Mariano Rajoy nació y murió políticamente en Valencia. Llegó al congreso de 2008 del PP solo y aislado, ninguneado por la vieja guardia del partido, devotos de Aznar, comandados por Esperanza Aguirre. Contra todo pronóstico, salió vencedor, y lo fue gracias al apoyo irrestricto del entonces pletórico PP valenciano, comandado por Rita Barberá y Francisco Camps. Ocho años después, Camps está en el ostracismo amenazado por negros nubarrones jurídicos, Barberá está a la espera de un suplicatorio para ser procesada, el grupo municipal del Ayuntamiento de la capital tiene 50 imputados, entre ellos todos los concejales menos uno, se ha nombrado una gestora, numerosos dirigentes están en la cárcel o ad portas, y la dirección regional le pide a la central de Madrid que les permita un congreso extraordinario e, incluso, ¡cambiarle el nombre al partido! El PP valenciano, carcomido por la corrupción, está siendo la puntilla para el presidente de gobierno en funciones.

No es ningún secreto cómo fue que Mariano Rajoy se convirtió en presidente del gobierno de España. La primera razón es que se trata de un hombre, registrador de la propiedad de profesión, que tiene como característica política más notable saber-no-hacer-nada. Ser capaz de dejar pudrirse los problemas con tal de no tomar una decisión, de no definirse, de no comprometerse. La segunda es que José María Aznar lo designó como sucesor, por alguna razón extraña y obscura, de la que hace mucho que se arrepiente amargamente. La tercera y última es que en las elecciones de 2011, tras la gestión de los primeros años de la crisis por parte de Zapatero, si el Pato Donald hubiera encabezado la lista del PP también hubiera llegado a La Moncloa.

Pasados dos meses desde las elecciones del 20D, Mariano Rajoy es un cadáver político insepulto, un hombre petrificado, patéticamente incapaz de asumir que su tiempo ha acabado. Ese señor de Pontevedra, como él mismo se define, sigue siendo el cabeza de cartel del gran partido de la derecha española porque esa organización es tan jerárquica, tan vertical, tan militarizada, que el secretario general controla todos los resortes de poder interno y puede fulminar a cualquiera que se atreva a cuestionarlo.

Mariano Rajoy actúa como un líder, sin serlo. No es un líder reconocido, no es un hombre con ese liderazgo natural que deben tener los altos responsables partidarios. Al contrario, Mariano Rajoy es el anti líder por excelencia. No genera confianza, no transmite seguridad, no comparece en los momentos difíciles, no hace oír su voz en la refriega partidaria, no tiene discurso, es un hombre sin recursos oratorios, es incapaz de responder con agilidad a las preguntas del debate político, necesita leer cualquier intervención pública, por banal que ésta sea; al contrario, es balbuceante, inseguro, torpe y su cobardía le ha llevado a huir de los periodistas por la puerta de atrás del Congreso o a comparecer en una rueda de prensa parapetado tras una pantalla de plasma. Su lenguaje no verbal y su gestualidad le delatan, mueve nerviosamente las piernas, se le cierra el ojo izquierdo [dicen que cuando quiere mentir aparentando aplomo], saca la barbilla mientras se come los labios y, de pronto, parece un viejo desdentado. Además, sus meteduras de pata son ya motivo de burlas y objeto de chistes populares. La última ha sido de vergüenza para propios y extraños: ignoró de forma impresentable la mano tendida del candidato socialista Pedro Sánchez al inicio de una reunión entre ambos.

Sus evidentes limitaciones de todo tipo están recogidas en anecdotarios de dominio público; entre las que destacan los apoyos verbales o escritos a correligionarios que más tarde se han convertido en delincuentes con pena de cárcel. Entre las simples meteduras de pata cabe recordar un par de perlas: “España es una gran nación, los españoles muy españoles y muchos españoles”, o aquella otra de “Es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde“. Entre los apoyos que le perseguirán hasta los infiernos de su decadencia, algunas más. 1) “Luis. Lo entiendo. Se fuerte. Mañana te llamare. Un abrazo”, que le escribió por SMS a Luis Bárcenas en 2013 [el tesorero hoy en la cárcel], cuando estalló el escándalo de la contabilidad B del Partido Popular; 2) palabras dirigidas a Alfonso Rus en 2007, entonces presidente de la Diputación de Valencia, hoy procesado por varios delitos que le llevarán seguramente a presidio: “¡Yo te quiero Alfonso, coño! (…) Quiero que sepas que tus éxitos los considero mis éxitos”; 3) palabras dedicadas a Jaume Matas en 2004, ex ministro de Aznar, entonces presidente de Baleares y actualmente procesado en varios casos por corrupción,  que ya ha estado en la cárcel y volverá: “Vamos a intentar hacer en España lo que Jaume y todos vosotros hicisteis en Baleares”; 4) y fin del repertorio, cuando refiriéndose a Carlos Fabra en 2008, entonces presidente de la diputación de Castellón y hoy en la cárcel, dijo: “es un ciudadano y un político ejemplar” [para el PP y para los habitantes de la ciudad].

Rajoy no es un líder, es la antítesis de un líder, pero es un presidente que no ha dudado en plegarse dócilmente a las exigencias de la Troika europea. En sus cuatro años de gobierno ha impuesto una política antisocial durísima que ha generado paro, pobreza, desigualdad y un tremendo retroceso del Estado de Bienestar que será muy difícil recuperar. Rajoy ha sido el campeón de los austéricos, esa nueva categoría que no recoge el diccionario que han hecho de la austeridad la Palabra del Dios Mercado. Los costos de la crisis han recaído sobre los más vulnerables, mientras que las grandes fortunas, las grandes empresas, los bancos y los amigos políticos se han beneficiado de la política de recortes y recortes de Mariano Rajoy y sus ministros desalmados.

Paradójicamente, el castigo electoral el 20 de diciembre pasado, siendo fortísimo, mantuvo al PP como fuerza más votada. El hundimiento del Partido Socialista, incapaz de ofrecer una alternativa política convincente, y la consolidación de Podemos [y sus aliados] y Ciudadanos, han conformado un Parlamento en el que son imprescindibles los pactos. Nadie, nadie en su sano juicio, quiere ni puede sentarse a pactar con Mariano Rajoy. Más allá de su gestión antisocial de la crisis, más allá de sus limitaciones verbales, más allá de sus meteduras de pata, más allá de sus errores al aplaudir a delincuentes que se han hecho famosos, es la corrupción sistémica que corroe al Partido Popular, imputado por “organización criminal y asociación ilícita”, la que lo ha convertido en un apestado del que nadie quiere saber nada.

La delegación valenciana del PP ha estallado en mil pedazos. Tras la debacle electoral de mayo de 2015, en las municipales y autonómicas, vino el duro revés de diciembre pasado. El PP perdió el Consell de la Generalitat y los ayuntamientos más importantes del País. Rita Barberá, la mejor alcaldesa de España según Rajoy, hoy atrincherada en el Senado, no se atreve a aparecer por Madrid; su partido le pide explicaciones de forma explícita, y le ruega que se marche por la puerta falsa de forma implícita.

Que el Partido Popular valenciano haya solicitado formalmente permiso a Génova 13 para cambiarle el nombre a la organización regional para poder refundarse, da idea de hasta qué punto la corrupción ha corroído los muros de carga de lo que era la potente maquinaria partidaria, de aquella que elevó a Rajoy a los altares. Esos muros ahora derruidos, como machacados por artillería pesada, han sepultado a Mariano Rajoy. El caballero está muerto. Todos lo saben, hasta él lo sabe. Quizá, no obstante, fiel a sus principios, todavía cree que si no hace nada, si se limita a repetir la letanía de que o él o el caos, todo haya sido una pesadilla. Pero no es así. Rajoy, tras larga y penosa enfermedad, murió definitivamente en Valencia. Nadie llora por él.  


Académico del Departament d'Història Contemporània, Universitat de València