Un día 6 de febrero de 1916, hace exactamente un siglo, moría en León, Nicaragua, el gran poeta de América Latina, Rubén Darío. No vamos a reseñar su biografía ni su rica obra , nos interesa más bien, pergeñar aquel mundo que le tocó vivir en los albores del siglo XX.

Recordar a Darío, a cien años de distancia, nos hace reflexionar sobre aquellas profundas transformaciones que le tocó vivir. Como se ha dicho, su figura, quizás solo comparable a la de Martí en nuestra América, está ligada al nacimiento de la crónica. Digamos por de pronto que el Darío no elige transitar de la poesía a la crónica, el papel de “Chroniqueur”, le viene impuesta por la instauración de una mutación en el ámbito del periodismo, esto es, por una nueva división del trabajo y el advenimiento del mercado y la llamada Industria Cultural. El poeta hispanoamericano se vio condenado a desaparecer de las páginas de los antiguos periódicos del siglo XIX.

Hagamos notar que paralelo a este ocaso del poeta, emergía en Francia una figura inédita, el Intelectual. Recordemos que en 1898, Èmile Zola escribe su famosa carta J’Accuse en el diario L’Aurore, dirigida nada menos que al Presidente de la República, lo que le valió un proceso por difamación y un breve exilio en Londres. Los poetas de Hispanoamérica encontraron su lugar como cronistas e intelectuales. El caso de Darío en las páginas del diario La Nación de Argentina resulta paradigmático.

Si el poeta fue el expulsado del paraíso hace un siglo, pareciera que, en la actualidad, asistimos al ocaso de la figura histórica del Intelectual y con ello de la posibilidad misma de erigir un pensamiento crítico. Hoy, en que las “causas nobles” abundan: degradación de la biósfera, pauperización de los medios, extensión global de la violencia y miseria generalizada en gran parte de la humanidad, entre otras; se produce un paradojal Silencio de los Intelectuales.

No olvidemos que el intelectual es la exaltación del individuo privilegiado, aquel sujeto de las sociedades burguesas que por sus virtudes y conocimientos era capaz de iluminar a las masas. El intelectual es el autor, la auctoritas, el propietario y origen de un discurso. Tal figura es impensable en un mundo plebeyo mas igualitario. El homo aequalis instituido como usuario y consumidor no es compatible con la noción de intelectual. Así, tanto la nueva división del trabajo, como una cultura igualitaria y consumista ligada genéticamente al espectáculo, no admite ni necesita intelectuales. Si la Industria Cultural fue capaz de desplazar del espacio público la voz de los poetas hispanoamericanos, pareciera que, en la hora actual, la Híper Industria Cultural que cubre todo el orbe ha enmudecido aquella conciencia moral de la sociedad que reclamaron muchos Intelectuales durante todo el siglo XX.


Académico