La recientes declaraciones del ex presidente uruguayo, José Mujica, bien merecen una reflexión más detenida. Para el ex mandatario, la oposición entre izquierdas y derechas es una cuestión de antigua data que se ha escenificado en la historia humana en reiteradas ocasiones. Según su punto de vista, la derecha entraña la tentación “fascistoide” en aras de la estabilidad, mientras que la izquierda confunde a menudo los deseos con la realidad, cayendo en el “infantilismo”. Quienes creyeron que el problema era el “capitalismo” se quedaron cortos, afirma, el problema es de carácter “civilizatorio”

Debemos reconocer en las palabras de Mujica una profunda lucidez y no poca sabiduría. Pareciera que, efectivamente, el último gran cambio civilizatorio fue producto de la llamada Revolución Burguesa de la mano de la llamada Revolución Industrial, demostrando que las condiciones materiales hicieron posible nuevos horizontes sociales y políticos. Hagamos notar que, hasta el presente, seguimos sumidos en un modelo de desarrollo basado en el industrialismo y el petróleo.

Todas las fórmulas políticas ensayadas hasta la fecha – socialismos, corporativismos, liberalismos – resultan modos de administración de un mundo industrialista feudatario de la cultura burguesa. De manera que los adversarios del capitalismo resultan ser un mal remedo de la “modernidad burguesa” a la que aborrecen, reproduciendo lo peor de la tentaciones burocráticas en un Estado-partido y modos “fascistoides” de control, la desigualdad social y la depredación medioambiental en nombre de una presunta Revolución. En pocas palabras, durante casi tres siglos la humanidad no ha sido capaz de salir de un orden tecno – económico capitalista y un orden político y cultural fundado en categorías “burguesas”.

Y sin embargo, hay cuestiones urgentes que resolver aquí y ahora. Solo por recordar aquellas cuestiones que requieren una solución en el corto plazo, mencionemos: La crisis medioambiental y el subsecuente calentamiento global; la brutal desigualdad social y la pobreza en África, Asia y América Latina; la guerra y la violencia diseminada en diversas latitudes como causa inmediata de muerte, destrucción de países enteros y millones de desplazados, para no hablar de la expansión de sociedades de consumidores como modelo antropológico anclado en el individualismo, el hedonismo y el consumo suntuario.

América Latina, en los años recientes, ha sido el escenario privilegiado de las peores tentaciones de  izquierdas y derechas. Así, el modelo neoliberal  abrazado por la dictadura “fascistoide” de Pinochet, prontamente se convirtió en el estandarte de la derecha latinoamericana, con una escalada de ajustes y privatizaciones de la salud y la educación, muy del gusto del FMI, pero reñidas con la más mínima sensibilidad ética y social, concentrando la riqueza en grandes corporaciones en detrimento de los trabajadores. Desde la izquierda, el “infantilismo” voluntarista neo populista con una política de reformas desarrollistas y una rica logomaquia – por no decir demagogia –  no lograron abolir la desigualdad ni, mucho menos, acabar con las “estructuras del capitalismo”, por el contrario, han sumido a sus pueblos en un clima de corrupción generalizado y una crisis política y económica de envergadura.

Pareciera que los paraísos están vedados para las sociedades históricas, en tanto no se produzca una triple mutación casi simultánea, tal como aconteció con la Revolución Burguesa, a saber: una revolución tecno-económica que modifique íntegramente los procesos productivos, una revolución política que instituya un nuevo contrato social y, finalmente, una revolución cultural en que palabras como Libertad, Igualdad y Fraternidad entre muchas otras sean algo más que meros deseos. Un horizonte civilizatorio de tal magnitud no se avizora todavía y como todo proceso histórico habría que concebirlo en la “longue dureé”, esto es, habría que medirlo en siglos.


Académico