Deberíamos siempre volver a la evidencia que los cuerpos no son iguales. Ellos están constituidos por marcas genéticas y sociales que se materializan en la clase, la raza y el sexo. Es esta particularidad de sus diferencias una de las huellas más fascinantes que portan: un crisol de DNA, proteínas, habitus, contextos sociales y formaciones culturales permiten observarlos en la manera que actualmente creemos verlos. Enfocar nuestra mirada en sus anversos y reversos, en sus recovecos, en sus texturas y en las ausencias que los constituyen como cuerpos, es ahora nuestra apuesta. Quisiera destacar que de esas diferencias, es el sexo uno de los nichos en los que quisiera detenerme para rastrear una pequeña genealogía de lo sexual y buscar en ella las evidencias para  comprender la ausencia de ciertos cuerpos, en este caso, de los inter-sexos.

En el último libro de Anne Fausto Sterling traducido al español y cuyo título es “Cuerpos Sexuados” (Editorial Melusina, 2006), la feminista y bióloga molecular desarrolla una tesis biopolítica enunciada al reestructurar la famosa frase del teórico cultural estadounidense David Halperin “La sexualidad no es un hecho somático, es un hecho cultural” por la frase “La sexualidad es un hecho somático creado por un efecto cultural”.

Sterling ya había llamado la atención cuando en 1992, publicó -en la prestigiosa revista Science- el paper “The Five Sexes: Why Male and Female are not Enough” (Los cinco sexos: cuando lo femenino y lo masculino no son suficientes). En este estudio realiza una clasificación de los tipos sexuales en las categorías de herm (hermafroditas verdaderos), ser (seudo-hermafroditas masculinos) y serm (seudo-hermafroditas femeninos), además de las de macho y hembra. “Era una propuesta deliberadamente provocadora, pero el artículo también tenía un tono irónico: por eso me sorprendió la magnitud de la controversia que suscitó”, comenta la autora.

El continuo sexual

La naturaleza nos entrega el sexo anatómico como una distribución continua de distintas combinaciones. Nuestros cuerpos no entienden ni saben del empeño del estado y la heteronormalización socio-cultural de mantener sólo dos genitalidades.

Los estudios de la embriología, psicología, bioquímica y la endocrinología han impulsado a médicos y científicos a experimentar sobre nuestro sexo en la práctica misma de nuestro cuerpo. Al anteponer lo “natural” a lo “anormal”, han contribuido a desarrollar una biopolítica que rechaza la diferencia. Esta política tiene sus efectos de poder sobre múltiples aspectos como los gestos y gustos, en lo que se ha denominado “sociedad de la normalización”.

Sterling, en su libro, hace un brillante recorrido al presentar primero casos verídicos de intersexuales como Daniel Burghammer, un soldado italiano del siglo XVII que, estando en el regimiento, dio a luz a una niña y hasta la amamantó. Luego nos explica cómo estos cuerpos fueron invisibilizados por la ciencia, hasta llegar a las luchas feministas del siglo XIX, donde escritos de la época nos revelan que la visión de los científicos crea las realidades políticas: “Algunos médicos argumentaron que permitir a las mujeres acceder a la universidad arruinaría su salud y provocaría su esterilidad, lo que en última instancia llevaría a la degeneración de la raza (blanca, por supuesto)”.

Las mujeres instruidas comenzaron a protestar hasta obtener el derecho a voto y a la educación superior. A medida que la igualdad social entre los sexos se hizo cada vez mayor, la ciencia realizó definiciones aún más estrictas acerca del hermafroditismo y las investigaciones endocrinológicas. Cuanto más se radicalizaba la contestación social de la separación entre las esferas masculina y femenina, más médicos insistían en la división absoluta entre masculinidad y feminidad.

¿Por qué entonces las hormonas siempre han estado asociadas a la idea de diferencia sexual, cuando parece ser que las “hormonas sexuales” afectan de hecho a órganos de todo el cuerpo y no son específicas de ningún género? Por ejemplo, los efectos de la hormona progesterona (una hormona producida tanto por “mujeres” como por “hombres”) sobre el crecimiento de los huesos han sido casi nulas, eclipsadas por aquellas que sólo involucran a este esteroide en lo relacionado a la gestación y lactancia.

De la era de las gónadas a la era del cambio

Los intersexuales representan el sincretismo de los géneros, lo que los convierte inmediatamente en cuerpos peligrosos que deben dominarse. Los intersexuales son un disturbio en la pétrea separación sexual que la ciencia “quiere” presentarnos como lo “natural”.

El proceso de invisibilización de los intersexuales adquiere una manifestación explícita en la denominada “era de las gónadas”, en la que la ciencia, desde el siglo XIX (donde el naturalista francés Geoffroy de Saint Hilaire suena como su mayor exponente) concibió que la diferencia sexual solamente radicaba en la presencia de testículos o ovarios. De esta forma individuos que, por ejemplo, poseían mamas, ovarios y pene no eran validados, no clasificables, en resumen ?no existían”.

Posteriormente a la “edad de las gónadas” prosigue la actual “era del cambio”, en la que se obliga a normalizar inmediatamente con cirugía- a cualquier ser humano intersexual en uno de los dos sexos establecidos como “normales”. Con esta operación quirúrgica cuaja el proceso de erradicación de los intersexuales puesto en marcha por la maquinaria de la ciencia y sus grupos de interés: ya no existen ni cultural ni legal ni médicamente.

A la luz de los datos surge la pregunta acerca de cuántos intersexuales nacen y qué proporción representan en la sociedad. Según estadísticas internacionales, el 1.7% de la población nace intersexual, un número mucho mayor al menguado 0.005% de los albinos, que es una condición humana bastante rara pero que todos alguna vez hemos observado. Contrastado con este dato, la invisibilización de los intersexuales es más que notoria.

Los intersexuales son las víctimas directas de las clasificaciones que la ciencia intenta crear, por ejemplo que sólo debe haber dos sexos, que sólo la heterosexualidad es la identidad sexual “normal” y que los roles de género diferenciarían a hombre y mujer como individuos psicológicamente saludables.

Ahora bien ¿Por qué debería preocuparnos que una mujer (con sus mamas, su vagina, su útero, sus ovarios y su menstruación) tenga un clítoris lo bastante grande cómo para penetrar a otra mujer? ¿Por qué debería preocuparnos que haya personas cuyo “equipamiento biológico natural” les permitiera mantener relaciones sexuales “naturales” tanto con hombres como con mujeres? ¿Por qué deberíamos ocultar un clítoris “ofensivamente” grande? La respuesta: para mantener la división de géneros debemos controlar los cuerpos que se salen de la norma. Puesto que los intersexuales encarnan literalmente ambos sexos, su existencia debilita las convicciones sobre las diferencias sexuales. Por esto mismo es importante que una ciencia feminista refleje una política alternativa de la ciencia misma y del cuerpo.

(La imagen pertenece al trabajo de la fallecida artista y activista trans argentina Elizabeth Beth, también conocida como Effy)

 


Biólogo, Doctor en Bioquímica. Colectivo Universitario de Disidencia Sexual (CUDS)