Durante el fin de semana recién pasado una serie de agentes del campo de las Artes Visuales local (principalmente santiaguino, cabe destacar) arremetieron contra el recién anunciado proyecto de un nuevo Centro de Arte Contemporáneo en el antiguo aeropuerto de Cerrillos. Francisco Brugnoli, Director del Museo de Arte Contemporáneo (MAC) de la Universidad de Chile, fue tal vez quien más duramente castigó la propuesta, puesto que durante la semana ya había dado declaraciones en dos ocasiones, donde expresó que personalmente se sentía afectado y junto con él, toda la institución que lidera. Apareció también en la prensa Claudia Zaldívar, Directora del Museo de la Solidaridad Salvador Allende (MSSA), quien coincidiendo con Brugnoli, consideraba que los exiguos presupuestos no podían ser gastados en nuevas instituciones, sino que por el contrario, debían destinarse a las que ya existen (y que efectivamente, pasan por crisis presupuestarias alarmantes).

A estas voces, se suman las de otro grupo de agentes que básicamente concuerdan en el argumento presupuestario y en un gesto dudoso, alegan no haber sido invitados o consultados a la proyección de este Centro de Arte. Si bien uno no puede sino estar de acuerdo con el problema que supone la falta de presupuestos en instituciones como el Museo de Arte Contemporáneo (MAC), el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA) o el Museo de la Solidaridad Salvador Allende (MSSA); las posiciones contrarias al desarrollo de este proyecto (el Centro de Arte) en específico son completamente problemáticas. Al comienzo, casi todas las voces críticas aceptan que siempre es bueno que el Estado abra nuevos espacios de exposición o centros culturales, sin embargo, inmediatamente rechazan esta medida porque a sus propios espacios les falta presupuesto. Como dije antes, uno de entrada puede estar de acuerdo con eso, pero luego al analizar más en detalle el reclamo, nos vemos obligados a preguntarnos ¿es que acaso un “Centro de Arte Contemporáneo” es homologable a un museo tradicional, ya sea de la DIBAM o uno administrado por una fundación? Y aquí yace gran parte de los conflictos que rondan al asunto presupuestario, puesto que en términos administrativos, la única institución que podría reclamarle al CNCA más presupuesto, es en rigor el MNBA, puesto que el MAC si bien es de la Universidad de Chile (y por lo tanto, del Estado de Chile) no funciona igual que cualquier otro museo de la DIBAM, mismo caso con el MSSA. Alguien podría decir que afirmar tal cosa presupone una suerte de desconfianza en contra del MAC y el MSSA, pero ¿por qué no tenerla? ¿Cómo podría el Estado desarrollar su nueva Política de Artes Visuales en instituciones que no son suyas y sobre las cuales no posee injerencia alguna (a nivel administrativo y financiero)? Es un argumento simplificador y que desinforma a la ciudadanía, el afirmar que tanto el MAC como el MSSA pueden efectivamente cumplir las funciones para las cuales ha sido destinado el presupuesto del futuro Centro de Arte.

Pero alguien podría sostener que este problema es algo fácil de subsanar, por ejemplo al modificar los estatutos de administración de ambas instituciones (menciono a estas dos, porque son las que trabajan Arte Contemporáneo, pero hay otras) y así hacerlas más susceptibles de ser escrutadas por la ciudadanía (y evitar también personalismos desde la dirección) en función de la debida transparencia que las instituciones del Estado deben tener. Digamos que sí, que eso puede ser conseguido, pero luego sobreviene inevitablemente el asunto estrictamente museológico y curatorial. El nuevo Centro de Arte Contemporáneo tendrá en su colección las obras pertenecientes al acervo de la Galería Gabriela Mistral como punto de inicio, es decir, trabajos que corresponden cronológicamente a 1990 y se proyectan hasta la actualidad. En este sentido, no cabe lugar a dudas que es una colección de lo que se conoce como “Arte Contemporáneo”, pero ahora analicemos la colección perteneciente al MAC: esta camina a medias entre ser una colección de arte moderno (tardío) y contemporáneo (no se dedica a trabajar de modo contemporáneo esas obras actuales necesariamente, pues su labor excede por mucho al periodo histórico iniciado a finales de los sesenta), mientras que el MSSA posee la mejor colección de arte de principios de la contemporaneidad en Chile, es decir, del periodo iniciado en 1970. Este elemento nos hace discriminar fácilmente los objetivos y funciones que estas tres instituciones cumplen; mientras el primero busca consagrarse a la Contemporaneidad como condición temporal e histórica (revisar para esto los aportes del historiador del arte australiano Terry Smith y la argentina Andrea Giunta), las otras se arrastran hacia el pasado. En esto no hay duda posible, los presupuestos asignados a preservar y activar una colección de Arte Contemporáneo no pueden ser transferidos a colecciones que cronológicamente no resguardan lo mismo. Este criterio puede ser difícil de comprender para los directores del MNBA, el MAC o el MSSA, ya que por razones obvias tuvieron que hacerse cargo del trabajo con Arte Contemporáneo y frente al surgimiento de este nuevo espacio, sienten que están quitándoles algo que les pertenecía. Sin embargo, haciendo las justas diferencias que corresponden al caso, el MSSA es –de los tres espacios antes mencionados– la institución que ha logrado articular un cierto enfoque curatorial único que le permite finalmente hablar con propiedad de su condición de museo de arte contemporáneo, pero sus lineamientos históricos y políticos (que deben ser resguardados celosamente por su condición patrimonial), confirman que tal espacio tampoco puede ser el gran proyecto central donde se geste la nueva Política de Artes Visuales. Particularmente en el MAC, ocurre que al haberse dedicado a la exposición de arte contemporáneo, se prefigura que su trabajo sea el mismo que el futuro Centro de Arte Contemporáneo, pero a partir de la información que tenemos, estos no serían lo mismo, ya que a nivel de colecciones el MAC está obligado a operar curatorial e historiográficamente de un modo distinto al que este nuevo espacio lo tendría que hacer. De hecho, los proyectos estrictamente contemporáneos liderados por el MAC como institución son limitados, siendo la Anilla Cultural un caso digno de rescatar por su continuidad en el tiempo, pero que es precisamente eso: una excepción. El museo entonces funciona gran parte del tiempo como una sala de exhibición de arte contemporáneo, no como un centro de estudio, conservación y documentación de este tipo de arte que genere por sí mismo propuestas y actividades.

Así, queda claro que el argumento que esgrime Brugnoli de que el Estado tendría dos instituciones que hacen lo mismo es una fantasía, que de modo inexplicable busca igualar sus condiciones administrativas con las de una institución verdaderamente administrada por el Estado. El reclamo justo e histórico de Brugnoli por falta de financiamiento es algo real, algo que debe ser atendido urgentemente por el Estado y la Universidad de Chile, pero no debemos olvidar que las características particulares de tal museo determinan políticas museológicas distintas a las que tendría cualquier otra institución, es decir, el MAC sí debe tener acceso a más fondos y eso debe estar destinado a conservar mejor su colección y lograr potenciarla, junto con abrirse a sus funciones de museo universitario, espacio que ninguna otra institución puede cumplir y de las cual se ha desconectado de manera evidente. Ahora, hay que mencionar que recientemente el museo ha re-destinado la antigua sala de Fotografía de la sede de Quinta Normal a la exhibición de trabajos de los egresados de Artes Visuales de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile. Sin embargo, aún está al debe con el Departamento de Teoría de las Artes de la misma facultad, con quien no posee vínculo alguno más allá de pasantías que el MAC ofrece para parchar sus carencias de personal especializado.

Por otra parte, aparece la voz de Pablo Chiuminatto en La Tercera, que apela también al supuesto estado ruinoso de museos como el MNBA. Sin embargo, el académico cae en el error de asumir que las labores desempeñadas por un museo de arte contemporáneo son las mismas que las de un museo de bellas artes o un museo universitario. Pero no es su culpa, la culpa es de la dirección (MNBA) que desde sus inicios se ha dispuesto desde la adquisición de obras contemporáneas en función de un proyecto sumamente dudoso, donde la carencia de maestros del XIX importantes en la colección ha sido suplida con la compra de artistas chilenos contemporáneos. Mientras la colección de siglo XIX languidece a falta de cuidados y ausencias graves, el museo adquiere obra de Antonio Becerro, Guillermo Lorca (sí, ese que pinta niñitas), Voluspa Jarpa, las Yeguas del Apocalipsis, Mario Soro, entre otros. Aquí nuevamente aparece el problema de no entender la diferencia entre ser un museo de arte contemporáneo y ser un museo contemporáneo. Lo primero hace referencia a la cronología de una colección (que se suele iniciar en la posguerra o en los sesentas), mientras que lo segundo se refiere a un determinado modo de comprender curatorialmente la colección, y tal acercamiento se puede dar de igual manera con obras de 1980, de 1880 o incluso previas. Actualmente, Farriol parece confundir su museo con un museo de arte contemporáneo o simplemente no entiende qué implica hacer de un museo de bellas artes un espacio contemporáneo (me inclino más por lo último). Ahora, si el MNBA no gastara más de 76 millones de pesos en adquirir fotos de Sergio Larraín, quizá no tendría necesariamente los problemas presupuestarios que Chiuminatto utiliza como argumento.

Probablemente, uno de los peores fenómenos que ha provocado el anuncio de la presidenta con respecto al nuevo Centro de Arte Contemporáneo, ha sido la extremada personalización de los reclamos, donde pareciera que quienes levantan la voz usando medios como El Mercurio, alegan principalmente el no haber sido invitados a la discusión previa o a la proyección del espacio mismo. Si bien es deseable que la comunidad de especialistas participe de decisiones políticas tan relevantes para el mismo sector, la actitud de muchos agentes ha rondado más el gesto histérico que en la consulta y crítica constructiva. No hay duda alguna que un anuncio de semejante envergadura plantea una serie de preguntas al Consejo Nacional de la Cultura, como por ejemplo, ¿cuál será el método de financiamiento para el futuro? ¿cómo se definirá al(la) nuevo(a) director(a) cuando comience su segunda fase? ¿se asegurará financiamiento directo invariablemente del gobierno de turno, de modo similar al Museo de la Memoria, o tendrá que lidiar con los vaivenes de las autoridades que le sigan a las actuales? ¿Cómo incluirá en el plan de desarrollo a las regiones? Todas ellas cuestiones que más que parches antes de la herida o egos fracturados, requieren de gestos más comprensivos y menos autorreferentes.

Entonces, cuando tantos dicen que no, algo me incita a decir que sí.


Teórico y Crítico de Arte, Universidad de Chile