Así pareciera estimado lector y lectora. Cuando se habla o discute sobre el proceso de modernizaciones de rasgo neoliberal y globalizador –impuesto en el país a fines de los setentas-, muchas veces se lo hace como si sus efectos y consecuencias solo se sintieran y percibieran en el sistema económico y en el sociopolítico y jurídico. Léase, privatizaciones de empresas públicas, transnacionalización de bienes fundamentales, como el agua, el plan laboral, y un largo etc. Por el lado político, lo sabemos, la Constitución del ´80 que impone una democracia protegida o de mercado,  un sistema binominal de hacer política y una desconsideración de los derechos humanos.  Sin embargo, no solo en lo político y lo económico ese proceso tuvo efectos y consecuencias. También las ha tenido en  el ámbito sociocultural y en el ethos nacional.  Solo que en esa dimensión  es más difícil e intrincado develar sus movimientos,  opciones y percepciones. ¿Por qué dirá usted? Bueno porque en el terreno de la ética se puede más fácilmente “blufear”; decir una cosa por otra; no hacer lo que se dice, decir que no se hizo lo que se hizo y variedades similares.

No hay allí un cálculo numérico que pueda refrendar   de manera “científica” esas consideraciones de la acción y la decisión siempre. Pero sin embargo, no todo es tan relativo. Las consecuencias de los cambios en lo económico y lo sociopolítico, es decir, la imposición de una economía de mercado y una política de mercado, influyen también  de manera poderosa el conjunto de decisiones, acciones, creencias, valoraciones y normas de comportamiento de todos nosotros. El modelo neoliberalista que nos rige no puede funcionar con cualquier ethos en la sociedad (ethos es un término de origen griego que puede tener dos acepciones o usos: entenderlo como costumbres, hábitos, o conjunto de valores que rigen en una cierta comunidad histórica; y/o, también, traducirlo como morada, casa, lugar donde se vive en función de vivir bien. Ambas, en todo caso, conectadas con el término ética y moral).   Por tanto, para su reproducción, tiene que modificar el “nosotros” republicano.  Es decir, no se aviene para nada con el ideario de una sociedad justa o igualitaria por ejemplo, o con el de una sociedad solidaria y fraterna en el trato mutuo de sus miembros y con la naturaleza. Tampoco se aviene bien con el desarrollo de una democracia republicanista. Quizá va por ahí la dialéctica en apariencia contradictoria de lo que Lechner llamo las “paradojas de la modernización”, allá por el año ´98. Esto es, progreso en ciertos ámbitos de la razón económica y funcionalista en el espacio estatal, guarismos de crecimiento y aumento del PIB, aumento de autopistas y demases tecnológicos, todos ellos numéricamente medibles; y al mismo tiempo, por el otro, un generalizado malestar de la subjetividad de esa sociedad, tanto con la forma como con el fondo de ese proceso.

La articulación más reflexiva y consciente de esas relaciones se ha dado esporádicamente y ha sido liderada por movimientos de opinión y acción críticos (estudiantes, medio ambientalistas, líderes del pueblo mapuche, profesores, trabajadores, nuevas expresiones políticas). Todos los medios de comunicación (comenzando por la televisión y su farandulización de la realidad), el poder económico y la razón de estado, se juegan en buena medida para que esa conciencia auto-reflexiva y critica no se extienda ni se organice. Para que quede solo como la expresión de unos “loquillos” o quijotes interesantes   – “raros” y “populistas”-, que “fuman opio” u otras cosas utópicas,  pero que no se atienen a la supuesta “naturaleza” de las cosas¡ Dicho de otra manera, las elites de poder tienen que seguir replicando e impulsando un ethos nacional basado en la herencia de impunidad, de lucha de todos contra todos por el logro del éxito , de privatización de la existencia social,   de utilitarismo y “aspiracionalismo” como filosofías del diario vivir, de supervaloración del poder o el dinero como signos de la distinción social,  etc.

Mientras esta ideología domine el sentido común  de manera suficiente, haciéndose pasar por el “así son las cosas pues” o por el falso mantra de “no se puede ejercer la crítica si no se tiene la solucionática”-, los dilemas actuales concernientes al modelo de desarrollo deseable, a la educación que necesitamos, o, por ejemplo  cuál tipo de sistema de salud, de pensiones o carcelario  responde mejor a la dignidad humana, quedarán incontestados y falseados. De allí la central importancia de una buena educación para la ciudadanía, tantas veces postergada y relegada debido a precisos intereses de poder; o de un proceso constituyente que promueva un real espíritu democrático.

De seguir como vamos, -parafraseando al profesor de literatura italiano N. Ordine-, una cosa es cierta, si dejamos morir la dimensión ética del existir, si renunciamos a la fuerza regeneradora de la crítica y la creatividad participativa, si escuchamos únicamente el mortífero canto de sirena de la búsqueda del beneficio y la ganancia, “sólo seremos capaces de producir una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de sí misma y de la vida”. Y cuando eso suceda será, lo más probable, demasiado tarde para reaccionar.


Académico U. Alberto Hurtado