“Puede ser la última vez que los veamos en Chile”

Apenas se supo la noticia que venían nuevamente los Stones a nuestro país, el sólo hecho de pensar que puede ser la última oportunidad de verlos, sumado eso al tiempo que tuvimos que esperar respecto de su última visita (1995), movió a miles de personas a comprar las diferentes ubicaciones dispuestas para un show que más allá de su magnitud, o del tamaño del escenario y la calidad de sus equipos, a quienes disfrutamos de la música nos activa aquella glándula rockera que nos lleva a endeudarnos con tal de comprar un ticket para verlos. Es que sería lo más parecido a lo que puede sentir un pintor al ver a la Gioconda de Da Vinci -sin ánimo de ofender y sin temor a equivocarme-, porque son los Rolling Stone, un pedazo de la historia de la cultura Pop, que sin ellos no podría haberse escrito.

No me cuestioné tanto el tema del precio. Bastó dar un par de vueltas mentales a mis deudas, un espiral cerebral por los shows que estaban por venir, y una gira neuronal por los recuerdos de nuestras últimas leyendas perdidas (David Bowie y Lemmy Kilmister), para despojarme de mi avaricia y adquirir un boleto a cancha general que bordeaba los 60 mil pesos. Ya nada más tuvo sentido. Ahora el tiempo haría lo suyo: caminar a paso lento sobre mi ansiedad.

03 de febrero de 2015: “Una fecha grabada en el calendario de los recuerdos”

La caminata desde el metro Ñuble al estadio nacional es una suerte de ritual de cada concierto en aquel recinto. Ver las poleras negras marchar bajo el sol del verano capitalino, deja de ser un suplicio y se convierte en un rito con orgullo. Extranjeros de muchas partes hacían notar la importancia de este concierto –particularmente argentinos-, a quienes debimos guiar camino al nacional y hacia los distintos accesos dispuestos según la entrada. Así se acortaban las distancias hasta llegar a una fila enorme que se posaba a lo largo de calle Marathon, para ingresar a cancha y andes por calle Grecia.

Al llegar al lugar el público es diverso y familiar. El Rock es sin duda como el ADN y se transmite de padres a hijos, incluso a nietos, permitiendo recorrer a estas tres generaciones juntas la senda musical, y el camino hacia el recinto Ñuñoino. Es una bella imagen en tiempos en que se cuestiona la unión familiar. El Rock sí hizo la pega y yo ingreso sin problemas al estadio. La historia Rolling Stone en Chile comienza a escribirse.

“Los Tres”, banda nacional que el ‘95 se negó a telonear a los británicos y que en esta ocasión fueron escogidos por los propios Stones para telonearlos, acorta la espera con una amplia gama de éxitos. Sorprenden con una interpretación de “Amor Violento” junto a “macha”, vocalista de Chico Trujillo, y con quien ya habían forjado una estrecha relación que los llevó a tocar juntos en Francia. Buen desempeño de los penquistas.

 “Rolling Stones a la cancha”

Siendo las 21 horas 15 minutos aproximadamente, las luces se apagan y las pantallas se encienden: imágenes que recorren distintos lugares de Latinoamérica finalizan en Chile, y el clásico “Start me up” irrumpe un pseudo-silencio que nos hace saltar y corearla a todo pulmón. Inmediatamente el ambiente en cancha se desordena y los amigos se dispersan entre los saltos y el avance de algunos grupos para estar algo más cerca de la banda.

En adelante todo fue entretención. Entre una canción y otra (todos hits oídos durante toda la vida), Mick Jagger sorprendía con una que otra frase divertida, con chilenismos y lugares pauteados claramente por un buen guionista. Perros callejeros, cafés con piernas, el pilucho del nacional, la copa América, fueron algunas de las tantas alusiones a nuestro país que hizo el vocalista.

Entre lo más recordado de la noche destacaría la interpretación de “Gimme Shelter”, donde Jagger acompañado de su corista, una guapa y talentosa afroamericana, hacen gala de lo mejor de los espectáculos al estilo Broadway, luciéndose cantando y enfrentándose visualmente en la parte final de una larga tarima que recorre parte del público. Destacable también fue la interpretación -a elección del público chileno vía web- de la clásica “She´s a rainbow”, canción que no tocaban en vivo hace mucho tiempo y que claramente era esperada por los asistentes.

Mick Jagger se ve pleno. Sí, pleno, y el mito se comprueba: aún se mueve como si fuera un quinceañero. Keith Richards por su parte se ve impecable, alegre, contento, y sin duda, transfiere esas emociones tocando la guitarra como los dioses y cantando en 2 ocasiones, haciendo gala de una voz profunda y gastada, a la usanza de los antiguos blueseros.

Una primera salida luego de 2 horas de show ininterrumpido y se venía otro momento destacado: la interpretación de “You can’t always get what you want”, canción que inicia con un gran coro lírico, que en esta ocasión fue interpretado por un coro nacional, para terminar esa noche tan esperada con el más clásico de todos los clásicos de la banda y de la historia del Rock: “I Can’t get no (satisfaction)”, la que fue cantada con las pocas energías que quedaban, pues claramente presagiaba el final y así fue, no sin antes hacer explotar el nacional con juegos artificiales que despedían a la que, luego de anoche, dejó claro que el apodo de “la banda más grande del planeta” le queda como anillo al dedo.

Solo queda esperar que un milagro los vuelva a traer por nuestras tierras para que asistan quienes no pudieron ir, porque a los Rolling Stones, no cabe duda: no puedes morirte sin verlos una vez en la vida.