La experiencia catalana. El 27 de septiembre pasado se celebraron las elecciones en Cataluña, y tres meses después -el 6 de enero- no se había logrado un pacto de gobierno estable por la carencia de acuerdo entre las dos candidaturas independentistas: Junts pel Sí [JxSí] y la Candidatura d’Unitat Popular [CUP]. Faltaban horas para que el presidente en funciones, Artur Mas, tuviera que convocar nuevas elecciones. De hecho ya se había fijado el día: serían el 6 de marzo.

A pesar de todo, el 7 de enero empezaron, desde primera hora de la mañana, un rosario de reuniones a la desesperada entre los partidarios de comenzar definitivamente el proceso de constitución de un gobierno soberanista. En el Parlament, en las sedes de las diversas formaciones, en las de entidades cívicas, en un hotel, varios grupos de comisionados de las dos formaciones políticas y, también, de organizaciones de la sociedad civil soberanista, trabajaron frenéticamente contra el reloj.

El clima entre los participantes era irrespirable. Los insultos, las descalificaciones, las amenazas, las acusaciones de todo tipo se habían venido intercambiando cada día con más virulencia desde las elecciones de septiembre. Los nervios estaban a flor de piel y las sensibilidades extremadas entre los interlocutores y, también, entra la militancia y los votantes de JxSí y de la CUP. Desde las filas de los primeros habían acusado los segundos, incluso, de ser agentes del CNI [los servicios de inteligencia españoles], y se habían lanzado a una competición de agravios e injurias insoportables, muchas con un tono terriblemente machista. Desde las filas de los segundos, se les había dicho de todo excepto honorables, y las acusaciones de corruptos, antisociales y mentirosos habían sido los argumentos para afirmar una y otra vez que nunca, nunca, nunca apoyarían la renovación en la presidencia de Artur Mas.

Aún así, el mismo día 7 por la tarde, reunidos en un hotel, el presidente de la  Assemblea Nacional Catalana -Jordi Sànchez- hizo la pregunta clave a los reunidos: “Si alguien quiere ir a elecciones que lo diga ahora y levantamos la sesión. Si no, intentamos buscar un acuerdo y no ir a elecciones”. Nadie levantó la mano, y las negociaciones continuaron, con diversos grados de tensión, hasta que el día 8 por la tarde, una representante de la CUP leyó un texto que significaba un golpe de timón total en su estrategia. Después supimos que ese texto lo había redactado personalmente Artur Mas, y que estaba dispuesto a ceder la presidencia. El sábado 9, a las 21.30, el Parlament de Catalunya eligió presidente a Carles Puigdemont, apoyado por los diputados de JxSí y por ocho de los diez diputados de la CUP, tal y cómo se había acordado.

Borgen, la serie danesa de televisión, en versión española. La narración de esta rocambolesca dinámica negociadora entre formaciones políticas antagónicas que sólo comparten un objetivo [la independencia de Cataluña] y divergen en el resto de sus programas políticos, habría encajado en el argumento de la muy reconocida y seguida serie danesa de televisión Borgen. Con todo y con esto, lo que importa destacar ahora es que la pregunta de Jordi Sànchez fue la llave que abrió la cerradura del acuerdo final.

Estos días, en Madrid, también está negociándose la constitución del nuevo gobierno después de las elecciones del 20 de diciembre pasado. El PP de Mariano Rajoy quiere continuar mandando, y exige -por el bien de España of course- formar un gran gobierno de coalición con el Partido Socialista y con Ciudadanos. La dirección actual del PSOE se niega en redondo [a pesar de que algunos de sus principales lo verían con buenos ojos], conscientes que esa  Große Koalition significaría ponerle fecha de caducidad al partido. Paralelamente, los Ciudadanos de Albert Rivera, que querrían ese pacto, se niegan si los socialistas no  participan.

Mientras tanto, el resto de las fuerzas del arco parlamentario están -por razones diversas- en contra de la continuidad del PP y, todavía más, de Rajoy. Seria, pues, el momento de abrir una negociación con voluntad firme de pacto, con la tozudez catalana. El partido mayoritario de entre los opositores al actual gobierno en funciones, el PSOE, debería convocarlos a todos a una reunión. Muy probablemente no  asistirían más que aquellos que aspiran en un gobierno muy diferenciado de la trituradora social que ha sido el del PP de Rajoy. A los que  acudieran, otro Sánchez, en este caso Pedro, tendría que repetir la pregunta del Sànchez catalán, Jordi: “Si alguien quiere ir a elecciones que lo diga ahora y levantamos la sesión. Si no, intentamos buscar un acuerdo y no ir a elecciones”.  Si los que se quedaran sentados en la mesa sumaran más de 163 escaños [los que juntan los 123 del PP y los 40 de Ciudadanos], los participantes en la reunión deberían juramentarse para no levantarse de la silla hasta haber conseguido encontrar la forma de constituir un gobierno que permitiera afrontar los dos grandes problemas que nadie puede obviar: la dramática realidad social y el necesario nuevo ensamblaje territorial. En cualquier caso, será necesario que los interlocutores dispongan de la habilidad política y la capacidad de negociación que en Borgen demuestra la primera ministra Birgitte Nyborg.

La Vía valenciana. Para hacer efectiva esa voluntad de conciliación-que no quiere decir hacerse amigos para salir a cenar, sino socios políticos leales- alguien podría hacer un análisis de lo que es conocido como el Pacte del Botànic, firmado en Valencia por el Partido Socialista y Compromis-Podem. Haría falta que el analista empezará por explicar como de duras fueron las descalificaciones, como de firmes las líneas rojas y como de feroces los ataques de artillería que se prodigaron durante semanas los después aliados.

Es decir, que -para empezar, que queda mucho partido por delante-nadie tendría que asustarse por el hecho de que, hoy por hoy, las posiciones de salida están muy alejadas y que el acuerdo parece imposible. Se tendría que tener en mente la experiencia catalana -que demuestra que cuando hay voluntad política se tiene que explorar hasta la última vereda para salir del laberinto- tanto como  la dificultad extrema que tuvo que superar el pacto de Valencia.

La Vía valenciana puede ser válida. Ximo Puig, el presidente socialista [la primera autoridad no catalana que telefoneó a Puigdemont, gesto que tiene que valorarse como es debido], Mònica Oltra, su vicepresidenta, de Compromis [admiradora confesa, por cierto, de la serie Borgen] y Antonio Montiel [el líder del Podemos autóctono, hombre serio y respetado] podrían explicar cómo es y qué resultados está dando esa fórmula de no repartir parcelas de poder entre los aliados, sino hacer colaborar a los diversos partidos en las distintas responsabilidades de gobierno.

En una entrevista el sábado 16, preguntada por la posibilidad de replicar la Vía valenciana para el resto de España, Mònica Oltra respondió: “¡Claro que es posible! Y deseable. Yo apuesto por ese pacto, y ofrezco nuestra experiencia, que en los inicios fue compleja (…)  Pero cuando la prioridad es la gente todo es más sencillo porque esa causa es una causa invencible. Hay que aplicarse, hay que trabajar, hay que escuchar, aprender a transigir y tener claro que nadie tiene la verdad absoluta. Hay que ser flexible y abierto. De mente y de corazón”.

Pues eso. Eso, claro, si la respuesta a la pregunta es que nadie quiere volver a repetir las elecciones en cosa de tres meses. Una opción que sería una irresponsabilidad mastodóntica. Birgitte Nyborg, desde luego, no caería en ese error.


Académico del Departament d'Història Contemporània, Universitat de València