Resulta importante examinar cómo, mediante discursos valorados por las elites, se naturalizó la violencia. Parece necesario repasar sus signos, sus movimientos, sus máscaras. Se trata de una violencia institucionalizada porque está inscrita en un binarismo que impide, en lo diverso, una posición igualitaria. Hoy ese binarismo mantiene –a costa de una desigualdad sin límite- a una híper minoría habitando en los paraísos sociales producto, en muchos casos, de la colusión, la usura y el tráfico elitista, incesante, entre capital y políticas.

El tiempo más intenso o acaso eficaz para la instalación del racionalismo ilustrado por parte de las elites se consolidó en el siglo XVIII. Allí se extremó la vocación a desalojar las creencias y tejidos míticos que eran atribuidos al llamado “bajo pueblo”. Una era febril para instalar un nuevo paradigma controlado por la burguesía que buscaba inscribir una matriz para su validación.

De esa manera refulgió “el siglo de las luces” volcado, desde una concepción universalista, a establecer un control normativo fundado en la clasificación y los manuales con el fin de establecer dominaciones más exhaustivas sobre cuerpos, imaginarios y territorios.

Las elites latinoamericanas a lo largo del siglo XIX luchaban por instalar el inédito concepto de Estado Nación de acuerdo a los parámetros europeos y sus categorías. Más allá o más acá de las disputas no menores de poder (básicamente  liberales y conservadores) la gran tarea parecía construir una población subordinada y homogénea para garantizar la sumisión a los dictámenes de las elites.

En ese contexto, Domingo Faustino Sarmiento, argentino, realizó su propia contribución al escenario racionalista cuando acuñó su influyente oposición entre lo que denominó: “civilización o barbarie”. Lo hizo con claridad meridiana, definiendo los límites de una civilización a la que aspiraba y que, desde luego, implicaba la destrucción de lo que entendía como barbarie.

Estas categorías se dirimían en una época específica: el siglo XIX y sus supuestos sociopolíticos pero, de una u otra manera, sus debates permiten ver cómo las elites responsables de mover los hilos sociales y de organizar una comunidad pensaron el proyecto. Lo que me interesa señalar es que, desde mi perspectiva, el pensamiento poscolonial sigue operando en las elites chilenas a partir de renovadas ecuaciones binarias tan peligrosas como “civilización y barbarie”.

Domingo Faustino Sarmiento vivió en Chile –donde escribió y publicó en 1845 su decisivo “Facundo o Civilización y Barbarie en las pampas Argentinas”-. Más adelante este “civilizador” llegó a ser Presidente de Argentina y su pensamiento “ilustrado” influyó  en todo el Continente.

Quiero recordar aquí cuál era su posición frente a lo que él consideraba como “bárbaro”: “¿Lograremos exterminar a los indios?  Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar. Esa calaña no son más que unos indios asquerosos a lo que mandaría a colgar ahora si reapareciesen.  Lautaro y Caupolicán son unos indios piojosos porque así son todos. Incapaces de progreso. Su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño que ya tiene el odio instintivo al hombre civilizado”.

Resulta imprescindible volver a escuchar esta voz y reconocer sus resonancias en el presente. El pueblo mapuche ha sido arrasado material y simbólicamente por las elites locales que trasmiten sus fobias racistas quizás con mayor disimulo pero no con menor énfasis. Los constantes apaleos a los niños mapuche en sus comunidades por parte de la policía recogen esos ecos. La imperdonable negación de la autonomía de los pueblos originarios constituye una prueba indesmentible de una situación pétrea.

Pero también esa misma sensibilidad “civilizatoria” de Sarmiento, aflora en relación a la población más desvalida y carente. En un discurso emitido en 1859, el futuro Presidente trasandino y respetado intelectual señalaba: “Si los pobres de los hospitales, de asilos de mendigos y de las casas de huérfanos se han de morir, que se mueran; porque el Estado no tiene caridad, no tiene alma. El mendigo es un insecto como la hormiga. Recoge desperdicios. De manera es inútil la necesidad de que se les dé dinero ¿Qué importa que el Estado deje morir al que no puede vivir por sus defectos? Los huérfanos son los últimos seres de la sociedad, hijos de padres viciosos, no se les debe dar nada más que de comer.”

Hoy asistimos al “reality” del dinero ilegal como un espectáculo para las audiencias que muestra el tejido múltiple entre el poderoso empresariado y una parte del espectro político. Un teatro jurídico montado como mera expiación o como una “operación limpieza” sin mayores efectos penales. Una forma de gatopardismo para liberar la ira frente a un modelo sin salida.

Pero detrás del espectáculo público, se restaura una medida que muestra la posición antipobreza escrita por Sarmiento. Porque la estigmatizada ecuación entre pobreza y delincuencia se mantiene vigente con una nueva versión de la detención por sospechas incluida la población de catorce años.

Hay que entender con claridad que la explosiva delincuencia es uno de los efectos del neoliberalismo (costos, dirían sus defensores) y su estela de desigualdad. Porque el neoliberalismo necesita de la violencia delictual para desplazar así la violencia del modelo que genera una estela de resentimiento. Y más aún, opera  como un dispositivo manejado por las elites para generar enemigos públicos en la masiva segregación que programan y liberar así a las mismas elites que los producen.

Pero Domingo Faustino Sarmiento ya había pensado con lucidez este presente cuando señaló: “No queremos exigir a la democracia más igualdad que las que consienten las diferencias de raza y las posiciones sociales. Nuestra simpatía para la raza de ojos azules.”


Escritora y académica