Una de las constantes de los grandes medios de comunicación en la actualidad son las Malas Noticias. Según los expertos, no se trataría de una delectación mórbida por lo horrendo, vergonzoso y pueril sino más bien de una tendencia que busca la espectacularidad de lo noticioso y tras ello, el lucro. Como se ha dicho, cuando se descubrió que la información era un negocio, la verdad dejó de ser importante. Así, entonces, todo aquello que violenta el cómodo sentido común de las masas seducidas y embrutecidas en el consumo y su consabida moralina de clase media será un producto perfecto para asegurar un alto rating en el prime time televisivo.

Por peregrina que parezca, esta teoría resulta verosímil, pues, en efecto, cuanto más sórdida es una noticia tanto mayor es su audiencia. Una decapitación protagonizada por el autodenominado ejército islámico capta una mayor audiencia que la promesa de una vacuna anunciada en la última edición de una revista científica. De este modo, la hora de las noticias de la noche, en cualquier lugar del mundo, se ha convertido en el momento del espeluzno y el pavor. Sea que se pronuncie Merkel, Putin, Obama, Trump, Netanyahu o algún otro personaje del momento, lo cierto es que sus palabras hieden a falsedad y cinismo.

Aclaremos que no defendemos ninguna ingenuidad, mucho menos aquella que sostiene que “el mundo va para mejor”. Contra Hegel, habría que decir que el mundo no marcha por la senda de progreso alguno ni nada parecido y que, la mayoría de las veces, pareciera más bien que involuciona hacia estados de delirio y estupidez como en los mejores tiempos de la barbarie. Digámoslo con toda franqueza, la humanidad actual no ha perdido ni un ápice de su pasión por los mentados pecados capitales. Las noticias resultan ser una retahíla de violencia, abuso, corrupción, injusticia, genocidio, codicia, cinismo, mentiras y más mentiras.

 Cuando el mundo parece debatirse en la fétida atmósfera entre los malos y los peores, cuando los dioses parecen haber enmudecido, encerrados en nuestro individualismo hedonista, atemorizados ante un mundo presidido por la violencia, lo único que no es fácil encontrar en los bulliciosos supermercados son aquellas viejas virtudes proclamadas por nuestros abuelos.

Como nunca antes, estamos sumidos en problemas  de carácter mundial. El ciudadano promedio vive la angustia de la desesperanza, asediado por una Crisis Medioambiental, Crisis Financiera Mundial, Violencia generalizada y un Estado de Inseguridad permanente. Ni los gobiernos, ni la clase política, ni los organismos internacionales resultan confiables. Los medios de comunicación se han convertido, en estricto rigor, en medios de manipulación al servicio de algún poder local o global. Si las miserias humanas nos han acompañado desde las cavernas, lo nuevo de esta época de indigencia posmoderna, es que en la actualidad la denuncia de los males del mundo no posee siquiera la expectativa de alguna utopía política o espiritual. Malas Noticias.

 

 


Académico