Voy a divagar en torno al libro, Imagen, cuerpo (2015) de Alejandra Castillo, desde una mirada editorial y perspectiva fotográfica, en razón de algunos textos y colaboraciones que Alejandra ha realizado en la página web Atlas; web que nace con la idea de producir y hacer circular material reflexivo sobre  fotografía e imagen. Creo pertinente relatar, que en el inicio del desarrollo de la web me encuentro con un texto disertado y publicado en el Seminario: Historia del arte y Feminismo, relatos lecturas escrituras omisiones, organizado por Soledad Novoa en el Museo Nacional de Bellas Artes, 2012. El texto al que me refiero, es Ars Disyecta, de Alejandra Castillo, un ensayo que examina las prácticas de producción de artistas y fotógrafas feministas, que generaron y generan disrupciones y objeciones a un discurso  jerárquico. El encuentro con ese texto en particular, detona una sincronía de relaciones y cuestionamientos editoriales  en la web que cobran sentido.

Puesto que, la importancia de los ensayos de Alejandra Castillo, compartidos posteriormente en la revista, agencian un acontecer más que significativo, por la auscultación aguda que ella realiza en torno a la relación  cuerpo, poder e imagen; asuntos cruciales para entender las simbologías de lo no visible y la construcción de los sujetos; su identidad por medio del campo fotográfico. Así mismo, esta colaboración que nace, dinamiza “un rayado de cancha”, “lo político”, en el espacio de la red cada vez más automatizada y  pulsional de inercia escópica.

¿Qué activa esta  triada, filosofía,  feminismo y fotografía desde una página dedicada a  la imagen,  por ende  a la circulación de los cuerpos siempre representados,  enmarcados por otras miradas? Manifestando que una mirada  nunca es neutra, sino que es una mirada fotográfica productora de imágenes, como representaciones codificadas- a la par que codificadoras- dotadas de un plural carácter simbólico, económico, cultural, político, sexual, etc”. (Cita del crítico e historiador de arte, David Pérez, recogida en el libro: “La certeza vulnerable, cuerpo y fotografía en el S XXI”).

En el texto homónimo “Imagen cuerpo” incluido en el libro, Alejandra Castillo va más allá, y escribe: “Lo propio de la imagen es la indeterminación. Las imágenes enlazan y desvinculan lo visible y su significación, palabra y efecto produciendo sentidos, pero a su vez, desviándolos”.

Por consiguiente, entendiendo que la imagen tiene una estructura volátil y polisémica, la neutralidad  en la construcción de memoria  percibida desde las fotografías, nos señala una memoria bastante imprecisa. Las fotografías reflejan lo conocido, en una relación mnemónica fragmentada, de veracidad quebradiza y de recuerdos fijados a códigos. José Luis Brea visualiza “el universo de la imagen como el gran memorial del ser humano”, y sin duda, si las imágenes vienen inscritas como escribe Alejandra, de “señuelos y formas de lo Uno, de la propiedad, de la identidad y las metáforas arraigadas en la voz de origen”, este universo de imágenes dimensiona el espacio para agenciar no solamente el entendimiento de una necesidad por saber leer las imágenes -pensamiento que es recurrente en fotografía contemporánea- sino además, la necesidad para cuestionar el cómo fotografiamos y cómo miramos a los otros.

Los textos de Alejandra Castillo, revelan de este modo- y muchos más- la importancia de las prácticas artísticas feministas, con una producción  incisiva y política en contra de todo lo que contenga una esencia de dominación. Sus ensayos amplían el horizonte de los fundamentos jerárquicos que se dan en y desde el campo de la fotografía e imagen; en el campo del performance; de la política y la memoria; como sucede en el ensayo “Los aparatos de la memoria”. En estos ensayos del libro, Imagen cuerpo, se hace extensivo el principio de modernidad y la trayectoria de una historización de los sujetos otros, donde sus cuerpos se han revelado para el consumo y la ruindad.

Sin perder de vista, retomando la relación entre fotografía y cuerpo, este ha estado intrínsecamente ligado al nacimiento de este dispositivo, materializado en el S XIX dentro de un periodo positivista, producto y residuo de una línea ideológica. La complejidad en la imagen- específicamente fotográfica- es la lectura instrumental de una objetividad ficticia. Lo que entrama y comprende a todo lo largo de la historia de la fotografía, una compleja “anudación” entre ideología e imagen. Y en lo que nos concierne, un patriarcado patentado como huella.

Como por ejemplo, en la medida en que los cuerpos en la historia se individualizaron como señal del desarrollo del capitalismo y aspiraron a ser retratados como la voz de origen señalada por Castillo, apareció el retrato de la alteridad, la clasificación, y con esto los rostros y cuerpos de los otros: los anormales. Diría entonces, que se  refleja en las imágenes del S. XIX la ideología que ve en los otros , los cuerpos abyectos, odiados, los otros como zoológico, los otros dentro de ferias como la Barnum and Bailey; sinónimo de espectáculo y explotación. Aparecen los retratos de prostitutas, los monstruos, el archivo Bertillom para criminales, “los sospechosos” de identidades no convenientes para el estatuto de la familia.Y en lo opuesto de todo esto, el lugar del retrato burgués y blanco.

En Chile, el daguerrotipo, las emulsiones y las placas,  pertenecen en el siglo XIX a quienes tuvieron la posibilidad económica de acceder a su elevado costo (en esa época), constituyéndose como productores y relatores en primera persona de una representación fotográfica que crea en un cierto modo una memoria sociocultural ligada a una clase burguesa. (Como fueron  las idealizaciones del retrato decimonónico) Esto nos da un acercamiento del perfil de la fotografía e imagen como productor de subjetividades, y como mercado de estas mismas.

Los distintos contextos de los cuerpos que analiza Alejandra Castillo, profundizan en la existencia de una producción de cuerpos para el consumo, el oprobio, la impostura, en este caso impostura como doblez que oculta un lenguaje patriarcal, y en otro sentido, como bien señala Alejandra: “nuestra propia mirada que es la que reproduce incansablemente el orden de las jerarquías de la humanidad compartida”. Este párrafo se encuentra en un análisis sobre una reseña de Susan Sontag en relación a las fotografías de Diane Arbus, en donde Sontag alude a las características corporales de los sujetos fotografiados por Arbus. A lo que Castillo propone que son nuestras propias miradas las monstruosas al reproducir el orden de las jerarquías, cuando clasificamos negros de blancos, bellos de feos, sexualidad normal versus anormal, etc., etc.

Volviendo al contexto cultural de la web y los libros, como medio para la circulación de las ideas, en que ambos pueden fluir y transitar desde sus diferentes especificidades corpóreas, el texto feminista y filosófico como el de Alejandra, es una impugnación escritural a la individualización y las jerarquías dominantes. Permea a través de la reflexión en el campo cultural incidiendo en los “procesos de construcción política”, a partir del develamiento del análisis de la imagen y las practicas artísticas feministas con lenguajes que se resisten al statuo quo de la normalidad patriarcal, la naturalización de la violencia y todo signo y lectura que implique un pensamiento colonial.  Profundizar desde la fotografía el principio de modernidad, el recorrido de una historización que ha potenciado a partir de la imagen la construcción de alteridad, es una pequeña batalla crítica, ganada.

 

 


Editora de Revista Atlas Imaginarios Visuales