Hace unos días tuve la oportunidad de ver el preestreno de “La chica danesa”, película británica protagonizada por Eddie Redmayne (ganador del Globo de Oro y del Oscar al mejor actor por su papel como Stephen Hawking en La teoría del todo en 2014) que cuenta la historia real de la pintora danesa Lili Elbe, primer transexual en someterse a una cirugía de cambio de sexo en 1931 y que, producto de una serie de operaciones correctivas para terminar siendo mujer fisiológicamente, falleció. La película muestra, con ademán sutil, elegante y a través de un desarrollo argumental muy bien hilvanado, todo el doloroso pero a la vez liberador proceso de descubrimiento interno y aceptación de la identidad de Elbe, nacida con una apariencia masculina opuesta a su verdadera naturaleza bajo el nombre de Einar Wegener. De manera notable, su pareja -Gerda- asume el impacto de este descubrimiento, siendo capaz de poner por sobre la natural complejidad que el asunto generaba en aquella época su amor a la persona, al ser humano más allá de su género, acompañándolo en todo el proceso hasta el final, ya no como esposa, pero sí como compañera. Sin artificios, apelaciones facilistas a la emocionalidad ni clichés baratos. Hay películas que pasan y otras que quedan; esta es de aquellas últimas.

Hago referencia a lo anterior como una reflexión acerca de la dinámica histórica respecto de la contraposición de fuerzas sociales en pugna permanente, entre aquellos sectores que de tiempo en tiempo intensifican o renuevan su búsqueda de transformaciones y aquellos otros que se empeñan en la mantención de los muros de contención levantados para impedir a toda costa estos embates reivindicadores, generándose natural tensión y muchas veces estallando el conflicto. Es cosa de echar un vistazo hacia atrás, hacia ese pasado que determina y explica nuestro presente, para darse cuenta que, al igual que sucede con fenómenos naturales como son la erupción de volcanes o los terremotos, estos episodios siempre han estado presentes, tienen una recurrencia periódica y no hay que ser especialmente perceptivo como para poder advertirlo. Pero para ello, la visión debe superar la perspectiva limitada que ofrece el nivel de la trinchera, que es la que se hace desde lo político-partidista, y hacer la lectura desde el comportamiento social a través del tiempo. La interpretación y entendimiento de esa tectónica en la que se acumulan energías por la confrontación de placas opuestas, liberándose a través de temblores menores, de mediana intensidad o en terremotos que derrumban lo edificado, especialmente cuando aquellas bases se han ido agrietando bajo el peso propio de lo que termina haciéndose insostenible.

Dentro del contexto reformista por el que atraviesa nuestro país, y que por cierto ha generado las resistencias de aquellos grupos conservadores de poder político-empresarial en los que podemos encontrar representantes tanto de la UDI y RN como de la DC, el PS y el PPD, -todos pertenecientes al club de la vieja y apolillada política, combinados en un abanico multicolor más amplio y transversal que el arcoiris-, los cambios pretendidos, más allá de ser intentos de subversión ideológica, corresponden a la expresión de una sociedad que no es la misma de antes, más consciente ante el abuso, y que no sólo manifiesta esta evolución a través de una reacción todavía incipiente hacia los robos y estafas institucionalizadas, sino también mediante la reclamación de otros derechos civiles, como son por ejemplo el del autocultivo de marihuana para consumo medicinal y recreacional o el del matrimonio homosexual. Pasos que encaminan a nuestra sociedad hacia grados mayores de maduración.

Esta semana se llevó a cabo en Coyhaique la primera unión civil entre personas del mismo sexo. Un hito de especial relevancia no sólo para la región, sino para el país en términos de asegurar el respeto a derechos civiles inherentes a todas las personas más allá de raza, credo o preferencia sexual. Luego de tantas malas noticias relacionadas con el irrespeto y vulneración de derechos sociales desde la clase política hacia la ciudadanía, el reconocimiento de la igualdad en este ámbito respecto de las parejas hetero viene a ser un triunfo cívico ante las estructuras moralistas que rigen el comportamiento privado de las personas. Es legítimo que haya personas a las que no les guste esta iniciativa, por diversas razones particulares, sin embargo lo que no es válido ni aceptable es que en base a esas opiniones se impongan al conjunto de la sociedad normativas que pasen a llevar la condición de ciudadanos o ciudadanas de las personas, toda vez que ello no se pierde por poder tener opciones distintas en alguna de las categorías mencionadas (raza, credo, género u opción sexual) Es entendible también que las iglesias no contemplen la celebración de estas uniones, en virtud de sus creencias y dogmas de fe; sin embargo, en Chile hace rato que Iglesia y estado están separados, por lo cual la unión civil queda libre de consideraciones de tipo religioso.

La transformación social, por ende, además de necesaria dentro de determinados escenarios como el actual, representa un fenómeno natural presente en todo proceso histórico en que se pongan en cuestionamiento, de manera tan profunda, crítica y fundamentada como hoy sucede, los paradigmas doctrinarios que sostengan determinados modelos, estructuras o visiones de mundo. Así también, la contención de este avance inevitable es parte de las resistencias minoritarias concentradas en grupos de poder reaccionarios a los cambios que signifiquen redistribuir cuotas del mismo, sin lograr entender que ello es indispensable para una convivencia más sana y equilibrada al interior de nuestra sociedad.