Como una niña cibernética sin ajayu, enciendo el computador para escribir lo ocurrido. Redactar en ese espacio la falta que hacen los feminismos, que paremos la policía de la identidad

Entra por la ventana mi ajayu. El espíritu que perdí en noviembre entra en mi, nuevamente, preguntándome por el altar yoruba, por las velas, por las flores o quizás, simplemente, me pregunta por mi diáspora rabiosa, por los textos y las imágenes de esa cuestión espectral que siempre me sigue: ¿Qué hay de África en mi? Entra y se va, me deja inflamado. Me duelen desde ese mes del año pasado mis intestinos. Mi interior es una máquina que infla globos, que me molesta. Mi exterior un caparazón sospechoso que se nombra extranjería. Aun así, me quedo alejándome de la ansiedad de la ciudad en una casa del litoral central, además porque es verano y ahí, cuando ya pasan las ocho de la tarde, me pongo a discurrir en las diferencias que hay entre la geografía del paisaje donde nací y mi incómoda relación con el océano pacífico. En traicionar lo que la sociedad ha querido hacer de nosotras,  más bien, la reflexión es el deseo que proyecta un camino: la emancipación cognitiva. –Transfeminismo, Transfronterizo-  son conceptos que se repiten en mi cabeza. Tomo vino, me canso y cuando me duermo aparece Deleuze hablándome de un texto que no escribió.

Yo no paro de imaginármelo a él lanzándose por una ventana. Una distinta a la que eligió mi ajayu en El Tabo para el reencuentro. Me lo imagino matándose, cansado de pensar. Quitándose la vida en un espacio de homosexualidad molecular, cansado de su problema respiratorio. El cuerpo de él literalmente muerto sobre el piso. No paro de imaginármelo, llegando a la historia de la filosofía como una noticia: Gilles Deleuze murió el pasado sábado. Un cuerpo de hombre lleno de lesiones, de fracturas: sus huesos rotos. Un cuerpo de hombre al que se le va la vida, que se vuelve eternidad. Me lo imagino con Foucault, Althusser y Debord lleno de gusanos. Pudriéndose rizomáticamente en un cementerio. Sus pulmones podridos, sus riñones, también. Podrido completamente.

SÁLVAME Deleuze –le pido- de ese organismo que me llamó hombre o más bien, que es más terrible, me dijo: Me gusta que los hombres sean feministas. Cuando en esta incertidumbre identitaria lo único que sabemos es que hombres no somos. Como una niña cibernética sin ajayu, enciendo el computador para escribir lo ocurrido. Redactar en ese espacio la falta que hacen los feminismos, que paremos la policía de la identidad.

También escribo ahí: huida y luego: escapemos. Utilizo cada uno de los caracteres intentando motivar construir un espacio de exterioridad crítica, un espacio y un tiempo más parecido a nosotras. La producción de un nuevo texto. La utopía de escribir un nuevo texto. Huir y escapar para que el deseo nos atraviese, para que nos podamos fugar. Aclaro: esta huida no es hacer las maletas y dejar una geografía atrás; cambiarse de ciudad, de país, del género socioculturalmente asignado, por ejemplo. Este escapemos es la invención de un espacio y un tiempo no heterosexual, la colocación de una imagen disidente donde las únicas posibilidades de construirse como sujeto son: tienes que ser un hombre, tienes que tener dinero, tienes que ser blanco, tienes que tener dos piernas, dos brazos, el cuerpo lleno de órganos sanos, el ano cerrado, hablar. Escribí “huida” y “escapemos”. Convocando una asamblea constituyente, añorando fotosíntesis. Luego escribí en Google images: Aparato reproductor masculino. El resultado es una imagen construía para el pensamiento heterosexual porque activa todo un sistema teórico y científico que educa para la heteronorma. Glande, uretra, escroto, próstata, testículo, epidídimo, conducto diferente, glándula de Cowper, vesícula seminal, conducto eyaculador y el ano. Cada uno de esos órganos internos y externos no son un aparato reproductor masculino, ni un hombre, todo esto es una hipótesis.

Y el dolor en los intestinos se me pasa a otras partes del cuerpo, a un testículo. Mis testículos no son masculinos, mis amigos y yo, los del feminismo no somos hombres, ni masculinos. Nuestro esperma, nuestros espermatozoides no sirven. Nuestros penes, nuestros testículos no son, como en esta episteme, órganos reproductivos. Son más bien la crisis del capitalismo heteronormativo, racista y especista en el que estamos (sobre) viviendo. El dolor del cuerpo, el rechazo a esta cultura. Nuestro escroto no es escroto es un cáncer, nuestra muerte o simplemente otra disforia.

(En la foto el poeta satírico festivo Antonio Rebollo Bessieres, natural de Larache (Marruecos), residente en Berja-Almería (España). Autor de “Nocturno para un amanecer”, poemario publicado en 1981 por la Editorial Cremades. Retratos de pensamiento y acción).


Escritor y performer de la República Dominicana. Vive y trabaja en Chile