En estos últimos días el foco de atención de ciertos generadores de opinión ha corrido en paralelo con las descalificaciones y los intentos de intoxicación de una parte nada despreciable de los dirigentes políticos. Se ha llegado no solo a abusar ad nauseam de lo que podemos llamar periodismo de intoxicación, sino que se ha recurrido a lo que técnicamente se conoce como propaganda negra.

Desde la Fundación España Constitucional -que reúne a ex ministros de PP y PSOE, liderados por personajes tan vidriosos como José Bono y Eduardo Zaplana- al club de amigos que ha designado portavoz a otro recordado y contundente exministro, José Luis Corcuera, se han hecho notables esfuerzos por tensar el ambiente partidario en el PSOE y, en especial, para atar de manos a Pedro Sánchez. Todos ellos han coincidido en un objetivo confesado: impedir cualquier acercamiento del PSOE a Podemos y, en la misma operación, propiciar un pacto de gran coalición entre PP, PSOE y Ciudadanos o, en su defecto, un gobierno en minoría de PP y Ciudadanos con la abstención o la colaboración parcial de los socialistas.

Todavía es pronto para evaluar los efectos que esas actuaciones -trabajo fraccional se llamaba antes- han generado tanto en el Partido Socialista como en su entorno de simpatizantes y votantes. Pero la reunión del Comité Federal ha generado un escenario interno que habremos de evaluar con más calma.

El foco que había estado en el último tiempo obsesivamente fijado sobre los independentistas catalanes se ha instalado ahora sobre Podemos y sus aliados.

No es necesario ser votante ni simpatizante de esta formación para coincidir en que se han convertido en la pieza a batir de los nostálgicos del bipartidismo y de la España más convencional y castiza. Se les ha humillado con la distribución de los escaños en el Congreso [relegándolos a las zonas más altas y alejadas en el hemiciclo, o dejándolos sin siquiera lugar de reuniones para el grupo del Senado]. Y lo han hecho los tres partidos mayoritarios: PP, PSOE y Ciudadanos, que se culpabilizan entre ellos de ser los promotores de la fechoría; los mismos que se opusieron a que constituyeran los grupos parlamentarios que pretendían las coaliciones de Podemos con otras fuerzas políticas del País Valenciano, Cataluña y Galicia.

Dos grandes figuras como Felipe González y José María Aznar han sido particularmente beligerantes contra los del partido morado. Ambos ex dirigentes, los dos con muchísimo peso específico en sus partidos, se han despachado a gusto y, cada uno por su lado, han dicho que el nuevo partido es -entre otras lindezas- chavista, comunista, leninista, bolivariano y jomeinista.

Aznar ha declarado que Podemos -que “tiene financiación venezolana e iraní”-es “una amenaza para nuestro sistema democrático y nuestras libertades”, ya que “no creen en un sistema democrático y quieren subvertirlo; no creen en el Estado de derecho; no creen en la independencia judicial; no creen en un sistema democrático libre ni en la economía de mercado, ni en las libertades de las personas”. En conclusión, para Aznar “Podemos es un riesgo político y, si tiene alguna posibilidad de llegar al Gobierno, mucho más todavía”.

González, algo más sutil aunque solo sea porque al menos diferencia de forma explícita a los líderes de sus votantes, censura “el comportamiento arrogante de los líderes de Podemos, con humillaciones que ponen al descubierto cuáles son sus verdaderas intenciones”. Según el ex dirigente “quieren liquidar, no reformar, el marco democrático de convivencia, y de paso a los socialistas, desde posiciones parecidas a las que han practicado en Venezuela sus aliados. Pero lo ocultan de manera oportunista. Del mismo modo, dejaron de hablar de Grecia cuando más lo necesitaron sus amigos. Son puro leninismo 3.0”. Hay más, no obstante, en la descalificación del partido morado: “plantean también con disimulo [la cursiva es nuestra] la autodeterminación [de Cataluña, País Vasco, Valencia, Galicia, Baleares], algo que contradice un proyecto para España como espacio público que comparten 46 millones de ciudadanos”.

¿Qué deben entender los votantes de Podemos y de las organizaciones con las que concurrieron coaligados a las pasadas elecciones del 20D tras escuchar a estos dos patricios? Descartado que en España se puedan contar hasta cinco millones de bolivarianos, o cinco millones de neo leninistas, o cinco millones de jomeinistas, o cinco millones de un surtido variado de todos ellos, lo que hay detrás de estas descalificaciones, de estos improperios de ambos dirigentes es -además de una buena dosis de propaganda negra- un enorme desprecio por el electorado que ha apoyado esas opciones políticas.

González y Aznar fueron de aquellos que, cuando el movimiento del 15M acampaba en las plazas exigiendo atención a los problemas reales de la gente, los descalificaban como perro flautas y antisistema, y les conminaban a aceptar la democracia y a presentarse a las elecciones. Una buena parte de aquella gente lo hizo, y a ellos se unieron otros muchos -personas y grupos políticos- que responsabilizan a los dos partidos mayoritarios de la gestión de la crisis, de los estragos de las medidas económicas, políticas y sociales que se han tomado desde 2008 en adelante, y -para rematar- de la corrupción que carcome las instituciones políticas, muy particularmente las gobernadas por el Partido Popular.

Pues bien, a lo que parece, según los dos próceres, esos cinco millones de bobos no saben lo que han votado. ¿Cómo iban a votar, si no fueran tan simples, por romper España en pedazos para después convertirlos en la Venezuela chavista, en el Irán jomeinista o en la Rusia bolchevique? Desconocían lo que representaba la papeleta que metieron en la urna.

Menos mal que están ellos, los estadistas preclaros, para enmendar el voto de esos insolventes -esos cinco millones de necios- forjando una gran coalición de gobierno -explícita o implícita- que salve España de tanto enemigo infiltrado [los dirigentes] y de tanto majadero que no sabe ni votar lo que corresponde. ¿Qué corresponde? Pues que los amigos puedan seguir haciendo sus negocios, que las puertas giratorias estén bien engrasadas, que la disidencia de cualquier tipo esté debidamente penalizada, que los inconformes sean acallados, que se respete el orden razonable de las cosas. Eso, lo normal. Lo de siempre.


Académico del Departament d'Història Contemporània, Universitat de València