Nos “bañábamos” en ese tipo de piscinas en las que jugábamos a la pesca milagrosa, en las que siempre se ganaba; sí, esas redondas. El agua nos llegaba hasta los tobillos, lo que no impedía disfrutar de esas gotas que nos salpicábamos y que a medida que corrían los minutos se entibiaban. De repente notamos que un objeto negro caía a la piscina, lo recogimos, lo olimos y antes de tirarlo fuera notamos que el agua se teñía negra a medida que cada partícula se desintegraba cuando estás daban sus chapusones; eran cenizas. Nos resbalamos al salir tan apresuradamente, subimos la escalera corriendo a pies y a guata pelá, llegamos al final de la población: un incendió devoraba todo lo que habitaba la quebrá: eucaliptus, basura y casuchas. Con el tiempo descubrí que este incendio, mi primer recuerdo de un incendio en Valparaíso, era parte de una cadena perpetua. Luego, para seguir vendiendo la pomá turística, determinarían a la época estival como temporada de incendios y los más creativos venderían estas catástrofes, juntas con otras tragedias miserables, con el logo del “Valparaíso que no es de postal” que inventaron las izquierdas progresistas para ver si tenían la posibilidad de elaboración de algún proyecto político opuesto al consumismo cultural, pero que no logra más que captar la atención folclórica defendida por los mismos que denigran aún más la ciudad en pos de la libertad del carrete que, supuestamente, nos libra del yugo de la explotación pero que no es más que un factor que no altera y permite producir y reproducir la acumulación y generación de plusvalía, de ganancia a costa del explotado, del trabajador. Porque desde pendejos nos enseñan que Valparaíso se debe al turismo y este axioma lo reproducimos en cada carrete cultural que hay. Debido a esto la ciudad, o al menos el plan, ya no es nuestro hogar, no pasa a ser más que un  punto de intercambio, una mercancía, una transacción permanente, un no lugar; un vertedero cultural. Esto sucede, en gran parte, en ese Valparaíso tan extraño que es el patrimonial, en nuestro pancho, en nuestra Lucy.

Lucy es una chica tan especial y única que no hay que dejarla escapar porque, dada sus características, es la única mujer en el universo que puede corresponder a un chico tan único y especial como Manuel. Lucy es una chica tan única que Manuel siente que finalmente halló su espacio, Lucy es la barca que le permite poder poner en pausa toda la tragedia personal a la que se ve enfrentado por la obligación de elegir el camino a recorrer por el resto de su vida. Lucy le permite comprender que la vida le ofrece una escapatoria, poder ser otro, desechar la tradición para construir ese universo paralelo el cual cada uno es, universo del cual el Manu poseía la mitad y Lucy la otra. Paradójico porque de igual manera seguimos la tradición inculcada de que “cada uno es un mundo único y especial” lo cual no es más que una artimaña para propiciar la gula de los capitalistas.

Comienza el big bang versión punketa y se instalan en un vagón de una montaña rusa extrañamente expedita. Se estabiliza el universo y el Manu pareciera darse cuenta que él nunca formó un alter ego punky sino que era lo más parecido a una botella de báltica en el mar. Manu se da cuenta que esa aparente estabilización es un engaño más de nuestros sentidos. Lucy vuelve con su ex; se desata el big crunch. El Manu se derrumba y pasa el tiempo y pareciera reconstruirse el cosmos con los Weezer, pero el big crunch no es ningún chiste; el universo creado por Lucy y Manuel es devorado por el agujero rojo que es parte de la cadena perpetua del puerto. Incluso llamar puerto a estas tierras devela la nostalgia por el difunto.

La narración de “Manual para robar en el supermercado” de Daniel Hidalgo es demasiado parecida a la narrativa de Valparaíso. Digo parecida porque causa asombro que la tragedia personal del personaje principal esté tan subsumida al lugar que la escenifica. Objeto y sujeto se condicionan permanentemente aboga la vieja máxima marxista, Manuel y Valparaíso son ejemplo de que esa máxima aún respira. El ingrediente que eleva los índices de tragedia es la declaración patrimonial. Es la invención de la democracia cristiana para nuestra ciudad. Es el momento que nos permitió soñar con un destino más amoroso, es el nuevo cariño que nos permitió poder soñar con mejores condiciones de existencia. Porque cada cierto tiempos nos dan cariñitos, como esa vez que la gorda pupy nos “regaló” casetas a medio morir saltando; luego, eso sí, vinieron, entre otras cosas, los nuevos medidores que se encargaban de recaudar la caridad.

Mirar Valparaíso desde la lejanía, en mi caso desde Antofagasta, nos permite darnos cuenta de la existencia de otras Lucys. Manu comprende que no puede escapar de la tragedia, que cada uno de nosotros no contiene universos en sí, que lo nuevo no se trata de la invención de algo que nunca existió sino de la puesta en marcha de otras perspectivas; asume que la cosa no se trata de vivir otra vida sino que asumir la que le tocó y comenzar a construir otros senderos desde ahí, comenzar a cocinar otro plato con antiguos y nuevos ingredientes, comprende que un gran ingrediente es Lucy, que las Lucys nos ayudan a dejar de esquivarnos. Porque la felicidad siempre ha sido un estado que se esfuma rapidísimo; la vida es más que eso, Valparaíso se merece y es mucho más que cierta felicidad desbordante que creemos encontrar en su asfalto, en sus apuestas culturales. La ex joya del pacífico se merece mucho más que el patrimonio.


Profesor de Historia y Geografía