En una columna dominical en “El Mercurio” Carlos Peña sostuvo hace unos días que “si la gente no estuviera convencida del valor de la competencia, de la elección individual y del premio al esfuerzo personal (y no creyera que el mercado los hace posibles), no sentiría una indignación tan fuerte e intensa , de tinte casi moral, frente a la colusión…”

Los ciudadanos, en la tesis de Peña, rechazan con indignación la colusión, no el mercado: “La intensidad de esa indignación es la medida no del rechazo del mercado, sino de la adhesión a sus principios”. Algo muy discutible, sin duda, si se piensa que, si se acoge esta tesis, mayor sería la adhesión de la gente a los “principios” del mercado si apedreara los locales o los incendiara o los saqueara…

No tengo dudas que el mercado representa un haz cultural que ha conquistado espacio y hasta predominio en casi todos los territorios de la vida colectiva. Nuestro país es un buen ejemplo: es la mercantilización, estimulada entre otros por los lobistas, mercachifles por excelencia, lo que ha trenzado la política y el poder económico concentrado. Hay instituciones del Estado capturadas por el interés empresarial, la naturaleza es avasallada por el afán de ganancia sin límite, posibles en el mercado. Los servicios sociales, la educación, la salud y la seguridad social han sido progresivamente secuestrados por el lucro. Los grandes grupos económicos controlan los principales clubes deportivos. Los medios de comunicación tradicionales construyen la hegemonía mercantilista levantando la “fantasía” —en palabras de Peña— que concibe “la vida como fruto del esfuerzo y la elección individual que se expresa en la competencia y el consumo”.

Sin embargo, estimo que son muchas las manifestaciones que indican que la “fantasía” del mercado que difunden sus propagandistas es cada día menos acogida por los chilenos. Si bien el mercado ofrece señales útiles para asignar recursos en una economía no puede convertirse en el rector de la vida en sociedad, como pretende el neoliberalismo. La razón principal es porque la teoría del mercado se basa para su funcionamiento en la legitimación de cualquier diferencia por injusta que sea y en supuestos que no existen en la realidad. En Chile, por ejemplo, el mercado funciona como máxima expresión de desigualdad en la medida en que opera en una sociedad que es una de las más desiguales del mundo. Los chilenos se dan cuenta.

El hecho que la gente consuma (a pesar de las bajas remuneraciones) es gracias a su trabajo. Sus esfuerzos por mejorar su existencia son legítimos y parece absurdo considerarlos como un plebiscito de los principios mercantilistas y, menos todavía, de sus consecuencias.

La fortaleza adquirida por la demanda de educación gratuita, que ha puesto en cuestión la mercantilización educativa, es una clara manifestación de rechazo al mercado. La amplia acogida a la iniciativa del Alcalde Daniel Jadue de crear una “farmacia popular” en su comuna apunta en la misma dirección. El programa AUGE, cuyo pilar solidario fue cercenado por la derecha en el Congreso, constituyó en su momento una expresión de censura a la conversión de la salud en una mercancía más.

La Universidad Diego Portales, en el año 2009, cuando ya Carlos Peña era Rector, dedicó su Encuesta Anual a esta materia. Sus resultados fueron impactantes: más de un 80% rechazó la privatización de CODELCO, dos tercios o más eran favorables a más estado en el sistema de AFP y bancario y a que el transporte fuera público y que los colegios particulares subvencionados  y las ISAPRES también. Un 85% o más era partidario de que hubiese una red de farmacias públicas y que el Estado tuviese empresas de utilidad pública como agua, luz y gas.

Que la ciudadanía esté contra la colusión porque está a favor del mercado es una “fantasía” de Peña.

Olvidaba: ¡en la encuesta hecha en 2008 por la Universidad que dirige (y que ya dirigía) más de la mitad de los encuestados sostenía que era necesaria una cadena de supermercados estatales! Al año siguiente la pregunta fue eliminada y se consultó en cambio por las farmacias. Pero no importa: ya algunos Alcaldes han comenzado a plantearse la necesidad de abastecimiento municipal de alimentos y artículos de primera necesidad.


Socialista independiente