En vistas al referéndum que se llevará a cabo este 21 de febrero y pensando en el futuro que podría depararle a Bolivia, no es difícil recordar desde Chile que durante todo el proceso de la Unidad Popular de Salvador Allende (1970-73) la prensa amarilla y la intervención de los Estados Unidos logró desestabilizar un gobierno plebeyo con un programa social que, como mínimo, le devolvía la dignidad a los chilenos. Lo que Allende llamó en aquella época “el libertinaje de la prensa” (y lo que hoy los especialistas en comunicación llaman “la dictadura de los medios de comunicación”) fue sin duda uno de los elementos centrales de desestabilización progresiva del gobierno de la Unidad Popular. Todo eso se hizo con el dinero que provenía de la embajada norteamericana. De manera que hoy el modus operandi con el que la hegemonía neoliberal intenta re-articularse en América Latina hará lo que siempre ha hecho con los gobiernos que han elegido otra vía de desarrollo y de inserción en los avatares de las economías mundiales: destruir la imagen de los gobernantes plebeyos y forzar a países como Bolivia entrar en el llamado fin del ciclo progresista en América Latina. A través de financiación transnacional, de conspiradores e inescrupulosos activistas y del lumpenazgo intelectual que ampara el estilo hollywoodense de las divas del espectáculo académico hay un enorme deseo por boicotear y poner en una crisis terminal el gobierno de Evo Morales.

Los países ya no pueden coexistir de manera digna sin la necesidad que hoy presenta el escenario global. Pero es precisamente en este escenario donde las fuerzas que intervienen localmente favorecen o desfavorecen políticas orientadas a privilegiar el capital transnacional deteriorando la soberanía de las naciones. El actual escenario político por el que atraviesa Bolivia podría generar un retroceso en el proceso de cambio. Y este se traducirá, sin duda, en un retroceso de las conquistas soberanas  y de inclusión social que el gobierno de Evo Morales ha llevado acabo en estos diez años de lucha. Digámoslo en voz alta, sería un retroceso en el desarrollo de una nación a la que desde la época colonial le había estado negado su derecho a existir como tal y progresar en todos los planos de la vida de una república democrática. Bolivia es hoy un ejemplo para la historia de un planeta globalizado que requiere de cambios a nivel de la base social y económica de la naciones para que recién podamos comenzar a imaginar a nivel del globo un modo no capitalista de sociedades.

La dificultad de esta posibilidad tiene que ver con la violencia que hoy se ha vivido en Bolivia, ya que esta violencia no solo es el resultado de un hecho puramente local, sino también el resultado de la violencia política puesta en marcha por instituciones comandadas transnacionalmente por intereses corporativos, locales e internacionales. Se trata de generar el caos, la fragmentación de la sociedad civil, de incentivar las pugnas internas para que regrese la desdicha, la pobreza, la marginación de las clases subalternas, la invisibilidad de las mayorías. Los soldados locales y globalizados de la derecha —tal y como lo hicieron financiando el golpe militar en Chile y hoy apoyando el programa de retirada de las conquistas que las clases subalternas lograron bajo el kirchnerismo en la Argentina— financian, activan y dan rienda suelta al caballo de la violencia. Esta violencia ocurre y golpea a civiles inocentes transgrediendo el espacio de deliberación democrática y soberana de los países. Se trata de la violencia financiada por la religión del libre mercado y la fe ciega en que los estados no deben regular absolutamente nada, renunciando así a su soberanía. En otras palabras, la violencia ideológica del neoliberalismo tiene como presa favorita a los países que se resisten a entregar sus recursos naturales y humanos a las grandes transnacionales. Tiene como presa favorita a aquellos gobiernos que reconstruyendo sus estados, desean un destino de dignidad para sus ciudadanos por fuera de la hegemonía neoliberal basada en la explotación irracional de la naturaleza y en el incremento a escala global de la servidumbre humana. La violencia organizada por fuera de la soberanía de los países no es otra cosa que la intervención foránea del capitalismo financiero, y se moviliza a través de los medios de comunicación y de agentes de la compleja cultura neoliberal. Cultura que muchas veces pasa gato por liebre haciéndonos pensar que se es de izquierda radical sólo porque se está, supuestamente, en armonía con el mundo indígena, o se pronuncia correctamente un apellido en aimara, quechua o mapuche. Lo lamentable de esta supuesta izquierda es que no entiende que la violencia en contra de los proyectos de cambio social como los que está llevando a cabo el gobierno de Evo Morales no proviene solo de la oposición conservadora, sino también de esta “nueva izquierda globalizada” que da palos de ciego dejando intacta las estructuras más profundas de un sistema mundial de dominación.

En efecto, la reacción al proceso de cambio que ocurre en Bolivia tiene aliados a nivel global y local. Tiene, para ser más precisos, aliados “glocalizados” en el partido de los que trabajan por reconstituir las políticas genocidas del neoliberalismo en toda América Latina. En lo local, dejamos de percibir la violencia que proviene de lugares externos a la soberanía nacional y entregamos nuestro uso o falta de uso de raciocinio a la escena política inmediata. Sabemos, por ejemplo, que el capital financiero y las agencias culturales que defienden en nombre de la democracia un capitalismo “post-soberano” necesitan debilitar de manera fuerte los procesos plebeyos de construcción de soberanía. Lograr discernir esto no es solo tarea de los partidos y sus analistas políticos, sino también del libre juicio de los ciudadanos. Entender que los intereses corporativos y/o el “alma bella de los espíritus libertarios” tienen por deseo provocar la anarquía, el caos y en lo posible la descomposición completa de la soberanía es tarea de todos los bolivianos.  Frente a este panorama el uso del entendimiento y el “buen juicio político” es, repito, —hoy y ante el referéndum donde se delibera democráticamente la opción del sí y del no— una tarea de todos los ciudadanos. Todos, en la multiplicidad que caracteriza al Estado Plurinacional, deben entender que el proceso de cambio podría estar en peligro y, sobre todo, entender que la derecha glocal está desde hace mucho promoviendo la descomposición social de un país exitoso en lo político, en lo social, en lo cultural y en lo económico. Por eso, entender aquí significa saber que a tan solo unos días del referéndum, la dictadura mas-mediática, la prensa burguesa y gamonalista, ha desatado, y lo seguirá haciendo, una de sus más fuertes arremetidas contra el país que goza de la admiración de todos los sectores anti-neoliberales del planeta. No debe caber la menor duda de que la violencia política y social de los últimos días es parte de los intentos por neutralizar los cambios sociales en Bolivia. Y si no, pues bástenos preguntar: ¿por qué justo ahora la embestida brutal contra el presidente Evo Morales y el Vicepresidente Álvaro García Linera? Se trata de un intento mediático para desprestigiar nacional e internacionalmente uno de los más exitosos gobiernos de la región, un ejemplo para las izquierdas de todo el continente latinoamericano.

Y es que Bolivia no está sola, tiene amigos en todo el mundo, goza del respeto y la admiración a sus dirigentes. A gran parte de la comunidad internacional que defiende política y teóricamente la transformación que impulsa el Estado Plurinacional a la cabeza de Evo y el Vice no le cabe ninguna duda que el éxito del proceso de cambio en Bolivia es fundamental para re-componer el escenario anti-neoliberal en América Latina. Lo que ocurre en Bolivia nos ocurre a todos los latinoamericanos. Estamos conmovidos por la tragedia que ha terminado con la muerte de seis ciudadanos en la alcaldía de El Alto. Es importante que los culpables, sean del bando que sean, y aún más si pertenecen al MAS, asuman su responsabilidad. Pero también vemos en este hecho trágico un doloroso indicio de los efectos que busca la derecha, los políticos conservadores y las agencias culturales del neoliberalismo globalizado: dividir Bolivia, desgastar al gobierno, producir el retroceso a la barbarie en la que el país estaba antes de Evo Morales.

El gobierno de Evo Morales es un gobierno progresista y anti-neoliberal que debe emendar su errores y continuar con el proceso de cambio. El retroceso no le conviene a Bolivia y contra lo que puedan pensar los intelectuales más sentidos de la izquierda, el programa del cambio social boliviano es precisamente lo opuesto de una modernización fáustica. No se trata de un desarrollismo desalmado, de un extractivismo de nuevo cuño. Por el contrario, se trata de un gobierno inédito en la historia de América Latina que se ha dado como voluntad responsable y de organización de las naciones de Bolivia la articulación de la potencia plebeya. Es esto lo que no les perdonan, ni les perdonarán nunca a los dirigentes del proceso de cambio. Lo que Evo y el “Vice” han demostrado hasta ahora a los ciudadanos y a la comunidad internacional es su fidelidad a un proyecto plebeyo de país.  Un proyecto que no tiene pelos en la lengua para sostener un programa de desarrollo que resista a los modelos de predominio económico y jurídico en la mano invisible del mercado.

Por todas estas razones, los movimientos sociales, las comunidades indígenas, los ciudadanos de Bolivia deben hacer hoy más que nunca uso público y democrático de su razón para no caer en el plan sedicioso de desestabilización del gobierno. Hacer uso público y democrático de la razón significa, por ejemplo, votar sin pensar que el discurso de “la alternancia por la alternancia” no solo limita la democracia, sino que en el mediano plazo podría perfectamente ponerla en peligro. Alejarse del discurso de “la alternancia por la alternancia” como premisa de la democracia es rechazar la ideología del “republicanismo idiota” que le hace el juego a los intentos de desestabilización del gobierno de Evo Morales. Es legítimo que un gobierno elegido democráticamente pueda contar con el apoyo mayoritario para cambiar el artículo de la constitución que impide la reelección de dos de los más insignes e importantes dirigentes políticos de Bolivia. Pero no es la legitimidad la que, a través de la campaña que la prensa sensacionalista, los intereses corporativos y las envidias intelectuales, han puesto en entredicho el permanente acoso a Evo y al “Vice” en estas últimas semanas. Lo que buscan es descomponer la fidelidad al entusiasmo por el cambio. Por eso, votar el SÍ es sin duda votar por la continuidad del entusiasmo por el cambio. Es votar por la fidelidad a los profundos cambios que ha experimentado la sociedad boliviana en beneficio de todos sus ciudadanos. Y es también votar por la posibilidad de que en Bolivia se siga pensando el mundo y, por tanto, la posibilidad de un cambio radical a las políticas salvajes del capitalismo neoliberal.

 

 

 

 


Profesor de filosofía de la cultura, Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación