El lunes recién pasado en antiguo bar de Madrid, en medio de la vorágine de este particular invierno español, tuve la oportunidad de tener una interesante conversación con Pablo Iglesias, de la que me han surgido algunas reflexiones que creo vale la pena compartir.

España por estos días vive una tensión inédita desde el término de la dictadura franquista a mediados de los ’70. Después de más de 40 años de un bipartidismo que se hacía con el tiempo cada vez más insípido a medida que los dos grandes partidos (PP-PSOE) se mimetizaban, la irrupción de nuevas fuerzas políticas ha dado vuelta el tablero de la predecible alternancia en el poder que había sido la tónica de las últimas décadas. Tanto Podemos como Ciudadanos han remecido el mapa político español con una fuerza que es observada con inusitado interés más allá de las fronteras españolas.

Pero no es el objetivo de este texto abordar cómo ha cambiado el escenario político español en los últimos años, sino analizar la emergencia de PODEMOS, sus posibilidades y sus límites, y las lecciones para nuestros procesos en Chile.

Iglesias es un tipo cercano. Lo primero que me sorprende es que medio de los intensos debates para constituir gobierno (cuando nos reunimos estaba en marcha la reunión entre el PSOE, PODEMOS, Ciudadanos y Compromis), se de el tiempo para sentarse a conversar con un diputado del otro extremo del mundo, de La Patagonia rebelde, como el mismo me hace notar en alusión a la película que relata las insurrecciones que durante la década del ’20 se vivieron en la Patagonia chilena y argentina. Sentados en el bar, no tardamos ni un segundo en poner un sinfín de temas sobre la mesa, que como era evidente, se harían imposibles de cerrar. Su reciente entrevista a Patricio Guzmán, la experiencia de la Unidad Popular, la Guerra Civil Española junto con sus mitos y sus desgarros, el referéndum en Bolivia, las negociaciones con el PSOE, Grecia y la Troika, el Gobierno de Bachelet, y la impresionante vida de Limonov (a propósito del libro de Carrere), fueron algunos de los temas que aparecieron en un diálogo que quedó de continuar en otro bar, pero ya no en España sino en Chile.

Pero sin duda, el punto que más interesa, al menos para estas líneas, fue la emergencia de PODEMOS como fuerza política y los paralelos que de su proceso es posible hacer para nuestra realidad.

PODEMOS, como todo movimiento político serio, no nace de la nada, ni es producto de la mera voluntad de sus fundadores. Es consecuencia de muchos años de descomposición política y asimilación de los partidos tradicionales españoles del orden neoliberal que se volvió hegemónico durante la década de los ’80, no solo en Europa sino en el mundo entero. Lo anterior, sumado a la intencionada desmovilización de las clases subalternas y su convencimiento de que sus intereses son coincidentes con los de la clase dominante, hacen pasar una tormenta perfecta para las mismas como un supuesto mar calmo donde es posible navegar (sobrevivir) sin mayores contratiempos. De esto conocemos bien en Chile.

Pero solo cuando la desafección con el régimen político deviene en indignación es cuando la historia abre espacio a la emergencia de nuevas alternativas que son capaces de cuestionar los consensos impuestos como condición de normalidad. Y esa indignación es justamente la que atravesó España en los turbulentos meses del 2011, en lo que posteriormente fue denominado como el movimiento 15M.

No está demás recordar que al mismo momento en que los españoles llenaban las calles de sus ciudades con frases como “Me gustas democracia, pero estás como ausente” o “No somos marionetas en manos de políticos y banqueros”, las calles chilenas también se llenaban de colores y rebeldía en las movilizaciones más grandes desde el retorno a la democracia, al alero de la consigna “Educación pública, gratuita y de calidad”. A partir de este 2011 movilizado, y las similitudes entre los procesos de transición pos-dictadura chilenos y español (bipartidismo, consenso neoliberal, escaso recambio generacional, desmovilización de la sociedad, progresiva privatización de servicios básicos y derechos sociales, etc…), se ha pretendido de tanto en tanto establecer un paralelo entre la experiencia de PODEMOS y la emergencia, embrionaria aún, de nuevas alternativas de izquierda en nuestro país. 

¿Tiene sustento la comparación?

Soy de la idea que este tipo de paralelos, si bien útiles en el análisis debido a los elementos arriba mencionados, no son deseables para establecer modelos replicables, como si fuese posible extrapolar al otro lado del océano una experiencia particular como la de PODEMOS. Tal como considero un profundo error la permanente comparación con los famosos países OCDE (el caso de Finlandia y su educación que se presenta como un mantra para el progresismo), que tanto gusta de hacer nuestra élite local, considero un error también la búsqueda desesperada de referentes a los que seguir fuera de nuestras tradiciones y cultura política propias. Por eso, descarto desde ya la reiterativa tentación que he escuchado varias veces, de hacer una suerte de PODEMOS chileno, dando cuenta de una falta de imaginación y ansiedad que flaco favor le hacen a nuestras posibilidades de emergencia política.

Dicho esto, un dialogo fraterno entre procesos particulares, es necesario y deseable para poder recoger aprendizajes que nos sean útiles en nuestra lucha por constituirnos como un actor político relevante e incidente en la realidad chilena. Es justamente este diálogo al que pretendo colaborar con este texto.

Lo primero a notar es la importancia que desde PODEMOS le otorgan a la elaboración teórica propia, y la relectura y actualización que hacen de los principales teóricos del marxismo como de la teoría social. Contradiciendo a quienes pretenden explicar su ascenso como un cuidadoso despliegue meramente performativo, los cuadros de PODEMOS están permanentemente poniendo en el debate análisis de temas no solo contingentes, sino también históricos, requisito que debiera ser esencial para cualquier fuerza política. Gramsci, Laclau, Luxemburgo, Wallerstein, Anderson, Beauvoir, Marx, Lenin, Hobsbawm, Cohen, Olin Wright, entre otros y otras, son recurrentes en sus debates y escritos. Esto sumado a sus programas de entrevistas y discusión como La Tuerka y Fort Apache, además de la permanente producción de escritos, hacen de PODEMOS una fuerza viva pensante, que logra combinar praxis y teoría de una manera algo olvidada en la política inmediatista de este tiempo.

A partir de estas reflexiones, enfrentan también un debate largamente postergado en las fuerzas de izquierda. Lo que el marxismo tradicional consideró históricamente como “frentes secundarios” (feminismo, ecologismo, movimientos de minorías raciales y de género, entre otros), son elementos de primera línea en su despliegue político. Si bien reconocen la importancia del análisis de clase, no subordinan toda disputa a éste, comprendiendo, acertadamente a mi entender, la importancia de temas que han sido permanentemente relegados a un lugar de trastienda en la izquierda tradicional, y afirmando que no todas las disputas pueden ser dadas en las clásicas dicotomías que limitan nuestra manera de enfrentar la realidad, siempre compleja y multicausal.

PODEMOS tiene además un análisis que consideró sumamente relevante para la acción política actual. Sostienen que las condiciones para la disputa política son las mejores que han habido en años, pero incluso si no lo fueran, son las que tenemos hoy. Como recuerdo defendíamos en nuestra campaña a la FECh el 2011, “El Chile que nos tocó vivir, es el Chile que debemos transformar”. Esta tesis se enfrenta (y complementa a veces también), con el pesimismo de la razón histórica, defendido por amplios sectores de izquierda que desde mi punto de vista, en ocasiones termina actuando como freno a las capacidades de despliegue propio. No se trata por cierto de caer en un voluntarismo que muchas veces puede resultar suicida, sino más bien conciliar la lucidez del pesimismo de la razón con la necesidad del optimismo de la voluntad, de una manera que no inmovilice nuestras propias potencialidades. En este sentido, limitar nuestra acción política a un par temas particulares, por muy centrales que sean (es innegable la necesidad de priorización, particularmente en fuerzas emergentes), representa a mi entender un obstáculo autoimpuesto, no al crecimiento orgánico (que debe ser producto de la lucha política más que un objetivo en si mismo), sino a la posibilidad de dar cuenta de las contradicciones del modelo de desarrollo local en frentes que pueden sernos ajenos en principio pero donde hay mucho potencial tanto humano como político que pueden sentirse convocados por nuestra fuerza, y que además son escenarios propicios para la gestación de contra-poderes o propuestas de desarrollo  alternativo sustentable en beneficio de las comunidades y no del capital.

Una de las principales críticas que ha enfrentado PODEMOS es la acusación de que su proyecto es “populista”. Tanto en Chile como en España, la utilización de la palabra “populista” como insulto es propio de élites que ven en toda fuerza que no haga suyo el consenso hegemónico neoliberal una inaceptable amenaza al status quo (en otras palabras a su capacidad de acumulación y reproducción social), la que por ende debe ser ignorada, caricaturizada, deslegitimada y finalmente destruida (en ese orden). Pero si nos tomamos esta acusación un poco más en serio que quienes la cultivan, creo que es posible encontrar un riesgo cierto para un proyecto de transformación social de izquierda. Y es que en PODEMOS ha encontrado espacio una nueva lectura del populismo (sin el tinte despreciativo que la élite le atribuye), elaborada por Ernesto Laclau y recogida por Errejón al alero de Mouffe. La idea de la agregación de demandas individuales en una serie de consignas y valores supuestamente comunes que permitan generar una dicotomía fácil de apropiar por amplias mayorías, ha sido explícitamente defendida por muchos de los liderazgos de PODEMOS. La utilización del significante “casta” en oposición a la “gente”, es quizás la más explícita de estas operaciones pero no la única, lo que se complementa con la decisión táctica de evitar una definición explicita de partido de “izquierda” con la intención de superar la dicotomía histórica izquierda/derecha que pareciera no ser ya convocante para construir una mayoría social y política. Lo anterior se sustenta además en la constatación de una vocación de marginalidad de la izquierda histórica, la que para defender su identidad es capaz renunciar a la política, entendiendo a ésta como una herramienta para la transformación social.

PODEMOS se presenta entonces en abierto antagonismo frente a aquella izquierda que ha hecho de su propia derrota una liturgia permanente, como frente a aquella que ha optado por una socialdemocracia deslavada como camino a una supuesta humanización del neoliberalismo. Este repensar la izquierda, con la humildad de entendernos como herederos de las luchas sociales que nos anteceden, pero también con la rebeldía para despercudirnos de sus traumas aprendidos, es una característica valiosa que creo compartimos en su esencia.

El riesgo que creo importante anotar es la posibilidad de estar germinando una bomba de demandas incoherentes entre si, por el solo hecho de que sean circunstancialmente unificables en torno a un adversario común, pero que a la hora de implementar en positivo una alternativa, revienten en cualquier dirección. No pretendo con esto afirmar que la estrategia de PODEMOS es necesariamente errada (no creo tener la autoridad para hacer una afirmación categórica de ese tipo), pero si me parece necesario subrayar la importancia de que las contradicciones de nuestros modelos de desarrollo y de nuestras sociedades sean enfrentadas desde elementos aglutinadores comunes en positivo, y no solo en función de la negación de lo que no queremos. En el fondo, lo que quiero afirmar es que si no somos capaces de elaborar alternativas en positivo, aun teniendo claro al adversario, corremos el riesgo de reemplazarlo sin modificar estructuralmente las condiciones de reproducción de la vida a las que actualmente nos enfrentamos.

Uno de los temas que conversamos más detenidamente con Pablo Iglesias fue el desafío que implica para una fuerza tan nueva como PODEMOS, presentarse a elecciones nacionales y destinar a sus mejores cuadros a tareas propiamente electorales. En esto, sin duda ellos saben que tienen un déficit que no es sostenible en el largo plazo, y que corren el riesgo de transformarse en una máquina electoral (burocratizarse), dejando de lado las luchas sociales que son consustanciales a cualquier proyecto de transformación. Le comenté que en Chile hemos visto cómo incluso una agenda reformista sumamente moderada como la de Bachelet no tiene posibilidades de éxito si no se sustenta en la sociedad organizada dispuesta a defender un proceso de transformación más allá de los canales institucionales. Conscientes de ese riesgo, pero descartando la imputación de ser un mero aparataje mediático-electoral, ambos concordamos en la importancia insustituible que tienen para la constitución de cualquier fuerza política emergente estar inserta en procesos reales, pero a su vez que estas luchas no son espontáneas y por ende el intencionarlas en sus diferentes etapas, con una permanente revisión de los escenarios en que se despliegan, es tarea fundamental de una organización.

Por último, uno de los puntos quizás más complejos de nuestro inconcluso debate, fueron los límites que presenta la disputa por el Estado para un proyecto de transformación radical de la sociedad, especialmente en un contexto de vaciamiento de las soberanías nacionales en manos de un capital que no conoce fronteras. La necesidad de salir de la dicotomía pétrea Estado/Mercado se hace urgente de cara a la construcción de formas de poder alternativo que disputen el sentido común y la capacidad de la élite de construir hegemonía, pero esto no descarta las importantes posibilidades de transformación social que aún pueden desatarse en un diálogo permanente entre la sociedad civil y el poder estatal. En este sentido, ante las dudas que genera la posibilidad que en un futuro cercano PODEMOS sea gobierno, Pablo fue muy claro: “más que la posibilidad de ganar, peor nos parece perder”, haciendo gala de la vocación de incidir que los ha caracterizado.

En definitiva, espero que estas líneas sirvan para reflexionar sobre los aprendizajes que podemos tomar de la experiencia que han tenido hasta ahora los compañeros de PODEMOS, aunque siempre con la certeza de que somos nosotros los que tenemos que escribir nuestra propia historia.

¡Con la esperanza intacta!

 


Diputado Región de Magallanes y Antártica Chilena.