Gabriela Michetti, compañera de fórmula de Macri y actual vicepresidenta de la nación Argentina, copó hace algunas semanas atrás las notas de prensa del día del traspaso de mando con su afinada interpretación de la archiconocida “No me arrepiento de este amor”, canción que forma parte del repertorio obligado de la bailanta trasandina, y que volvió inmortal a la célebre Gilda. La afinada voz de Michetti sirvió de este modo a Macri para desplegar sus talentos como bailarín, generando la euforia de una Plaza de Mayo colmada de adherentes. Y en paralelo, los siempre polémicos y tan argentinos periodistas no esperaron un segundo para debatir acerca de la pertinencia o impertinencia de este improvisado despliegue de talento artístico de la nueva dupla gobernante: un nuevo estilo dócil y alegre, decían unos; una falta de respeto con un lugar solemne que representa a la misma nación argentina, objetaron otros.

Como haya sido, lo cierto es que la performance cumbianchera con la que se inauguró la era post-kirchnerista representó mucho más que un simple lapsus presidencial. En gran medida, la mentada bailanta puede ser interpretada como síntoma del principal déficit con que parte la administración Macri: el de un gobierno sin pueblo. Y es que, a diferencia de la era K, configurada en torno a la potente conexión entre el gobierno -representado primero en Néstor y luego en Cristina- y un pueblo producido en torno a la recreación de la identidad peronista producida desde sus liderazgos, la presidencia macrista fundamenta su legitimidad en la adhesión electoral y en la relación con esa abstracción que conocemos bajo el nombre de “opinión pública”. Una adhesión que, por su misma naturaleza, escabulle la movilización, la aglomeración y ese tan peronista sentimiento que vuelve la deriva gubernamental en una épica en la que se juega “el destino de la patria” pero que, de cuando en cuando, no resiste la tentación de producir la ilusión de la representación de un pueblo que no existe.

Con el Consejo ciudadano de observadores del proceso constituyente ocurre una cuestión similar: 15 personas que a título individual son erigidos como expresión de la ciudadanía; 15 personas entre las cuales se cuenta un futbolista de elite, un par de periodistas, una representante de las trabajadoras de casa particular, un empresario y varios abogados, son presentadas como “garantes de la transparencia” de un proceso constituyente cuya dinámica recién estamos conociendo. Estos 15 miembros –de cuyos méritos, capacidades y trayectoria nadie podría dudar- emergen entonces como la representación misma de una ciudadanía que poca y nada participación tuvo en la determinación de la dinámica del proceso constituyente anunciado por el gobierno. 15 personas que, a fin de cuentas, son erigidas como un suplemento frente a la ausencia de participación, deliberación y movilización de ciudadanos para quienes el proceso constituyente resuena como una lejana letanía.

De la misma manera entonces en que la bailanta de los nuevos gobernantes desde los balcones de la Casa Rosada son síntoma de una plaza vacía de pueblo, el Consejo ciudadano de Michelle, al igual como la programada fase de “educación cívica y constitucional” –constitucionario incluido- y el proceso de selección vía alta dirección pública de los futuros coordinadores de los cabildos ciudadanos constituyen la más fiel expresión de un proceso de cambio constitucional cuyo principal ausente es la ciudadanía.

Un proceso de cambio constitucional inflacionado de diseño y carente de movilización; un proceso que, ante la notoria ausencia de un liderazgo legitimador debe recurrir al artefacto de un Consejo; un proceso que, ante la ausencia de articulación con los ciudadanos, debe adquirir minutos de televisión e insertos de prensa; un proceso que, en definitiva, se encuentra destinado a no ser otra cosa que un simulacro incoloro del cambio institucional que este gobierno, definitivamente, no pudo llevar a cabo.

AgenciaUno

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Cientista político