comentario obligado para quienes gustan de buscar mensajes ocultos en el material de los artistas, sea en la canción “Lazarus”, donde efectivamente Bowie describe pasajes que pueden ser interpretados como presagios de su enfermedad (basta ver el video promocional para complementar esta idea) y su conocimiento de una posible muerte al momento de escribir la canción (“Mira aquí arriba, estoy en el cielo/tengo cicatrices que no pueden ser vistas/Mira aquí arriba, hombre, estoy en peligro/
no tengo nada más que perder”).

wikimedia.org/

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En resumen, el Duque Blanco se encargó de hacer en “BlackStar” lo que mejor sabía hacer: crear. Porque no es un disco con el cual quiera marcar un hito musical, sino romper los y sus propios esquemas, como parte del ritual de una mente creativa que no tenía descanso ni límites. Es un disco donde se nota el hilo conductor de algo que podríamos llamar como Jazz Vanguardia (desconociendo si existe como estilo musical), y donde vuelve a impregnar de dramatismo y oscuridad a una de sus obras, quizás plasmando su sentir interno, el de un hombre enfermo, sufriendo el avance del cáncer en su cuerpo quizás cansado, pero con un cerebro lúcido e incesablemente inquieto.

Inserta así a su amplia discografía este material, que tendrá siempre el estigma indiscutible de ser la última creación de un genio, que ni en sus últimos días se cansó de proponer, crear y derribar barreras… o desde otro prima, el de imponer nuevas fronteras a una industria musical que extrañará su visión de futuro.

Gracias por todo. Hasta siempre David Bowie.