“El orden social se mantiene en Chile por el peso de la noche y porque no tenemos hombres sutiles, hábiles y cosquillosos: la tendencia casi general de la masa al reposo es la garantía de la tranquilidad pública”.

Diego Portales, Carta a Joaquín Tocornal, 16 de julio de 1832.

 

A más de ciento ochenta años de esta carta y su célebre frase, quizás la mejor alegoría del soñoliento orden político que jamás haya concebido asesor de marketing alguno, el espíritu de Portales sigue campeando en la escena política chilena.  En efecto, vemos cómo la plutocracia chilena, más sus comensales y tinterillos se las han arreglado perfectamente para seguir rigiendo desde su condición de minoría sobrevaluada (“el 0,1%”, como apuntó Diamela Eltit hace algún tiempo), y asistimos impávidos a un estatu quo sumamente resiliente que ha soportado el remezón de los sucesivos movimientos sociales de los últimos diez años -década de alta sismicidad social-, sacudones que alcanzan para ilusionarnos con que sí, ahora sí que sí: las cosas van a cambiar. Sin embargo, invariablemente terminamos por asistir a la infinita capacidad del tinglado neoliberal de resucitar y adaptarse, no sólo gracias al poder político y económico del maridaje entre una derecha interesada y una centroizquierda timorata, sino también gracias al poder social y cultural que ha emergido en el último tiempo, no sólo en los medios -lo cual no es novedad-, sino también en el sentido común del ciudadano corriente, en una inesperada vuelta de tuerca a la noción de hegemonía que el pobre Gramsci no hubiese imaginado ni en sus pesadillas durante las ásperas noches en la cárcel de Turi.

Porque el peso de la noche, brillante metáfora del ultra-pragmático Portales (reencarnado casi dos siglos después en Burgos, Walker, Martínez, Escalona y demás próceres del partido del orden) no se explica sólo por la inercia de las instituciones que pesan, y vaya que pesan, aplastando y asfixiando a la sociedad civil. No se explica sólo por el monopolio de los medios de comunicación masiva y del maná financiero, que cae graciosamente desde los cielos de Penta y de SQM sólo a manos muy escogidas. No se explica ni siquiera por la fuerza policial que vela celosamente por la propiedad privada como primerísimo derecho humano, haciendo vista gorda con todos los demás. También requiere ser explicada desde una cierta psicología de la dominación, una especie de Síndrome de Estocolmo descafeinado que hace inteligible lo absurdo: que sectores no despreciables del mundo popular voten UDI y se compren el eslogan del partido popular que vela por “los verdaderos intereses de la gente”; y que parte importante de la clase media reniegue de su genealogía progresista y reflexiva, adscribiendo a un ideario neoliberal deshumanizante, aceptando en carne propia la domesticación implícita en este nuevo darwinismo social: compite, no mires al lado, ocúpate sólo de ti y de tu familia, consume, triunfa… y paga.

Algunas claves para tal psicología de la dominación pueden encontrarse, por ejemplo, en la noción de la subjetividad social construida a partir de la diferenciación respecto de un otro. Quizás la herencia más perdurable del pinochetismo y de sus vástagos neoliberales ha sido el debilitamiento y la disolución de las diversas formas de solidaridad orgánica (política, social, cultural, religiosa), sustentadas en sendas variantes de identidad colectiva, y su reemplazo por un ethos fundado en el éxito individual-familiar, obtenido fundamentalmente a partir de la competencia y de la diferenciación social.  Este último punto es clave en la construcción psicológica de la subjetividad: se adquiere un valor personal en la medida que se hace el contraste con otro degradado, devaluado, asociado invariablemente al fracaso en el modelo: los pobres, los flaites, los resentidos… esas “cabezas de turco” cumplen una función bien precisa en el imaginario colectivo: sirven de figuras de contraste desde las cuales el sujeto evalúa su propio éxito o fracaso. La mejor prueba de esto es el horror de las familias de la clase media de mezclar a sus hijas e hijos con los niños y adolescentes menos favorecidos, sentimiento que subyace al rechazo a la reforma educacional.

Otro posible elemento de relevancia en la configuración de la identidad es la ausencia de lo político en la definición del sí mismo en la gran mayoría de las personas. El paso de la condición de ciudadano a la de mero consumidor, en vez de ser vivenciado como un demérito, es enarbolado casi como un certificado de pureza racial: aún es posible encontrar en la conversación cotidiana, en la sobremesa y en las redes sociales auto-afirmaciones del tipo “yo no soy político / no me interesa la política / la política es sucia / los políticos son todos ladrones y sinvergüenzas / yo soy gente de esfuerzo y trabajo”. Aquí lo grave no es el ignominioso baldón que cae sobre el gremio de los políticos profesionales (sospecho que merecido para muchos de ellos): lo terrible es la internalización de este principio de denegación de lo político como una ocupación noble y necesaria en virtud de su supuesta suciedad intrínseca, y la renuncia consiguiente a participar en ella, consagrando con esto la eficacia más que centenaria del peso de la noche.

Agréguese a esto un fenómeno relacionado con lo que los psicólogos llamamos sentido de autoeficacia: el triste espectáculo que brinda a diario la clase política contribuye poderosamente a que el ciudadano corriente perciba la irrelevancia de la propia opinión y de las propias preferencias sociales y políticas a la hora de incidir en los asuntos públicos. ¿Para qué participo si a la hora de la hora todo se decide en la cocina de Zaldívar o en el conciliábulo opaco del Tribunal Constitucional? Es decir: percepción de autoeficacia cercana a cero, y más bien mucho de desesperanza aprendida… En este sentido, es revelador comprobar que los períodos electorales cumplen una función análoga a la de la Teletón (me refiero al show televisivo, no a la institución): lagrimeamos frente a la TV un día completo al año, corremos ansiosos al banco a depositar y con eso sentimos que hemos llenado nuestra cuota de solidaridad, regresando sin remordimientos a nuestro egoísmo sagrado en los 364 días restantes; hacemos la fila cada cuatro años, votamos por el candidato menos desagradable, entintamos el dedo y con ello nos damos por cumplidos en nuestro rol ciudadano.  La mala noticia es que dicho ritualismo electoral no confirma nuestra supuesta virtud cívica: más bien desnuda la endeblez de nuestro compromiso político, en la medida que, desde los recuentos electorales cantados al atardecer y hasta el siguiente proceso electoral cuatro años después, la gran mayoría de nosotros cómodamente toma palco, aplaude, maldice y pontifica desde las muy inútiles redes sociales, pero sin involucrarse en lo más mínimo en la cosa pública. Otra victoria desde ultratumba del inefable Portales, otro efecto demoledor del peso de la noche.

La buena noticia es que los movimientos sociales y las plataformas informativas que escudriñan en las penumbras y recovecos del accionar social y político, estarían contribuyendo a disipar en algo esta espesa niebla que adormece la vocación crítica y cuestionadora. Más de un contertulio de café me ha enrostrado de modo condescendiente semejante ingenuidad o el tamaño desmesurado de la ilusión, por creer que es posible echar abajo este peso de la noche tan eficientemente administrado por la Derecha y por sus opacos albaceas de la Nueva Mayoría. Asumiendo el riesgo de calzar zapatos de ingenuo, me aferro al recuerdo de una conversación de comienzos de los ‘90, en que un amigo mucho más viejo, más sabio y más militante que yo, me dijo: Eso de que la política es el arte de lo posible es basura: necesitamos creer que la política es el arte de lo necesario.

Para conjurar el peso de la noche (recargado), que permite que la Derecha y sus socios de la Nueva Mayoría hagan y deshagan con nuestra sociedad, convendría romper con el relato que nos condena a la impotencia y hacer que la política deje de ser el mezquino arte de lo posible y pase a ser el ético arte de lo necesario. Para eso hay que opinar, discutir, simpatizar, hacer militancia, escribir, convocar, construir plataformas… haga lo que Ud. quiera, pero hágalo: no deje que el peso de la noche se apodere de Ud., adormezca su rol ciudadano y lo convierta en un penoso zombie que deambula en este páramo neoliberal llamado Chile.


Psicólogo y profesor universitario