Soy de los que no siente especial interés por el Festival de Viña del Mar. Bueno, sí, alguna vez lo vi. En estricto rigor, más de alguna vez. Sucede que me gusta el rock y no pude dejar pasar en su oportunidad a The Police, Krokus, Nazareth, Faith no More, por nombrar algunas bandas que han estado en dicho escenario, así como también a diversos humoristas.Y pare de contar. Respecto de estos últimos presencié y tengo recuerdos, como muchos de los que pasamos los cuarenta, de grandes jornadas y también de las otras, esas que hacían que uno cambiara de canal por vergüenza ajena. Porque pa’ qué estamos con cosas: hay humoristas buenos, que hacen reír, y otros que son harto fomes. Claro, esto del humor es relativo, cuestión de gustos. Pero existe un consenso bastante aproximado a la realidad respecto de qué nombres han hecho pasar un buen rato y cuáles no. Aquellos que pagaron caro su falta de gracia y terminaron siendo devorados por los leones en la arena. Comidos vivos por un monstruo que cuando abría sus fauces para bostezar, las cerraba invariablemente para despedazar. El humor se convirtió de esta manera en presa tradicionalmente predilecta de un apetito que no perdonaba si era despertado.

El primero en salir a escena durante la presente versión fue Edo Caroe. Fiel a su estilo de humor negro y de política contingente, salió con todo y disparó contra todos. Ráfagas de metralleta que fueron de un lado para el otro, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda (si es que se le puede llamar “izquierda” al progresismo neoliberalizado actual, o whiskierda) Un verdadero baño de sangre que fue aplaudido por el público presente y que le significó una alta audiencia televisiva. Y claro, también calificativos como “facho” desde el PC por hacer un chiste sexual sobre la diputada de ese partido, Camila Vallejo. A decir verdad, para mi gusto la talla fue mala, innecesaria, tonta. Qué importa con quién se acuesta o deja de acostar la gente, centrémonos en lo verdaderamente relevante y necesario como es hacer bien la pega. El resto da igual, es anécdota, es farándula bobalicona.Los juicios de valor hagámoslos acerca del cumplimiento de la responsabilidad social y democrática que tienen los políticos como representantes de sus electores, no respecto de sus conductas íntimas. No nos perdamos: la propuesta de un humor ácido, inteligente, crítico, debe dejar atrás la risa fácil obtenida con recursos burdos y gastados, como es precisamente la sexualidad de las personas. Eso dejémoslo para los libretos del Morandé con Compañía y sus predecibles e infantiles chistes sobre gays. De todos modos, me parece que motejar de “facho” a alguien que se atreve a mandarle saludos a los “delincuentes de mierda” -así, tal cual- que, desde sus casas y cómodamente sentados, pudieran haber estado viendo el show del humorista (léase políticos y empresarios involucrados en diversos casos de corrupción y que libraron de la Justicia de manera impune), cae en la misma lógica de aquellos que gustan de usar el término “comunista” para referirse a quienes, como Caroe, dicen ciertas verdades del porte de un buque por su nombre.

Luego fue el turno de Rodrigo González, un desconocido para la gran mayoría, pero que fue capaz de hacer reír de buena gana al público. Sin la espesura ni la acidez de Caroe, pero sin dejar de aludir al contexto político y social por el que atraviesa nuestro país, dedicó también algunos dardos en contra de quienes han hecho méritos de sobra para recibirlos. Una presentación que superó las expectativas y que mantuvo al humor invicto, sin pérdidas que lamentar. Hasta ahora al menos.

Al tercer día apareció en escena Natalia Valdebenito, la comediante que se hizo mayormente conocida luego de su participación en “El Club de la Comedia”, de Chilevisión. La verdad, nunca me gustó demasiado ese programa, salvo cosas más bien puntuales. Siempre me pareció que algunos les celebraban todo, cuando en realidad no todo era tan gracioso. Pero bueno, como decíamos al comienzo, el humor es subjetivo. No todos nos reímos de las mismas cosas. Aunque por lo visto, en la actualidad existe un denominador común que convoca no sólo las rabias, sino también las risas, de una gran mayoría de chilenos y chilenas: nuestra desprestigiada clase político-empresarial y sus sistemáticos e institucionalizados abusos hacia la ciudadanía, avalados por una orgánica normativa que fue diseñada para permitirlo, precisamente, de esa forma, y que por lo mismo es imprescindible cambiar.

Desde su posición como mujer, y a nombre de muchas mujeres, Valdebenito hizo algo inédito en la historia del humor chileno, como fue instalar un discurso que, a partir del feminismo, entregara una mirada directa sobre los problemas reales y concretos que deben enfrentar las mujeres en una sociedad machista como la nuestra, y que muchos hombres no conocen, o sí conocen pero no entienden porque simplemente poco y nada les interesa. Desde el acoso callejero hasta el femicidio, la humorista pegó fuerte donde había que pegar. Donde duele, justo en medio de las piernas, ahí donde reside el poder patriarcal en su versión más primitiva y cavernaria. Bien, muy bien, aunque eché de menos alguna alusión al aborto. Creo que era una ocasión propicia para decir algo, o más de algo, al respecto. Y al igual que sus predecesores, tampoco dejó de aludir al momento político por el que atraviesa nuestra sociedad: “Ricardo Lagos y Sebastián Piñera se quieran presentar a la reelección (…) no se presenten de nuevo, no los queremos de vuelta! Ya no queda nada por vender!”, sentenció. Bien otra vez, porque si estamos hablando de mejorar la calidad de nuestra política, me parece que un candidato que estafó un banco y que estuvo prófugo de la Justicia, por un lado, y otro que eliminó la pena de cárcel para empresarios coludidos, por otra, no pueden ser elegidos nuevamente por una ciudadanía que debe ser más exigente, rigurosa y responsable a la hora de depositar su confianza y delegar poder en las urnas. Hacerlo sería señal de que no hemos entendido nada de nada.

Desde diversos sectores políticos se han alzado voces para criticar el tono de este tipo de humor. El Mercurio, representante tradicional de intereses empresariales, editorializó inquieto ante el tema, lanzando una advertencia todavía más inquietante dado el historial de este diario: “El humor puede ser una advertencia sanadora, pero también desatar fuerzas que luego escapan del control de todos”. La Moneda pidió más respeto. A mí desde pequeño me enseñaron que el respeto no se pide, se gana, y que cuando se pierde la vergüenza y la decencia, se pierde también el respeto. Porque si hablamos de respeto, pongamos las cosas en su justa medida. ¿Se respeta la voluntad de la gente, o más bien es la del gran capital la que decide las cosas en Chile? ¿Se respeta la dignidad del vendedor ambulante al que le dan vuelta toda su mercadería y se le trata de manera prepotente, en circunstancias que alguien como Jovino Novoa -por citar sólo un caso- está libre a pesar de todo lo que comprobadamente hizo? ¿Se respeta a una familia modesta que perdió a un integrante atropellado por el hijo de un senador, o la Justicia la denigra al no hacer justicia? ¿Se respeta a nuestra etnia mapuche, los derechos de sus mujeres, niños y ancianos, o son permanentemente hostigados y atacados por la fuerza de la que dispone el Estado? Porque si todavía, a pesar de todo, siguen creyendo que el respeto se gana por vestir de manera elegante, por hablar bien, por detentar un cargo importante, por vivir en una gran casa ubicada en determinada comuna o tener tal o cual modelo de auto, aunque detrás de esa fachada de decencia no sea posible encontrar algo de ética, entonces quiere decir que siguen haciendo una lectura tremendamente extraviada de la realidad.

En plena época del despertar de la conciencia, en donde el humor es capaz de interpretar y reflejar nuestra realidad social, los humoristas que han estado arriba del escenario en esta versión del festival han sido capaces de hablar por los millones de chilenos y chilenas que se sienten representados por sus palabras. De ahí su éxito. La política, al contrario, cada vez más lejana de las bases sociales en tanto más cercana a las cúpulas del poder económico, le sigue echando la culpa al sofá de Don Otto.