Algunos medios internacionales han insistido en que la actual guerra en Siria sería una reedición de la llamada Guerra Fría que marcó gran parte el siglo pasado. Sin embargo, al analizar más detenidamente la cuestión, podemos advertir que tal hipótesis no encuentra asidero alguno. Es cierto, Siria confronta a Rusia y los Estados Unidos con su séquito de aliados, pero los fundamentos y la naturaleza de tal enfrentamiento son  totalmente otros.

Digamos, por de pronto, que la Guerra Fría fue la tensión que emergió tras el fin de la Segunda Guerra Mundial entre la Unión Soviética y los Estados Unidos. Se trataba, como se sabe, de una pugna ideológica, política y militar de dos potencias nucleares por el dominio mundial. Tras la caída del muro, el modelo marxista-leninista que enarbolaba la revolución bolchevique cayó en el descrédito y ha sido borrado del tablero internacional. A nadie interesa lo que opinen o dejen de opinar los comunistas ortodoxos sobre la cuestión Siria. La Rusia de hoy es un estado capitalista con tintes imperiales cuyos interesas regionales y mundiales entran en colisión con aquellos de  Estados Unidos y la OTAN. Dicho en pocas palabras, la guerra en Siria evidencia una pugna imperial más parecida a la Primera Guerra Mundial que a la Guerra Fría.

De hecho, se trata del choque de dos imperios con intereses económicos, políticos y geoestratégicos dispares en la región. Las múltiples facciones en pugna han sido financiadas por alguna de las potencias. Así, el gobierno norteamericano, aliado con países europeos como Inglaterra, Alemania y Francia, y tras bambalinas Israel, Arabia Saudí, Turquía y los Emiratos Árabes alentaron una guerra civil  – que incluyó a grupos terroristas como Al Nusra e ISIS –  con la esperanza de derrocar a Al Asad con el mismo libreto utilizado en Libia y que terminó con Gadafi. Por su parte, la Rusia de Putin apostó por el gobierno de Al Asad, aliado con sectores kurdos e Irán.

Rusia no se asemeja, ni de lejos, a la ex Unión Soviética ni Siria se asemeja a la Cuba de los años sesenta. No estamos asistiendo a una guerra inspirada en ideologías contrapuestas sino a una conflagración bélica inspirada en intereses económicos y estratégicos de mediano y largo plazo en que comparecen dos estados capitalistas con pretensiones imperiales. Como se ha dicho, la posición de Siria en el extremo oriental del mediterráneo y su proximidad a los pozos petroleros iraquíes y sauditas, como la existencia de reservas propias, convierten esta tierra en apetecible. Todo ello condimentado por el peligro del islamismo radical representado por el ejército islámico y Al Qaeda, verdaderos engendros occidentales, hoy fuera de todo control.

En esta guerra que enfrenta a dos imperios y sus aliados, la posibilidad de una paz en el corto plazo es ilusoria. La presencia rusa augura un fortalecimiento – acaso un triunfo – del ejército sirio de Damasco y el más rotundo fracaso norteamericano en la región. Lo previsible es que Siria siga siendo por mucho tiempo un factor de inestabilidad en el Oriente Próximo, sumándose así a la ya compleja situación en Iraq y Libia. En lo inmediato, está por definirse la intervención terrestre promovida por el gobierno turco y sus aliados sauditas, lo cual podría volver, si cabe, todavía más compleja una solución a la cuestión siria.


Académico