Creo que no es novedad para quienes ven con regularidad televisión y poseen una mirada crítica al respecto, encontrarse con el desfile de programas de contenido cultural nulo, llenos de frivolidades y sin ningún mensaje profundo, al menos sino es cultural, con algún valor para la posteridad. Si quisiera detenerme a plantear una radiografía de la televisión chilena, al menos en su época pos dictadura y con la esperanza que nuestros padres y nosotros siendo niños teníamos del “Chile la alegría ya viene” en materia cultural, lo más probable es que además de extenderme y recurrir a tópicos y lugares comunes, acabaría llegando a la misma conclusión que muchos de ustedes tienen: la cultura de la basura como opio del pueblo.

La Televisión: el opio de los pueblos

El opio del pueblo o exactamente “La Religión es el opio de los pueblos” fue una frase escrita por Karl Marx el año 1844 y que aparece en la publicación “Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel”. La máxima puntualmente plantea que la religión sirve como un sedante espiritual, una felicidad ilusoria del pueblo y que sólo despojándose de ésta se iniciaba el camino para alcanzar la felicidad real. Hoy en día que la religión es tan cuestionada, en especial la católica, otra institución posmoderna ha tomado la posta y lo ha hecho de una forma excepcional de la mano del capitalismo y neoliberalismo actual. Me refiero a la Televisión.

Los Medios Masivos de Comunicación y el neoliberalismo han pactado un exitoso negocio por décadas y en especial, precisamente para nosotros los ilusos que creíamos en la “apertura de las grandes alamedas” en esta época de democracia a medias, oligarquía en ciernes y dictadura de los grupos económicos, durante los gobiernos de la Concertación y hoy Nueva Mayoría (incluido el del derechista Sebastián Piñera). Desde el despunte del día hasta las últimas transmisiones, la totalidad de los canales de la señal abierta, casi sin distinción y con pequeñísimas excepciones que no mencionaré en este momento para evitar desviarme de la opinión, instalan un juego ideológico macabro, para nada azaroso de lo que la gente “el pueblo” (con bastantes dudas a esta altura del real término pueblo) quiere y necesita ver.

No es menor el dato que en pleno siglo XXI los asalariados, trabajadores, el otrora pueblo de Chile, ha abandonado cualquier atisbo de conciencia de clase sumergiéndose cada vez más en los brazos del individualismo, consumismo y hedonismo. Antivalores exaltados por la “caja idiota” con una profunda convicción que es la manera de tener a nuestros compatriotas en la estulticia, ignorancia y enajenación intelectual. Ergo una cultura de la basura.

A la intención de instalar esta cosmovisión de vida por parte del capitalismo se refiere precisamente el sociólogo chileno Tomás Moulian cuando dice:

En el terreno de la cultura promueve una imagen hedonista del mundo que proviene de una fuente principal, la ideología en sí, expresada también en la propaganda, en la televisión.” (Moulian Tomás, 1998, El Consumo me consume, Santiago de Chile, Libros del Ciudadano, LOM, pág.23)

Creo que para sustentar estos argumentos,basta con ejemplificar lo que ocurre actualmente en nuestros canales televisivos donde sus horas son colapsadas por la gala del Festival de Viña del Mar y el Festival mismo, con el desfile de seres hedonistas e ídolos de barro para el maremágnum que presenciaba los suntuosos vestidos y trajes al talle y de diseñador en el casino de la ciudad jardín. La irrupción de estos sujetos anodinos, los llevaba al más completo clímax y sentimiento orgásmico cuando recibían la mirada lejana, el saludo protocolar o el autógrafo a la carrera del personaje vacío que fomenta el negocio televisivo chileno.

Alguna vez o muchas veces he escuchado que estos personajes, en su mayoría nefastos, sin posición política ni de tipo alguno por lo menos sirven al ciudadano para evadir sus preocupaciones, escapar de sus miserables o pobres vidas, de sus deudas, de la esclavitud eterna crediticia. En lo personal este argumento es una soberana estupidez.

¿Tan poco se quiere una persona, un ser humano para estar tres, cinco, ocho horas a pleno sol y luego durante la noche, limosneando, mendigando la mirada de dientes marmóreos de un tal Rafael Araneda, el clásico animador chilensis, al estilo Antonio Vodanovic, Raúl Matas, César Antonio Santis en plena dictadura y ya en democracia que nunca opinaron o han opinado de nada? Ojo y no hablo de política partidista, hablo de opinar sobre algo que no sea su nauseabunda burbuja televisiva que lo premia con sueldos nada más alejados del mínimo o la media nacional. ¿Y cuál es su aporte? Nada. Para el medio de comunicación, todo.

Esos y cientos más son los que han servido de herramienta perfecta para perpetuar la ideología del “no me interesa”, “me carga la política”, “déjennos ser felices amargados” que escuchamos diariamente de aquellos que les queda grande el rótulo pueblo, porque ya no lo quieren (les da vergüenza en sus metas de aspiración socioeconómica) o lisa llanamente no lo merecen.

¿Los exculpo? Para nada. Como no comparto el opio televisivo, para sedarlos y hacerlos más felices por unas horas, tampoco le arrogó exclusividad absoluta de yerro a los medios masivos de comunicación. En esa Bizantina discusión de quien tiene la culpa los medios o la gente porque eso es lo que desea ver, hay responsabilidades no sé si compartidas, pero sí un porcentaje no menor que le ataño a esta población, al televidente.

No se trata de una fuga, en la cual el auditor se enfrenta al aparato sin mirar, sin emocionarse. Se trata del goce de un placer que se consigue por el involucramiento. Se trata de una actividad que, aún siendo pasiva, es conectiva.” (Moulian Tomás, 1998, El Consumo me consume, Santiago de Chile, Libros del Ciudadano, LOM, pág.26)

Pues esas miles de personas que se enfrascan en tumultos para obtener el mejor lugar y observar por unos segundos el caminar de la figura de moda, también tienen la libertad de no hacerlo, detrás de la pantalla o en persona. En persona aprovechando el día para ir a la playa, al cerro, al campo, caminar, leer, sí aunque suene raro leer. A la distancia haciendo lo señalado anteriormente, cambiando de canal o mejor apagando la T.V.

Siempre hay una luz al final del túnel, hasta que la apagan.

Mientras los puntos más altos del endiosado “rating” lo marca el vestido de una tal Tonka Tomicic y el sistema infla su pecho ganador y pletórico al observar como la masa se arrastra y se entrega a la “promesa” de algún día ser como ellos, a costa de la visión que somos pobres porque lo merecemos o los ricos lo tienen todo porque son inteligentes, los chilenos pierden todo lo ganado durante el 2015 en las AFP`s, pasa a segundo plano Longueira y su corrupción espuria, el intento de anulación de la Ley maldita de pesca, huelgas, despidos, injusticias, el Chile real. Desaparecen las otras noticias, (si es que el vestido o los senos operados turgentes de la modelo del momento son noticia) los periodistas son abducidos por un par de traseros en espera de un piscinazo y la foto en primera plana de una supuesta reina que por tener el mejor “derriere” de la orgía festivalera, merece las loas y atenciones, como si esa parte del cuerpo no excretara como la del millón de imbéciles que babean por unos minutos mientras ésta posa.

Pero siempre hay una esperanza, un cartel que aparece entre tanto flash de celular coreano que expresa: “Con sus vestidos me pago la U” y llego a esta reflexión final producto de toparme con un puñado de programas del cable, que me libera a veces de la bazofia televisiva oficial mencionada en la primera parte de esta columna.

Cultura Verdadera, Ojo con el Libro, El Séptimo Vicio, La belleza de pensar, Al sur del mundo, Ojo en Tinta o algunos de los buenos documentales de la señal ARTV, purifican mi estado de desconfianza plena a los medios tradicionales. Hay una pequeña isla entre el océano barbárico televisivo del matinal y la teleserie con trama clásica del amor del rico con la pobre o viceversa.

En ese complejo navegar, años atrás, me encontré con el programa OFF the Record de la señal canal 13 cable. Si bien es cierto, este canal como casi la totalidad de los existentes en Chile no son de mi devoción, me llamó la atención por el acercamiento a la cultura y el trato que hacía el mismo con aquella que nace desde el margen, donde están las verdaderas raíces de nuestro pueblo.

Pero mi comentario no queda sólo en eso, sino que apunta a un hecho específico ocurrido en ese programa. El invitado de ese día, era el organizador del 1er ciclo de cine internacional a realizarse en la población La Victoria, una actividad a puro pulso pues ni el gobierno ni obviamente ningún medio televisivo fue capaz de promocionar y promover. El proyecto era loable, digno de admiración y un ejemplo a seguir. De lo mismo pude sacar conclusiones bastante importantes: La primera se traduce en nuestra constante manifestación de crítica al nivel cultural chileno, sea en la literatura, pintura, educación, etc. La masa está completamente alejada de las artes, de la cultura y ésta solo se relega a patriadas y esfuerzos personales de quienes quieren aportan al país en la creación y el saber.

¿Pero están los medios masivos de comunicación interesados realmente en la cultura? ¿Le interesa a la televisión y los diarios acercarnos a ella y promoverla?

Para mí el no es rotundo y categórico como señalé en párrafos anteriores, estos sólo cumplen el rol de instalar una ideología del consumo y el no pensamiento como arma de adormecimiento de la sociedad, ergo, seguir ostentando el poder y sus privilegios de clase. Mega por ejemplo, el canal preferido por la clase media y baja de la población está controlado por el Grupo Bethia de la familia Solari -Falabella, top ten de la riqueza en Chile, su dueña Liliana Solari, está entre las tres mujeres más adineradas, detrás de las viudas de Angelini y Lucksic. Ese es el canal del Mucho Gusto, Morandé con Compañía, el patético reality Volverías con tu ex, la Doctora Polo, una programación miserable. Eso es lo que le encanta ver a la masa chilena, quien gana, los mismos de siempre, la multimillonaria señora Solari, derechista acérrima por lo demás. Según el último ranking Solari Falabella y familia se ubicaban en el puesto 782 del listado mundial y 8 en Chile, con una fortuna de US$ 2.200 millones. El negocio anda, la cultura de la basura ídem.

Otro de mis argumentos nace de la emisión del mismo programa. El organizador del evento señalaba que ningún medio, ni siquiera un diario (salvo Punto Final) fue capaz de dar cobertura a tal iniciativa, es más, llamó a varias televisoras incluída TVN y hasta el día de hoy espera respuesta. La poblacion La Victoria etiquetada por los medios como gen de la delincuencia, la violencia y la droga vende más a este sistema capitalista desde esa mirada, que resaltando las maravillosas cosas que se realizan en ella. No terminaba de molestarme y empezar a despotricar contra la influencia nociva de los medios, cuando el invitado expresa una última aseveración: “Los únicos que me llamaron fueron los de un programa “X ” preguntando por la droga en la Victoria y su relación con el caso de “los guatones”.

En ese momento mi enfado fue total, y además termina por reafirmar mi segunda conclusión: “a los medios de televisión impregnados del sistema, y perpetuadores del mismo, no les interesa la cultura sino reproducir el morbo y la ignorancia perpetuadora de las clases”.

A modo de síntesis

Por lo expuesto y un sinnúmero de ejemplos más que hoy no vienen al caso, concluyo que no hay otra explicación para emitir asiduamente en los canales de televisión, programas relativos a la farándula, realitys, teleseries livianas de leitmotiv dramático y sendos reportajes de repetidos y trillados temas que adornan los discursos populistas de la derecha chilena, que reproducir a través de estos, la orquestada ideología neoliberal de los dueños de la televisión, con el propósito de conseguir el adormecimiento de las conciencias a través de lo liviano, la risa, la inserción en un mundo falso, idílico, vacío.

Esa entrevista y mi conocimiento por años de jóvenes que sí están trabajando y creando en Chile, me permiten aseverar que se está realizando cultura en nuestro país, hay creadores, hay iniciativas, pero lamentablemente, está condenada a bregar y romper la exclusión y la discriminación de un sistema que ideológicamente está ocupando a los medios televisivos como arma letal para mantenernos en la más completa y aberrante inopia intelectual. La televisión finalmente se ha convertido en el arma predilecta y más eficaz del neoliberalismo que apunta a instalar un sujeto consumista, indolente, hedonista e individualista. El nuevo opio del pueblo del que hablaba Marx ahora es televisivo, pero algo debemos tener en claro, no sólo existen culpables en los que sedan, también en los que se dejan sedar. Y en Chile al parecer hay millones.

¿Podremos cambiarlo algún día?


Profesor de Lenguaje y Comunicación. Profesor de Castellano UPLA