Si su hermano y antipoeta escribió “Todos los adjetivos se hacen pocos/ Todos los sustantivos se hacen pocos/ Para nombrarte” en su Defensa a Violeta Parra, mal puede uno intentar describir a la madre de la música popular chilena de mejor manera. La prolífica folclorista, arpillerista, poeta y compositora, cabeza de una de las familias más influyentes de la música y literatura nacional, dejó uno de esos legados que son transversalmente reconocidos y admirados.

Violenta a veces, irreverente y frontal en sus letras, la música de Violeta Parra recogió esa identidad profunda del campo chileno, con el canto a lo divino, el lamento mapuche y la música nortina, marcado también por esa sensibilidad por lo social que la caracterizó, además de las profundas penas de amor. Canciones como “La carta”, “Qué dirá el Santo Padre”, “Arauco tiene una pena”, “Maldigo del alto cielo” y ”Qué he sacado con quererte” son quizá algunas de las más representativas, pero para muchos sus “Últimas composiciones para guitarra” es donde desarrolló su faceta más experimental.

“El gavilán” es la muestra más clara de esa búsqueda que mezcla la introspección musical y poética más compleja y profunda. La lírica acompañada de un estilo visceral al tañer la guitarra dan vida a un tema tan oscuro como doliente, marca incuestionable del gran amor que tuvo con Gilbert Favre. “Tanto que me decía la gente: / ‘Gavilán, gavilán tiene garras’/ Y yo sorda seguí monte arriba, /gavilán me sacó las entrañas. / En el monte quedé abandonada; / me confunden los siete elementos. / Ay de mí (…).De mi llanto se espantan las aves, / mis gemidos confunden al viento, / ay de mí”. Una emocionalidad muy diferente y distante a “Run Run se fue pa’l norte”, una de sus canciones más conocidas, y en la que abordó el mismo final.

Su canto y música, extinguidos hace 49 años por un disparo que ella misma percutó en la carpa que tenía instalada en la comuna de La Reina, marcaron un antes y un después para toda Latinoamérica. Diversos poetas, escritores y músicos así lo han reconocido con el paso del tiempo. Uno de ellos fue el escritor Eduardo Galeano, quien escribió: “Habían crecido juntas, la guitarra y Violeta Parra. Cuando una llamaba, la otra venía. La guitarra y ella se reían, se lloraban, se preguntaban, se creían. La guitarra tenía un agujero en el pecho. Ella, también. En el día de hoy de 1967, la guitarra llamó y Violeta no vino. Nunca más vino”.

Violeta Parra, junto a su hermano Nicanor, donde se suicidó hace 47 años.

Violeta Parra, junto a su hermano Nicanor

Ese 5 de febrero del 67 marcó un triste y vergonzante desenlace para tan destacada artista nacional, pues además de la partida a Bolivia de su gran amor en el 66, la falta de trabajo y pobreza en la que sumió su vida durante los últimos años fueron en gran parte los responsables de su suicidio. La carpa que levantó en La Reina debía ser el hogar de los cantores populares, transformarse en un centro de reunión y encuentro para el arte popular pero el público no la acompaño en su última aventura. La pretendida “Universidad Nacional del Folclor” no funcionó, y allí mismo, en el sector de La Cañada, donde una carpa de circo era sostenida por los sueños de la “viola chilensis”, acabó con su vida de un disparo.

De ese lugar ya no queda ni rastro, pero el vasto repertorio popular al que rescató y dio vida Violeta Parra no dejan de influenciar a la música actual. Homenajeada ampliamente, pasando por Fito Páez, Charly García y Mercedes Sosa en Argentina; los cubanos Silvio Rodríguez y Pablo Milanés; los españoles Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina; hasta incluso músicos tan distintos como Mike Patton y Michael Bublé. Todos han sabido reconocer la figura de la cantautora popular más importante de la música chilena.